agosto 31, 2010

168. El árbol de la ‘para-politico-logía’ y el bosque por descubrir


ASÍ LA VEO YO - Año 6


Hagamos las paces, paso a paso, década tras década, sin que nadie quede afuera


Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com


"Él deseaba la claridad sin equívocos, quería crear un mundo de una simplicidad tan clara que su soledad pudiera atarse a esa claridad como a un poste de hierro" (Hermann Broch, Los sonámbulos)


La ‘parapoliticología’ se ha convertido en una especialidad dentro del análisis político colombiano. No son muchos los especialistas –más bien son muy pocos y valiosos- y por ahora se han dedicado más al árbol que al bosque. Su previsible desarrollo futuro será –me auguro- hacia una mirada más abarcadora del entero conflicto con los matices ideológicos, políticos, económicos, culturales y sus raíces históricas de múltiples orígenes. Me auguro sea una mirada sin sesgos, con menos epítetos y descalificaciones, con más rigor y objetividad y menos ‘moralina’. Sin prejuicios y ojalá ningún otro interés que el conocimiento de la verdad.

Conciliar lo objetivo con lo subjetivo nunca ha sido sencillo –y menos en medio de una guerra- pero el intento vale el esfuerzo de ampliar la mirada y profundizar el análisis. Nos debemos también una buena historia del conflicto armado, y agrego: también nos debemos una buena novela –no una simple novela de aventuras a lo Walter Scott-, sino una novela que nos permita descubrir cómo llegamos hasta aquí, qué y quiénes somos dentro y fuera de nosotros mismos, qué papel jugamos, inmersos en este conflicto que parece no tener fin, en un contraste de espejos y de máscaras donde buenos y malos se confunden, se alternan, y finalmente se matan unos a otros, sin haberse conocido, sin siquiera quererse conocer, ni reconocer.

Lo anterior viene a cuento porque soplan –tenues, muy tenues pero perceptibles- vientos de paz –no solo con Chávez- sino también con las guerrillas, y no solo con las guerrillas, también con las autodefensas rearmadas, y ¿por qué no? con las ‘bacrim’ y subiendo la cuesta tal vez esté llegando la hora señalada de conversar ‘cara a cara’ con los empresarios narcos que han hecho de la prohibición y la ilegalidad su fuente de riquezas y poder. Si queremos la paz y la queremos definitiva no alcanzará con repetir mejoradas las experiencias que desde Rojas Pinilla hasta Uribe, pasando por Belisario, Barco, Gaviria, Samper, Pastrana, nos trajeron hasta esta orilla del conflicto armado, desbordando el país de víctimas y victimarios, herederos de tanta sangre derramada, de tanto campesino desplazado, de tanta libertad ultrajada y tanta injusticia empoderada.

Si nos comprometemos como Estado y como sociedad a no satanizar a ninguno de quienes acudan a la Mesa, menos aún meterlo en una cárcel y extraditarlo, peor aún someterlo a la pena de muerte –la que ayer acabó con la UP y hoy arrasa con los desmovilizados de las autodefensas- y, si somos capaces de dar suficientes garantías y dotarnos de garantes internacionales ‘más allá de toda sospecha’ y experimentados en asuntos de paz y reconciliación, también los ‘parapoliticólogos’ y los ‘violentólogos’, los ‘farcólogos’ y los ‘paracólogos’, los ‘narcólogos’ y los ‘criminólogos’, etc., etc, no habrá enemigo de la paz, ni ‘señor de la guerra’, ni ‘mercader de la muerte’ ni terrorista particular ni de Estado, que pueda contra la voluntad de paz y los hechos de paz y la inevitable paz que merece Colombia y no tiene por qué haber sido desterrada de la tierra de los colombianos.

La hoja de ruta de semejante procesión de sigilosos voceros no se reduce a reservadísimos encuentros en ciudades de difícil pronunciación e intrincada escritura, aunque se entiende que no puede iniciar por zonas despejadas ni asambleas departamentales, ni con salvoconductos del DAS –aunque fueran a salvo de chuzadas y persecuciones-, lo cual vuelve el primer paso todo un viaje de paciencia y prevenciones, un antesala de proporciones gigantescas situada en el marco de arquitecturas a prueba de balas y de mirones. En fin, si arribar a los acuerdos no será sencillo, tampoco lo será –no lo está siendo- sintonizar inicialmente la palabra precisa, armonizar el talante y el gesto, atravesar sin sucumbir el mar de reproches, el desierto de la mutua incomprensión.

