junio 16, 2010

162. Santos y FARC, ¡no más de lo mismo, por favor!



ASÍ LA VEO YO - Año 6
162. Santos y FARC, ¡no más de lo mismo, por favor!
Rescatemos la Paz, no solo los prisioneros y secuestrados




Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com


No creo que detrás de las liberaciones del fin de semana haya existido cálculo electoral pero no coincido en esto con la mayoría de las personas del común que entre sonrisa y guiño opinan todo lo contrario. ¡Si lo conocerán a Uribe!, mucho más que yo seguro.

El rescate de los 4 integrantes de las fuerzas de seguridad prisioneros de las FARC –algunos de ellos privados de libertad por más de doce años- adquiere un valor simbólico que excede el abultado marcador que en favor del Gobierno signó la era Uribe. Sin embargo, el triunfalismo de los vencedores no debe asumirse como que vamos bien en materia de violencia y conflicto armado. No solo porque subsisten en su calvario una veintena de militares y policías sino porque hay centenares de civiles en poder de las guerrillas y la amenaza del secuestro no solo no ha desaparecido sino que incuba pesares mayores durante los próximos meses y años que no presagian nada bueno si el nuevo Gobierno insiste en resolver la tragedia humanitaria por vía de la imposible victoria militar y el exterminio de la oposición armada.

Hay algo de infinitamente peligroso en la ‘seguridad democrática’ tal como la entiende Uribe. Según esta visión del conflicto los buenos están de un lado y los malos están del otro. De aquel lado quienes violan las leyes son ‘narcoterroristas’ y quienes las violan de este lado son apenas ‘manzanas podridas’ cuando no víctimas de conspiraciones de la Justicia amangualada con narcotraficantes y fuerzas subversivas. Este discurso tosco y rudimentario -pero políticamente eficaz- no conduce al fin de la violencia pero sí proporciona éxitos electorales a quienes montados sobre este burdo maniqueísmo logran camuflar su fracaso en resolver los problemas con sus victorias en las urnas. Que este discurso pendenciero y guerrerista produce éxito electoral lo prueban las dos victorias de Uribe y la inminente victoria de Santos. Ocho años de militarismo y sofisticado control de la opinión pública han logrado transformar la perduración de la guerra –fracaso humanitario- en un triunfo de la ‘seguridad democrática’ y lo que es peor y más triste –socialmente hablando- un ‘triunfo’ de la sociedad colombiana.

Nos preparamos para cuatro años donde el secreto mejor guardado del nuevo Gobierno –al menos en las intenciones de los uribistas insertos en la coalición santista- no será sacar a las FARC de la guerra, sino perpetuarla, y junto a las FARC, proliferar todo tipo de nuevos paramilitarismos cuyos hilos demoníacos –no precisamente ‘santos’- serán manipulados desde la muy uribista ‘puerta giratoria’ que asegura que el viejo conflicto armado y su financiación narca se sigan reciclando en manos de sugestivos ‘alias’ de vidas delictivas cada vez más efímeras en lo individual pero cada vez mejor consolidadas como ‘sistemas de guerra’, curiosamente, ‘sistemas de guerra’ que cuentan para su supervivencia con operadores políticos y mediáticos dedicados específicamente a boicotear los procesos de diálogo y solución política. Y pretenderán hacerlo como defensores del legado de Uribe ante cualquier ‘desviacionismo’ de Santos. Constituyen estos especímenes auténticos ‘señores de la guerra’ sobre cuyo accionar la Justicia y la oposición tendrán que estar alerta, así como quienes adhieren al santismo genuinamente imbuidos de una filosofía de unidad nacional verdadera.

Ante este drama humanitario que se despliega ante nuestros ojos se intuye mejor de ‘qué callada manera’ el presidente Uribe abortó el proceso de paz con las autodefensas y desnaturalizó su esencia política y de lucha contra el narcotráfico, facilitando que nuevas bandas emergentes de la impericia estatal –y también de su cálculo político oficial- aseguraran que mientras unos eran traicionados, apresados, muertos y extraditados, otros ‘escogidos’ asumieran el rol de continuadores del ‘paramilitarismo’, en la reingeniería que del mismo ha logrado producir la ‘seguridad democrática’ cuyo objetivo final –y esto es lo que el electorado no ha logrado aún discernir- no es acabar con las guerrillas sino plantear como objetivo nacional una guerra imposible de ganar al solo efecto de lucrarse políticamente –y no solo políticamente- ya no de la victoria sino de la prosecución y reciclaje del viejo conflicto.