Si acuden liberales y conservadores a explicar qué carajos fue la famosa Violencia y se detienen en los años 30 y 40 –en particular los 50- cuando ni FARC ni ELN ni AUC ni los CARTELES eran aún imputables de nada –de absolutamente nada- de lo que pasó luego, en los 70 y los 80, los 90 y este comienzo del nuevo siglo, estaremos mejor preparados para mirarnos –como antepasados de nosotros mismos- en los orígenes de aquellos vientos que trajeron después las tempestades que todos conocemos y padecemos y llegan hasta nuestros días. No se trata de partir desde tan lejos para quedarnos dormitando en la noche de los tiempos, pero sí de ser conscientes –como sociedad y como Estado- que toda consecuencia tiene sus causas, y si no las conocemos –o peor, no las queremos conocer- estamos condenados a volver siempre al mismo punto de origen, no los mismos, pero sí ‘con las mismas’.

Y si en el origen estuvo la tierra, su apropiación y despojo, también sabremos con detalles qué ni la guerra fría ni la revolución cubana explican toda la sangre que se vertió en los 60 y los 70, que tiene que ver –y mucho- con coyunturas internacionales, pero mucho –mucho más- con conflictos sociales y económicos, políticos y territoriales, internos, internos hasta la médula, y que alojaron en el vientre de la Patria el cáncer de las desigualdades y las guerras. Se deben estudiar y exponer los antecedentes de los problemas y de cada uno de los actores armados de hoy por décadas, y hasta que no haya acuerdos –no digo unanimidad, pero sí acuerdos- sobre cada período no se pasa al siguiente. Esto se puede estructurar, se debe estructurar con participación de todos aquellos que tienen algo que decir al respecto. La reconciliación que haga posible la paz de hoy no puede sino estar asentada sobre el reconocimiento del pasado, el perdón y la reparación de lo que haya que perdonar y reparar, de atrás hacia delante, de aquellos tiempos hasta estos tiempos.

No faltará quien diga: si ahora vamos hacia atrás no llegaremos nunca al presente, y así Colombia no tendrá jamás un futuro distinto a la guerra.

Mi modesta opinión es distinta: si los de ahora no hacemos las paces con nuestros orígenes –con las almas que padecieron en todo su dolor el pasado-, si no reconocemos sus angustias y desvelos, sus sueños y sus pesadillas, si no entramos en contacto con el eco de sus lamentos y sus ensueños, jamás comprenderemos que somos carne de aquella carne, espíritu de aquel espíritu, herederos de aquellos padres y madres que nos concibieron.

Si no nos reconocemos como descendientes de aquellos que nos depositaron en este valle de lágrimas, si no somos capaces de perdonar y reparar en cuerpo ajeno aquellas heridas y cicatrices sin cerrar, no sabremos nunca, no experimentaremos ni sentiremos nunca que por compartir en nuestra sangre aquella sangre de quienes fueron nuestros padres y abuelos y antepasados, somos hoy hermanos –diferentes, alejados, incluso enemigos y enfrentados- pero finalmente hermanos, de izquierda y de derecha, pero hermanos, dentro de la ley o fuera de la ley, pero hermanos.

Y si somos hermanos, esta tierra es nuestra casa, y si Colombia es nuestra casa –y así la sentimos-, será más fácil –y hasta inevitable- arreglarla en paz sin que nadie permanezca a la intemperie ni excluido del reencuentro familiar.

Por esto, por todo lo que está en juego, no creo de ninguna manera en las ‘precondiciones’ para iniciar los diálogos, mucho menos cuando esas ‘precondiciones’ son precisamente las razones que hacen necesario el diálogo, las venas abiertas y heridas que urge sanar y cerrar.

Pero bueno… si el Gobierno insiste con el tema de la libertad de todos los secuestrados –que para las FARC son prisioneros de guerra o retenidos por razones económicas- bien podrían las FARC encontrarle una salida humanitaria al asunto.

No por darle gusto al Gobierno, sino por fundar así el renovado diálogo con la sociedad y el mundo, que no pone esto como ‘precondición’ pero que recibiría tales libertades como un regalo, como un don del hermano al hermano, como un hecho que nos regocija el alma y sería un excelente augurio del tiempo por venir.

Así la veo yo.


Los 168 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

agosto 24, 2010

167. ¿Un Gobierno, a la vez actor del conflicto, podrá ser justamente ‘Juez y Parte’?

ASÍ LA VEO YO - Año 6

La llave de la paz y la cerrazón mental

Por Juan Rubbini
juanrubbini@hotmail.com



“¿No queréis progreso? ¡Tendréis revoluciones!” (Víctor Hugo, a la Cámara de Diputados, en 1850)




Si me permiten la ‘licencia poética’ diré que el presidente Santos es al presidente Uribe lo que la primavera de Praga, en 1968, fue a los tanques rusos que invadieron Checoeslovaquia. Lo distinto es que aquí el orden temporal se invierte, porque si allá la ‘primavera de Praga’ precedió a los tanques rusos, en Colombia antes fue Uribe y ahora es Santos. Aunque si vamos a ser rigurosamente estrictos, no habría habido ‘primavera de Praga’ sin la Cortina de Hierro impuesta antes por la URSS.

Sin embargo, la comparación encierra una paradoja históricamente por develar. ¿Será que tras la ‘primavera de Santos’ seguirá en los próximos años un regreso de Uribe cargado si no de tanques, seguramente de tigre? Habrá que seguir con atención los movimientos de ‘Uribito’ Arias y la literatura de Jose Obdulio, no en clave de regreso al pasado sino de anticipo del futuro. Que el riesgo no está en la memoria sino en los deseos, al menos en los deseos de revanchas, de volver por aquello que algún dios nos convence que es de uno, o de unos pocos, lo mismo da.

¿Dónde veo la ‘primavera de Santos’? En el abrazo con Chávez y Correa, en negarse a utilizar la palabra guerra, en la invitación a la paz y la disposición a dialogar con los alzados en armas, en la mano tendida a la oposición, en la bandera de la unidad nacional, en las cordiales relaciones con la Justicia, en las buenas maneras con el Congreso, en el propósito de honrar a las víctimas, de acercar la justicia social, de multiplicar el empleo, de redistribuir la tierra haciendo justicia con los desplazados. Finalmente, la democracia y la constitución existen cimentadas sobre el individuo y su razón, sobre el pluralismo de pensamiento y la tolerancia. Sobre esto se establece lo demás, que viene por añadidura, aunque haya que trabajar duro para que tanta belleza se realice socialmente.

Cuando en mi columna anterior pedía a las FARC que asumieran o negaran su responsabilidad en el carro-bomba de Bogotá lo implícito era el interés por saber si Colombia puede contar con las FARC para el anuncio de la ‘primavera’ o si, por el contrario, aquellas añoran el regreso de Uribe y su régimen para combatirlo y ser su oposición armada. Al poco de caer Franco en España, las izquierdas acuñaron una frase que se hizo célebre por su ironía: “contra Franco estábamos mejor”. Si las FARC se proponen el retorno de Uribe al poder tienen con qué lograrlo, y aliados tácticos en la extrema derecha no le faltarán. Y es en este sentido que el carro-bomba podría ser una modestísima cuota iniclal. ¿O no?

Uno entiende que las FARC no se la van a pasar negando su autoría en todo aquello delincuencial en lo que no estén involucradas, aunque más no sea porque un día se olvidan de desmentir algo y ¡zas! se lo endilgan. También es cierto que en la guerra la desinformación es un arma como otras. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Porque hay casos de casos, y excepciones que confirman la regla. El bombazo del 12 de agosto, a las 5.27 am, en la Séptima con 67, -¿contra Caracol?- no era como para pasar de agache. Al menos no era para pasar de agache si se trata de hacer cierto lo de ‘conversemos, hombre’ lanzado por ‘Alfonso Cano’.

Altísimo precio están pagando los hoy presos y extraditados líderes de las Autodefensas por no haber logrado anclar su proceso de paz en el corazón y la mente de los colombianos. Por no haber caído en la cuenta que mientras sus comandantes realizaban hechos de paz, tangibles y evidentes, al desmovilizar más de 30.000 combatientes –como jamás realizó guerrilla alguna en Colombia- sus contradictores y sus enemigos supieron atribuir a sus intenciones los más deleznables y malignos propósitos invalidando así en los medios de comunicación lo que aquellos comandantes tenían en mente al decidir su adiós a las armas. Las Autodefensas se dejaron hacer el gol –que finalmente definió el resultado, hasta que Uribe suspendió el partido, que sigue suspendido- de que les robaran las intenciones, las desvirtuaran, se inventaran otras que no eran las de los Castaño y Mancuso, y así la mentira le comenzó a robar el show a la verdad que aún falta por conocer. Y hoy resulta que la opinión pública colombiana tiene registradas como intenciones de las autodefensas lo que el gobierno de Uribe y sus adversarios de izquierda y derecha han querido que las gentes pensaran de las intenciones de las autodefensas. Gravísimo, y si no se ocupan de darse a conocer en todo aquello que impacta a la sociedad las FARC y el ELN dejarán que sus enemigos las presenten en público como ellos quieren, no como ellas necesitan si quieren acumular voluntades para hacer la paz y remover las estructuras que haya que remover.

Las FARC –y también el ELN- deben saber que ni Chávez, ni Unasur, ni ningún poderoso de la Tierra podrán obrar milagros ni ganar el corazón de los colombianos para la paz y la reconciliación –incluso para el perdón-, si los comandantes guerrilleros –como los de Autodefensas todavía están a tiempo- no toman en sus manos un nuevo modo de comunicarse con el común de la gente, con la gente de a pie, y en general con la sociedad entera, a través no de eslóganes ni de cantos a su propia causa y epopeya, sino al trabajo conjunto, honesto y laborioso, por hacer de Colombia un remanso de paz, donde las primaveras no duren lo que un idilio fugaz, ni las víctimas sigan victimizándose en aras de una victoria asentada sobre más y más cadáveres y mutilados, lacerados en el cuerpo y en el alma por sueños de unos pocos que son las pesadillas de los más.