Estos ‘huevitos’ del conflicto armado y sus secuelas tan redituables para el discurso uribista son los que se pretenden preservar por al menos cuatro años más, a menos que el siniestro engaño sea puesto en evidencia por el nuevo frente cívico que se consolide entre la alianza ciudadana por la paz, la legalidad democrática e incluso y ¿por qué no? por Juan Manuel Santos presidente. Si desde el llano tuvo el coraje de reunirse con FARC, ELN y Autodefensas por qué no habría de hacerlo desde la legitimidad de su mandato presidencial cuando actores armados y desmovilizados den un paso adelante y ofrezcan su apoyo a la construcción de paz. Allí están a disposición los Mínimos de Paz que como común denominador de la concordia nacional acaba de presentar la Iglesia de Colombia a la consideración de todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que no se dejen seducir por los llamados de los interesados en agrandar las heridas y continuar la guerra.

Por ello será crucial que las FARC saquen sus propias conclusiones y comiencen a ponerle fin con hechos políticos a su ciclo de aislamiento del pueblo colombiano y de los ciudadanos que no quieren la continuación del conflicto armado ni quieren que dictaduras de ningún tipo ocupen el lugar de la democracia y de los demócratas.

Si las FARC escapan al cerco que las pretende limitar como apéndices de gobiernos extranjeros, o simples eslabones de la cadena del narcotráfico, convirtiéndolas en el ‘enemigo terrorista’ que justifica el ‘todo vale’ de gobiernos que habrán mal aprendido de las falacias de Uribe que lo importante no es ponerle fin al conflicto sino utilizarlo en propio provecho asegurando su reproducción y vigencia, pocas posibilidades existen que Colombia pueda liberarse del karma de su violencia endémica.

Prefiero imaginar que tras el 7 de agosto ni las FARC insistirán en el más de lo mismo, ni Santos proseguirá el mandato de Uribe, ni Mockus ni Petro pretenderán ser ‘más papistas que el papa’.

No votaré por la ‘unión nacional’ de los unos contra los otros, de los buenos contra los malos, ni de los militares de un lado contra los militares del otro. Pero si se trata de la Unión Nacional de todos con todos en un Gran Acuerdo Nacional sobre lo fundamental, donde quepan también las FARC y las Autodefensas, el ELN y las Bandas Emergentes, los buenos y los malos, las víctimas y los victimarios, entonces a eso le jalo, no solo porque atrae como desafío lo que luce imposible, sino porque de este gran equívoco que nos tiene en guerra desde hace décadas no saldremos sino con un nuevo comienzo, donde se trace la línea divisoria entre lo legal e ilegal, pero no hacia atrás sino hacia adelante, no en favor de unos pocos sino en beneficio de todos, y en especial, de quienes más sufren con las guerras.

Espero a partir del 7 de agosto ‘verdaderos positivos’ primero y principalmente, de Santos y las FARC, y a partir de allí todo debe ser posible, lo imposible también.

Colombia está ad portas no solo de un nuevo Gobierno, sino también de una nueva oposición. De un nuevo estilo y nuevos contenidos, de recetas nuevas, de metas diferentes, y entre tantas cosas buenas la mejor de todas ellas: el alma dispuesta al arrepentimiento y el perdón, al propósito de enmienda y la rectificación.

No se trata de llamar unión nacional a la división de la sociedad en réprobos y elegidos, ni de endiosar una seguridad inexistente y falaz, sino que todos deben ser invitados a la Mesa de la Paz y la Reconciliación, y no solo invitados, también seducidos y convocados como verdaderos hermanos y hermanas, ‘hijos pródigos’ que partieron a la guerra sin decir adiós y los queremos de regreso, a ellos también, libres, vivos y en paz.

Así la veo yo.