El gobierno también está demorado en admitir que le ha quedado grande ser ‘juez y parte’ en Justicia y Paz y que así como vamos no habrá justicia ni para las víctimas ni para los victimarios. Y esto es grave para Colombia porque perpetúa las condiciones que hacen posible el conflicto armado al cercenar el derecho a la verdad y la reparación. Y cuando digo que el Gobierno –por más ‘santo’ que sea- es ‘juez y parte’ es porque un gobierno que extradita la verdad de los desmovilizados y los aleja de sus antiguos cómplices y de sus víctimas, de sus fiscales y sus jueces, es una parte del Estado –involucrado como actor del conflicto además- que pretende erigirse en Juez sin otorgar las garantías de un juicio justo, ni tan siquiera los recursos materiales y logísticos para que se cumplan en tiempo y modo los procedimientos establecidos en la Ley.

Por esto, no suena lógico que el gobierno de Santos ponga condiciones a los alzados en armas para iniciar los diálogos cuando subsisten los efectos de un proceso de paz con las autodefensas donde el anterior Gobierno incumplió sus compromisos adquiridos en la mesa de Ralito y olímpicamente se ufana del ‘conejo’ monumental que hoy tiene a medio país y bastante más con ‘bacrim’ y otras yerbas haciendo de las suyas como consecuencia de un mal proceso de paz que debió ser perfecto, y lo pudo ser porque las condiciones estaban. Y sin embargo, no resultó ni perfecto, ni serio. Por responsabilidad también de un gobierno como el de Uribe poco interesado en desmontar todo paramilitarismo, y más aún alejado de toda intención seria de acabar con los cultivos ilícitos.

Si las FARC recurren a Unasur, si Eln apela a la comunidad internacional, si las autodefensas reivindican su derecho a tener un juicio justo y una reinserción cabal, es algo que obliga al nuevo gobierno a pensar bien su estrategia. Porque si bien es cierto, hoy vivimos una ‘primavera’ –y Dios quiera que se prolongue- no menos cierto es que entre la herencia recibida, no solo están los tres famosos huevos de Uribe, sino también uno que otro huevo podrido, entre ellos el ‘huevo roto de la confianza en el Estado’, en su palabra, en su compromiso con la paz.

Es sabido aquello de que ‘la confianza mata al hombre’ pero también es cierto que si no existe la confianza entre las partes, si no se estimula en el otro la confianza en la propia palabra, las llaves de la paz estarán sobre la mesa, pero ninguna puerta se abrirá con ellas.

Porque finalmente, lo que abre la puerta de la paz, no es la llave en sí misma, sino la mano que la lleva y la conduce al fin preciso, a la cerradura que todos tenemos en nuestra propia mente y corazón.

Así la veo yo.


Los 167 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

agosto 17, 2010

166. Es con nosotros y por nosotros con quienes debemos hacer las paces

ASÍ LA VEO YO - Año 6

Se pueden alentar los leves susurros que osan levantar vuelo entre la metralla y el fuego


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17 de agosto de 2010

Salvatore, en el día de tu cumpleaños:



Te escribo para que lleguen hasta ti mis augurios de feliz cumpleaños y los de mi esposa e hijos. No son las circunstancias que hubiésemos deseado pero ¿qué más nos toca ante la adversidad? sino tener la esperanza que habrá otros cumpleaños que podrás disfrutar plenamente en la compañía cercana de tus seres queridos.

Quisiéramos poderte regalar el don precioso de la libertad, pero no siendo esto posible, sí podemos augurarte que conserves y fortalezcas tu libertad interior, esa libertad de ser tú mismo, de seguir construyendo desde las limitaciones actuales las condiciones que hagan posible mañana también tu libertad exterior, tu libertad de hacer, de ir y de venir donde tú desees.

En estas semanas he estado leyendo mucho sobre el conflicto armado, sobre sus remotos orígenes, su azaroso desarrollo y las circunstancias que llegan, año tras año, hasta el presente. Cuanto más leo más me doy cuenta que estoy lejos aún de poder encerrar en unas pocas frases tanta tragedia y desencuentro entre colombianos. El curso de la historia ha sido tan lleno de crueldad e hipocresía, que así como resultan increíbles las verdades que intentan explicar los acontecimientos, ensombrecen el ánimo las tantas mentiras y los intereses inconfesables que se perciben apenas la mente comienza a atar cabos. Lo que constituye una constante es la tierra, la disputa que se centra sobre el poder que hace posible retenerla, atesorarla. Porque claro, la tierra no es como el billete que se puede llevar de un lado para otro. La tierra permanece estática y se somete a los poderosos de turno, quienes la atesoran, no siempre para producir riquezas, muchas veces solamente para exhibirla, autocomplacerse y sentirse fuertes con su posesión.

Los cultivos ilícitos son otra desgracia que vino a posarse sobre la tierra colombiana, pero eso fue después, bastante después que el conflicto armado y social, había comenzado. Los cultivos ilícitos explican los recursos que financian la guerra y la hacen expandirse por todo el territorio, pero aun sin los cultivos ilícitos el conflicto armado existiría, con menor intensidad, por las mismas razones de injusticia social e intereses económicos, y geopolíticos, que lo originaron, mucho antes incluso que el 9 de abril de 1948. Ante la realidad que nos golpea la patria, o se toma el camino del exilio, o se convive con el problema. Y si se convive, o se beneficia del conflicto o se perjudica. O se permanece neutral, o se intenta meterle mano con el ideal de ayudar a resolverlo. O se recurre al Estado para recibir la defensa, o se organiza la defensa asumiendo la realidad de facto, de que el Estado es uno mismo, al menos, es uno mismo en este espacio y este tiempo donde el destino nos ha puesto.

Tú eres el mejor testimonio de cómo habiendo ingresado al conflicto, porque atendiste el llamado amenazante que hicieron a tu puerta, no con la intención quienes golpeaban de protegerte sino de derribar la puerta y todo lo que estaba detrás, incluida tu honra, tu vida y tu libertad, te encuentras ahora privado de la libertad, mancillado en tu honra y tal vez para siempre amenazada tu vida. Entre aquel ayer y el día de hoy, padeciste en carne propia el dolor de las víctimas y el dolor de los victimarios, porque hay dolores inevitables que solo vienen con la guerra, que solo quien la ha vivido los puede sentir. Por eso dijiste alguna vez que la mejor guerra es la que no se hace, y la peor guerra es la que se pierde. Y también que sentías que ya habías vivido cien años. Por eso, por no perder la guerra –porque en el perder nos va la vida- se mata y ¡oh paradoja! se descubre muy pronto que ninguna muerte nos es ajena, y con cada muerte, amiga o enemiga, también muere uno. Por eso acabar con las guerras es la causa más grandiosa que la humanidad puede acometer y el ser humano asumir como ideal de vida.

Leyendo sobre el conflicto armado se lee bastante sobre los procesos de paz, los distintos intentos de ponerle fin a las hostilidades. Y siempre aparecen los enemigos de la paz. No se alcanza a instalar la idea del germen de un proceso de diálogo y aparecen de inmediato los comentarios insidiosos, la desinformación, los actos atroces, las amenazas, las estigmatizaciones, las calumnias. Colombia lleva casi tanto tiempo de conflicto armado como de intentos de consolidar procesos de paz. Hoy mismo, mientras unos toman el fusil, y otros colocan los explosivos, hay esfuerzos por crear condiciones que faciliten acercamientos de paz. Seguramente no faltan los jóvenes que son hoy mismo seducidos por las armas de la izquierda, o de la derecha, o de la sencilla defensa de la propiedad familiar. Es a esos jóvenes, adolescentes algunos, que tu ejemplo debiera llegarle. Con tus verdades de a puño, que incluyen lo bueno y lo malo, lo heroico y lo equivocado, de las razones y sinrazones, los argumentos y las falacias que te llevaron de la civilidad a la guerra y de la guerra a la cárcel, y de la cárcel al destierro en otra cárcel, pero siempre por las mismas consecuencias de una guerra de la cual un día solo te quisiste defender, que más adelante quisiste acabar con la victoria, y después con la misma buena fe y voluntad de siempre, pero con un espíritu renovado, te propusiste sumarte a las fuerzas pacíficas que comprendieron –a punta de tanta muerte y dolor- que la Paz no es solo la meta, es también el camino, el único camino por donde los que antes fueron enemigos se pueden reconciliar.

Quería escribirte esto para que supieras que si insisto en leer y leer, resumir y sacar conclusiones, reflexionar y escribir sobre estas cuestiones de la guerra y de la paz, es porque sé, estoy convencido, que tu esfuerzo de paz merece reconocimiento y solidaridad. Cuesta encontrar las palabras, se hace difícil sintetizar tantos años de sangre acumulada, de vidas destrozadas, de padecimientos incontables, sin poder avizorar todavía la luz al final del túnel. Se pueden registrar los intentos sanos de pacificar el país y los espíritus, se pueden alentar los leves susurros que osan levantar vuelo entre la metralla y el fuego, pero eso ha sido y sigue siendo insuficiente. Porque así como están quienes solo ven sus intereses, están aquellos que no quieren ver nada y prefieren vivir y morir en la oscuridad de sus mentes frívolas y la apatía de sus corazones indiferentes al horror.