Los 161 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

junio 08, 2010

161. El 50 y 50 hoy suena a milagro, y el 80 a 20 me aterroriza


ASÍ LA VEO YO - Año 6

La abstención amenaza batir todos los récords


Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
www.lapazencolombia.blogspot.com


La real competición del 20 no parece ser entre Santos y Mockus, sino de ambos contra la abstención. La incógnita no consiste en si gana uno o el otro, eso no se discute y ni siquiera es tema de conversación.

Juan Manuel Santos no perderá la segunda vuelta. Eso está claro y que haya posibilidades matemáticas de perder no significa de ninguna manera que existan posibilidades políticas que hagan de Mockus el vencedor. Sin embargo, no es lo mismo ganar por un voto, que ganar por tres millones o por diez. Esto es lo que está en juego y por lo cual ni los verdes pueden darse el lujo de obtener menos de tres millones de votos –los de la primera vuelta- ni Santos de no repetir los seis millones y medio de votos del 30 de mayo.

Ni Santos ni Mockus generan pasión de multitudes, ni grandes amores ni grandes odios. Santos lidera la marea uribista que ya no está en su nivel más alto y Mockus presagia la marea de un tiempo que nos auguramos vendrá pero que aún no llega. Santos no es Uribe y Mockus no es Savonarola. No polarizan en un sentido o en otro, apenas aspiran a liderar como mejor puedan una sociedad que mansa y hasta resignadamente hubiera legitimado con su voto el tercer mandato de Uribe. Ambos llegaron a una final inesperada que ni ellos imaginaban antes que la Corte Constitucional desaprobara el referendo reeleccionista. Así las cosas, la doble vuelta invita más a la abstención que al voto y no compromete de ninguna manera el legado de Uribe. Ni la seguridad democrática, ni la confianza inversionista, corren riesgo alguno, y la cohesión social tan pegada de babas como la deja Uribe sólo podemos confiar que mejore sea con Santos, sea con Mockus.

Sin embargo, no resulta indiferente que el resultado del 20 se acerque al empate o se concrete la goleada que los nuevos santistas y los viejos uribistas predicen con entusiasmo. Hablar hoy de empate suena delirante, y para muchos ridículo y risible; así como pronosticar una votación para Santos que supere los diez millones de votos parece al alcance de la mano. El papel resiste cualquier cosa: desde la hipótesis del improbable empate –que para Mockus sería un triunfo resonante- hasta un resultado de diez millones a uno o dos millones que Mockus ciertamente no merece ni bien le haría a la democracia colombiana. Por eso me inclino a pensar que para bien de todos, incluidos ganadores y perdedores, lo más sano para el sistema democrático sería la victoria de uno o de otro por un margen respetable pero no apabullante. Le temo menos a los malos perdedores que a los malos ganadores. Entre otras cosas porque los malos ganadores se vanaglorian después gobernando y haciendo desastres con su capital político. En cambio los perdedores, es mejor que pierdan por poco así no se desalientan y hacen autocrítica, porque si pierden por mucho están tentados de arrojar la toalla y le dejan el terreno demasiado despejado al triunfalismo de los que ganaron.

Todo esto para decir que celebraré con espíritu democrático que gane Santos o que gane Mockus si también se da que quien gane no supere el 60 % y quien pierda no reciba menos del 40 %. Me asustaría un triunfo de 70 % a 30 %, y me aterrorizaría una victoria de 80 % a 20%. Es que la democracia no casa con el unanimismo, ni las abrumadoras mayorías son garantía suficiente para las inmensas minorías. Por esto y porque prefiero la alternancia al más de lo mismo, mi voto del 20 de junio está cantado. Y no solo por eso, también porque Mockus tiene un significado que va mucho más allá de lo meramente político, de lo solamente coyuntural. Mockus, con sus luces intermitentes y sus genialidades homeopáticas –habilidoso pero pecho frío dirían los argentinos del tablón-, encarna la Colombia que muchos quisiéramos si nos atreviéramos, la que nos quisiéramos merecer si no nos sintiéramos culpables, la que soñamos cuando de veras soñamos, la que está a la vuelta de la esquina si tan solo estuviéramos con ganas de dar unos pasos en vez de permanecer inmóviles, agobiados por el peso de las desilusiones y la muerte rondando la esquina.