Si con este cumpleaños te vas acercando a la mítica cumbre de los 50 que solemos estimar como la mitad de la vida, sobre todo en estos días en que una vida de 100 años ya no luce como una utopía –si nos manejamos bien, y Dios nos da salud- solo podemos augurarte que la segunda mitad de la vida no sea ni para la defensa ni mucho menos para la guerra, que allí donde hoy aún es necesaria la defensa jurídica florezcan mañana la ofrenda y la paz, o dicho de otro modo la ofrenda mansa y buena de tu segunda mitad de vida –la definitiva- a la causa de la paz, no solo de Colombia, también del mundo. No hay camino mejor, no lo puede haber, te lo aseguro yo, humildemente pero convencido, que cuanto más leo queriendo comprender las guerras, más comprendo que si aún estamos vivos, no hay mejor camino, que vivir en paz, construyéndola donde no la hay, disfrutándola donde ya llegó. Pero para esto la primera paz indispensable es la paz interior, de uno mismo con uno mismo, es a nosotros a quienes nos debemos perdonar primero y es con nosotros y por nosotros con quienes debemos hacer las paces.

Así la veo yo.

Feliz Cumpleaños, Juan


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agosto 12, 2010

165. Por favor, Señores Comandantes de las FARC, digan la Verdad

ASÍ LA VEO YO - Año 6

¡La Paz de Colombia sí tiene enemigos, no les demos papaya!




"Colombia está madura para la Paz", escribí en mi columna de la semana anterior. Hoy, a pocas horas del atentado con carrobomba en Bogotá, tengo que agregar que –aquí y ahora- la Paz de Colombia tiene criminales enemigos que no dudan en apelar al terrorismo con tal de hacer ‘respetar’ sus intereses.

A medida que iba conociendo los hechos y el alivio me regocijaba el alma con la buena noticia de que el atentado no produjo víctimas mortales, ni graves, fueron tomando cuerpo estas líneas que ahora escribo.

Como suele ocurrir en estos casos más demoran los medios en dar a conocer el alcance del acto terrorista que en comenzar a rodar las hipótesis sobre los posibles autores. Es un lugar común que los primeros dardos –con razón o sin razón- apunten a las FARC. Siempre sucede así. Hasta aquí todo dentro de lo previsible. Nadie desconoce que existen quienes están interesados en atribuir a las FARC lo que éstas ni realizaron ni pensaban realizar. Lo mismo sucedía antes con las autodefensas: házte la fama y échate a dormir que como en aquel film “el pasado te condena”.
Sin embargo, me permito razonar que así como es de sencillo lanzar hipótesis es de complejo desentrañar al cabo de unas pocas horas el fundamento de las mismas.

¿A quién perjudica el atentado? Me refiero ¿a quién perjudica que le sea adjudicada la autoría del atentado? En la coyuntura presente, a días nomás del trascendental discurso de Juan Manuel Santos el día de su posesión, y a cuarenta y ocho horas apenas de su encuentro con Chávez en Santa Marta, estoy convencido que a quienes realmente perjudica el atentado es a quienes como ‘Alfonso Cano’ están proponiendo que ‘Conversemos, hombre’ los colombianos y colombianas acerca del principio del fin del conflicto armado mediante el diálogo y la solución política.

Dicho lo anterior se me ocurre pensar que también se perjudican las intenciones del nuevo Presidente dispuesto a doblar la hoja no solo con el Gobierno de Venezuela sino también en la serie de desencuentros y encontronazos que se produjeron durante la Presidencia de Uribe con Ecuador, las Altas Cortes y la oposición política. Además, si Uribe ha querido pasar a la Historia como el Presidente que ganó la guerra interna –sin lograrlo, aunque haya avanzado bastante en esa dirección-, los primeros pasos del Presidente Santos indican que más le seduce a éste la posibilidad de convertirse en el Presidente que ganó la Paz para Colombia.