Juan Manuel no tiene la culpa de todo lo que nos pasa, por eso no sentiría que pierde Colombia si él gana, ni que morirían las esperanzas de paz y progreso si él resulta elegido Presidente. No se trata de él, así como tampoco se trata de Mockus, es más lo que ellos representan que lo que ellos son, más lo que expresan quienes votan por ellos, que ellos mismos, que de no estar enfrentados hasta podrían ser una buena fórmula presidencial. A propósito: algo muy noble y bueno tienen ambos candidatos y eso me tranquiliza, el uno tiene a Angelino y el otro tiene a Fajardo.

Lo que me hace pensar que si lo de la Unidad Nacional es cierto y no pura carreta electoral tal vez la paz y la reconciliación estén tan cerca con unos que con otros, y esto sí que sería algo digno de aplaudir. Al menos Angelino Garzón declaró que si llega a la vicepresidencia tendrá en cuenta para su gestión los mínimos de paz que impulsa la Iglesia.

Por esto y mucho más, por pecar de optimista y creer en el bien por sobre todo mal mi voto es cantado pero no amarrado, mi corazón sereno y mi felicitación sincera, tanto al que gane como al que pierda, que ni uno es mesías ni el otro emperador, que ni el uno se las sabe todas ni el otro es dueño de la moral.

Que a este mundo no vinimos a enseñar sino a aprender.

Así la veo yo.

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junio 01, 2010

160. Los dos falsos positivos del 30 de mayo

ASÍ LA VEO YO - Año 6

Votemos el 20 por un arco iris multicolor que anuncie el nuevo sol de paz y equidad social

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com
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Los resultados del domingo no pueden ser vistos con un solo ojo sino que deben ser estudiados con los dos ojos bien abiertos. Es cierto que Santos le ganó a Mockus 5 a 2 (46.56 % a 21.49 % según Boletín 49 de la Registraduría) pero no es menos cierto que el continuismo uribista al que aspira Santos ni siquiera empató 1 a 1, aunque casi lo logra, (46.56 a 51.29), en su competición con el resto de los ciudadanos que acudieron a votar o por Mockus, o por Vargas Lleras, o por Petro, o por Noemí o por Pardo.

Se entiende que el uribismo magnifique el 5 a 2 e intente disimular el 1 a 1. Pero en política electoral la realidad es la única verdad y se expresa en las urnas. Y las urnas evidenciaron que el país político está fracturado en dos partes casi iguales: una parte está convencida que seguir adelante con el uribismo en el poder es lo mejor que nos puede suceder, y otra mitad piensa exactamente lo contrario, aunque con distintos matices propios de democracias maduras y reflexivas. No se puede aceptar que se continúe afirmando que ‘el País es uribista’ cuando el uribismo es apenas la mitad y, entiéndase, es la mitad de quienes votan, porque de la otra mitad –nada menos que 15 millones de colombianos que no votaron el domingo 30 nos quedamos sin saber qué estarán pensando acerca de si el uribismo es lo mejor que le pudo haber pasado y seguir pasando a Colombia. Podemos sí intuir que ninguno de ellos está tan agradecido con Uribe como para salir a apoyarlo en las urnas, así como que tampoco cree que ninguna de las otras opciones merece apoyo. ¿Cuántos de estos quince millones de no votantes votarían por las Farc, por el ELN, o por los proscriptos desmovilizados ex jefes de las autodefensas si estuvieran de candidatos? Hoy no lo sabemos y sería bueno que algún día lo supiéramos porque también ellos –guerrilleros, autodefensas y desmovilizados- son colombianos y siempre será más representativa e incluyente una democracia donde nos acerquemos lo más posible a un voto por cada integrante del censo electoral y cada colombiano un posible candidato. ¿O no es así?