De buena fe y sin cálculo de ninguna naturaleza me atrevo a manifestar que no creo –de ninguna manera- que el Secretariado de las FARC –y mucho menos ‘Alfonso Cano’ estén detrás del atentado terrorista de esta mañana. No descarto, sin embargo, que las FARC tengan también sus ‘ruedas sueltas’ poco o nada interesadas en que la propuesta de diálogo con el Gobierno sea aceptada. Esto no debiera sorprendernos – la posible ausencia hoy de unidad monolítica al interior de las FARC- porque ni el liderazgo de ‘Cano’ está suficientemente consolidado tras la muerte de ‘Marulanda’ y ‘Reyes’, ni las comunicaciones son fluidas entre los distintos estamentos que toman decisiones. También –no lo menos importante- tengamos en cuenta que la infiltración está haciendo estragos en la periferia más expuesta, sobre todo urbana –y no solo allí- de los farianos. Esto es consecuencia de la ‘seguridad democrática’ y no deja de incubar riesgos de cara a un eventual cambio de estrategia en la política gubernamental de solución del conflicto armado. Cambio de estrategia que aún está en ‘veremos’ pero sobre lo cual se están tejiendo hipótesis que seguramente preocupan –y mucho- a quienes se benefician con la prosecución del conflicto, no solo en la delincuencia organizada sino también entre las ‘manzanas podridas’ que pululan alrededor del Estado y sus meandros.

Así las cosas, tal como yo las veo, no se me ocurre nada mejor que comedidamente pedir al Secretariado –y particularmente a ‘Alfonso Cano’- que asuman o nieguen su autoría del atentado de hoy. Si tienen alguna responsabilidad sobre el mismo, por favor, en nombre de quienes queremos construir la Paz de Colombia, lo digan, lo manifiesten con total claridad. No les pido que expliquen las posibles razones ni que las justifiquen, sencillamente pido que le hagan saber a los colombianos y colombianas que sí lo hicieron si es que lo hicieron.

Pero, con la misma intención clarificadora –y ‘revolucionariamente honesta’- les pido al Secretariado y a ‘Alfonso Cano’ que, de lo contrario, nieguen enfáticamente y sin dar lugar a duda alguna, cualquier tipo de responsabilidad por acción u omisión sobre el criminal atentado de hoy si es que no intervinieron esta vez.

Cualquier esfuerzo es poco si se trata de no ponerle talanqueras a lo que de por sí es ya muy difícil, como volver a ganar el corazón de los colombianos y colombianas hacia los diálogos de paz y la solución política concertada. Por algo se empieza, y lo de hoy –que afortunadamente no resultó tragedia- puede ser el punto de quiebre que logre sintonizar la virtud con la necesidad:

La virtud de reconocer y asumir las propias culpas –o reivindicar la inocencia ultrajada- y la necesidad –y vital importancia- de restablecer en Colombia –cuanto antes- las bases de la confianza y el diálogo, por encima de cualquier enemistad y fusil.

La hora exige credibilidad, verdad, compromiso con la paz y la justicia. No lo olvidemos, si queremos doblar la página, también en cuestiones de Violencia y Conflicto armado.


Así la veo yo.


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agosto 03, 2010

164. ¡Colombia está madura para la Paz!


ASÍ LA VEO YO - Año 6

Bienvenidos el mensaje de ‘Alfonso Cano’ y la respuesta de Angelino Garzón

El conflicto armado interno que, mutaciones mediante, siempre ha girado alrededor del asunto de la tierra, su propiedad, distribución, destino y productividad, será una de las herencias históricas que recibirá el presidente Santos. Él verá qué hace o qué no hace con la guerra interminable, su oportunidad de hacer la paz la tendrá, espero que no bote sus llaves al mar como sucedió con Pastrana ni las haga trizas como se vanagloria Uribe.

El Estado y los sucesivos Gobiernos tienen con Colombia y las víctimas deudas enormes, seguramente impagables en su totalidad –pero irrenunciables al fin-, porque ni las guerrillas ni los paramilitares se hubieran convertido a lo largo de cinco décadas en los actores del conflicto que han llegado a ser de no haber sido por la desidia, el maquiavelismo y la corrupción de tantas ‘manzanas podridas’ que parapetadas tras los oropeles oficiales jamás han cumplido con la verdad, la justicia y la reparación. Ni hicieron la paz ni la dejaron hacer.

Lo anterior no exime a los actores ilegales de sus muchas culpas y responsabilidades pero, a la hora de las inculpaciones y las condenas, el Estado y los Gobiernos no deben permanecer ajenos e intocables, como si no tuvieran arte y parte, y un prontuario escabroso y fétido sobre sus espaldas. Desde los tiempos de ‘La Violencia’ liberal y conservadora, las guerrillas liberales, la policía ‘chulavita’ y los ‘pájaros’ conservadores, pasando por la Guerra Fría y la Revolución Cubana, el Frente Nacional y las guerrillas comunistas, las primitivas autodefensas y la bonanza marimbera, el narcotráfico, el Cartel de Medellín y los comandos paramilitares del “Mexicano” Rodríguez Gacha, los hermanos Castaño, la combinación de formas de lucha, la guerrilla urbana del M 19, el holocausto del Palacio de Justicia y una larguísima lista de etcéteras, que incluye las ACCU y las AUC, los “Pepes” y el MAS, las narcoeconomías y los narcocultivos, el lavado de dinero, las fumigaciones y los secuestros… el Plan LASO (Latin American Security Operation) y el Plan Colombia, la Escuela de las Américas en Panamá, los vaivenes de la extradición, los jueces sin rostro, la ‘parapolítica’, el exterminio de la Unión Patriótica, las minas quiebrapatas, las motosierras y los encadenados de la selva, los ‘conejos’ a los procesos de paz, los niños de la guerra y Machuca y Bojayá con todo su horror. Y para coronar tanta desgracia los ‘falsos positivos’ y los espionajes a las Cortes y a los opositores políticos del Gobierno que se va, no al basurero de la Historia como dice Chávez, sino más bien al banquillo de los acusados donde no deben estar ausentes quienes desde el Gobierno de la seguridad democrática dilapidaron la oportunidad histórica de desmontar íntegramente los componentes armados, políticos y económicos del paramilitarismo y, traicionando los Acuerdos de Ralito, prefirieron reciclar a sus anchas el fenómeno paramilitar con las 'Bacrim' que no son sino la cruda manifestación que la paz de Colombia y el fin de todo paramilitarismo siempre fue ajeno a las intenciones del presidente Uribe. Se va el Gobierno que tuvo el descaro de negar la existencia del conflicto armado, de negar contra toda evidencia sus causas y razones, negándonos a los colombianos –durante largos ocho años- proseguir la fatigosa senda que hubiese hecho realidad la libertad de todos los secuestrados y el comienzo concertado del acordado fin del conflicto armado.

El gran error histórico de Uribe presidente ha sido desaprovechar sus victorias militares y desdeñar la preparación del terreno de las negociaciones y la solución política. La guerra por la guerra misma –y la obsesión por ver rendidos a sus pies a los enemigos- no es ninguna solución, sino para quienes se lucran de la guerra, que aquí y ahora, equivale a decir quienes se lucran del narcotráfico y sus eslabones. Plantear guerras imposibles de ganar es tan solo la coartada para no tener que admitir que lo que se propone es la perpetuación del conflicto, para sacar ventajas políticas o económicas, o ambas, y montarse sobre él con inconfesables propósitos, construidos sobre víctimas, víctimas y más víctimas.

En los recientes días desde rincones disímiles y hasta hoy enfrentados se han dado pasos y expresiones hacia la urgencia e importancia de hacer del próximo Gobierno, el Gobierno de la Paz de Colombia. Llamativas, reposadas y conducentes las palabras de Angelino Garzón, esperanzadas y convocantes las manifestaciones de la Iglesia Colombiana, propositivo y mesurado el mensaje de ‘Alfonso Cano’, novedoso, preciso y oportuno el intercambio epistolar entre ocho desmovilizados ex jefes paramilitares y el representante Iván Cepeda y el ex candidato presidencial Gustavo Petro. Y, sobre el mismo surco, semillas de paz, de no pocos columnistas que desde distintas vertientes ideológicas ponen su acento sobre la necesidad de abrir caminos de diálogo que comiencen a delinear el comienzo del fin de la crisis humanitaria que asola a Colombia hace tantos años.

Tratándose del conflicto armado interno más duradero y complejo de América Latina, donde la globalización del narcotráfico y la comercialización mundial de armas y precursores químicos, y la demanda generalizada y universal de cocaína y heroína, principalmente, influye en la política criminal y la Justicia de los países más poderosos del planeta, no cabe sino reclamar en la solución negociada y pacífica de la guerra colombiana la participación de la Comunidad Internacional, particularmente el acompañamiento discreto pero efectivo de los EEUU, la Unión Europea, UNASUR, la Corte Penal Internacional y las Naciones Unidas, así como la facilitación de la Santa Madre Iglesia y Organizaciones No Gubernamentales. Me atrevo a decir que tomar el ‘toro por los cachos’ de la solución definitiva del conflicto armado interno colombiano implicará un esfuerzo colosal que pondrá a prueba la solidez ética, diplomática y política no solo del Estado, el Gobierno y los actores ilegales, sino que está llamado a constituir el caso más relevante de pacificación concertada y reconciliación nacional que pudiera haberse dado en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Por esto y muchas cosas más que exceden los límites de esta columna, y que iremos desgranando en los próximos escritos, no cabe sino augurar y augurarnos que el doctor Juan Manuel Santos afronte el reto de ser el Presidente de la Paz de Colombia con la dedicación y sensibilidad, la atención y el espíritu que requiere la epopeya de reconciliación que honrará su Gobierno y su Memoria más que cualquier guerra ganada, más que cualquier sangre derramada.

¡Colombia está madura para la paz! Lance usted Presidente Santos -el próximo 7 de agosto- su mensaje al Mundo sobre esta verdad de a puño, que Colombia no lo defraudará.

Así la veo yo.

Los 164 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com