Pero volvamos al argumento inicial. Durante estos meses de campaña, y particularmente en las últimas semanas se predicó en los medios –y con razón- llamando a descartar el voto útil en la primera vuelta y ejercer el voto por la propia preferencia, independientemente de si el candidato o la candidata tenían posibilidades de ganar según las encuestas. Claro que no es lo que hizo ‘uribito’ Arias trabajando por la candidatura de la U –hipócrita y subrepticiamente en contra de su Partido Conservador- como acaba de denunciar con pelos y señales Noemí Sanín. Y seguramente no es lo que hicieron unos cuantos gamonales, barones electorales, caciques y manzanillos liberales que mintieron su adhesión a Pardo mientras llevaban sus votos para Santos. Es que si no hubiera sido así los votos de Santos no habrían alcanzado jamás la cifra que hoy exhiben. En realidad, cuando en la Casa de Nariño tuvieron certeza que la intención de voto por Santos llegaba a duras penas al 33 % multiplicaron el énfasis en dos estrategias: una con Arias, penetrando el Partido Conservador, y otra con Rivera, penetrando el Partido Liberal. En ambas buscando lo que finalmente lograron: desinflar a los partidos tradicionales y engrosar los números de la dupla Santos-Uribe. Y esto al tiempo que movían todas sus fichas para que votos de Mockus emigraran hacia Vargas Lleras y Petro principalmente. Les funcionó. No es la primera vez que la viveza derrota la ingenuidad. Tan orondos los estrategas de Santos-Uribe de haber hecho prevalecer una vez más no solo que todo vale sino que el fin siempre justifica los medios. Obsérvese bien, liberales y conservadores en pos del voto util ‘trastearon’ indecentemente sus votos para Santos, mientras que buena parte de los votos que las encuestas –y no se equivocaban-estaban llegando a Mockus terminaron emigrando principalmente hacia Vargas Lleras y Petro. Algunos dirán que fueron ingenuos, lo que no se podrá decir es que no fueron decentes. No me pongan a hacer números si a buen entendedor pocas palabras y prácticamente ningún número. Facilito se entiende lo del 5 a 2 y el 1 a 1, otros dos ‘falsos positivos’, estos al menos no teñidos de sangre.

Esto sucedió el 30 de mayo. El 20 de junio será distinto, y preocupa seriamente
a Santos y Uribe porque con solo dos candidatos frente a frente, las posibilidades de meter mano y no quedar in fraganti son menores, aunque cualquier cosa puede suceder –y habrá que estar alerta- porque tanto Uribe como Santos saben que si pierden el 20 de junio el País les tiene unas cuantas facturas por cobrar, las primeras y urgentes las de la Justicia, las de las víctimas, las de los que han sido perseguidos, chuzados, estigmatizados, silenciados.

En fin, que sigan festejando los del U bérrimo los falsos positivos del 30 de mayo: el ‘5 a 2’ y el ‘1 a 1’, que el 20 de junio no se repetirán o al menos, si se repiten, no quedarán impunes: ellos, si ganan, tendrán su Presidencia del ‘todo vale’ por la cual le seguirán ‘vendiendo su alma al diablo’ pero Colombia habrá dado a luz una nueva oposición, de crayolas y lápices, de girasoles e imaginación, de izquierda libertaria y democrática, de derecha civilista y amable, de independientes de criterio y voluntad, sin collar y sin amo, un arco iris de colores que nacieron libres para derrotar el fascismo criollo, la inequidad social y la exclusión política.

Algunos dirán que son zanahorios, otros que son mamertos, no faltará el estúpido que diga que son ‘idiotas útiles’. No importa: a palabras necias oídos sordos, que ”uno es solo lo que es y anda siempre con lo puesto”.

La revolución democrática está en marcha, la cultura de la vida llegó para quedarse, en la oposición cuando toca, en el gobierno cuando se gana en buena Ley, pero indiferentes a las injusticias nunca.

No hay plazo que no se cumpla, no hay deuda que no se pague. Y la deuda social en Colombia es inmensa, tan inmensa como injusta. Los impuestos son para eso, no para subsidiar a los ricos ni regalar zonas francas a la familia presidencial ni para feriar agroingreso seguro para quienes lo tienen todo, precisamente todo lo que le falta a tantos desheredados de la tierra que no tienen nada, ni siquiera deudas porque jamás tuvieron crédito.

Los huevitos se pueden quedar tranquilos, que la cosa no es con ellos: lo que hay que cambiar el 20 de junio es el rumbo, el empollador que los tiene castrados sin poder crecer. ¿No es cierto, doña República?


Así la veo yo.


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