mayo 26, 2011

179. La Paz y la Reconciliación… ‘Santos’ remedios, para los males de Colombia



ASÍ LA VEO YO - Año 7


‘A manteles sí’ ¿pero del menú y los comensales qué?

Por Juan Rubbini

juanrubbini@hotmail.com
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“Llegó la hora de repensar el marco legal para la paz con las nuevas reglas de la Corte Penal Internacional” (del Foro “Legislar para la Paz” organizado por la Comisión de Paz del Senado, Bogotá, 23 de mayo de 2011)


Tras la aprobación de la Ley de Víctimas, aparece en el horizonte inmediato ‘legislar para la paz’ como la meta que se instala, en el humanitario intento de evitar más víctimas del conflicto en el futuro. Esto implica reconocer no solo que existe un conflicto armado interno sino que la Ley de Justicia y Paz ha quedado corta y coja, y que los acuerdos de sometimiento al nuevo ‘contrato social’ por parte de los grupos armados ya no pasa por mesas tipo Caguán o Ralito, sino por la asignación de penas alternativas, incluso amnistías e indultos, pero condicionales. ¿Condicionales a qué? A la verdad, la justicia y la reparación. Se vislumbra además la necesidad de aprobar una reforma constitucional que blinde a la ‘legislación para la paz’ con el marco necesario suficientemente consensuado, legitimado y legalizado entre sociedad, gobierno, oposición, congreso y poder judicial nacional e internacional. Se parte de la conceptualización realista –no ideológica- del conflicto como un conflicto no bilateral sino multilateral, transversal entre los grupos sociales y de localización interna, inmerso en un mundo global, donde no solo las ideologías sino también las economías del conflicto resultan inextricablemente vinculadas con la geopolítica, la delincuencia organizada y la justicia penal y transicional de carácter supranacional. A revisar entonces –desde hoy mismo- nociones como delito político y delitos conexos que hoy ya no estamos en el siglo 19… y ni siquiera la ‘muerte política’ podrá serlo ‘de por vida’ sin algún modo de ‘resurrección’ si de salir del conflicto y sus aristas se trata…

‘Menudo cuento’ al que vamos a asistir en los meses y años próximos cuando los ‘delincuentes’ de todo tipo susceptibles de sentarse a ‘manteles de sometimiento’ comiencen a saborear el menú que expertos conflictólogos, avezados políticos, prominentes doctores en leyes, influyentes comunicadores, y demás especialistas en cuestiones de guerra y paz habrán preparado y unos y otros se trencen con lenguajes y poses que difícilmente no confundirán a propios y extraños cuando de elevar ‘torres de Babel’ se trata por parte de aquellos que muy cómodos que están con el conflicto ningún esfuerzo harán para ponerle fin. Y no es que me considere escéptico a priori sino que basta rebobinar y observar en qué acabaron las euforias de la paz que suscitó Pastrana y las euforias de la guerra que alentó Uribe: en que ni las unas bastaron para ganar la paz ni las otras alcanzaron para ganar la guerra.

Así como Pastrana fue elegido en 1998 con un claro mandato de paz, Uribe lo fue no una sino dos veces, en 2002 y 2006, con un visceral mandato de guerra. La elección de Santos –en segunda vuelta, la de los nueve millones de votos- no estuvo signada en 2010 ni por el pacifismo pre Caguán ni tampoco por la cruzada antifarc que supo encabezar Uribe desde su primera elección hasta cuando la Corte Constitucional tumbó su ‘gustico’ por un tercer mandato presidencial. Admitamos que instalada una cierta seguridad democrática, se trata ahora más de dar pasos hacia la paz que de seguir profundizando la guerra. Le corresponde a Santos no solo interpretar el sentimiento actual de los colombianos sino liderar un proceso que incorpore las experiencias, las racionalice y extraiga de ellas claves para el futuro, sumando en pos de metas renovadas el sello de las innovaciones y acentos que distingan su gestión presidencial de lo que representaron Pastrana y Uribe, cuyos mandatos pertenecen a la historia, ya no al presente y futuro. Nadie cruza dos veces por el mismo río, no solo porque sus aguas ya no son las mismas, sino porque tampoco uno es hoy el mismo que ayer. La coherencia que se le exige hoy a Santos no es con el Santos ministro de Pastrana, tampoco con el Santos ministro de Uribe. La coherencia que se espera del actual Presidente es entre la realidad de hoy y los sueños y las metas que Colombia deberá concretar durante su mandato.

Santos tiene ante sí una realidad conflictiva donde los recursos a disposición no solo son escasos sino también funcionales de ser utilizados para fines alternativos. No se puede permitir dilapidar su favorabilidad política ni los logros que tanto Pastrana como Uribe sumaron a la construcción de un País más consciente de sus limitaciones y posibilidades, cayendo en el facilismo del más de lo mismo porque Uribe lo exija, ni tampoco en lo recalcitrantemente contrario porque los ‘antiuribistas’ lo reclamen. En su primer año de gobierno Santos está demostrando que el camino del ‘buen gobierno’ no pasa por asirse de uno u otro de los ‘polos opuestos’ sino por integrar dialécticamente, de manera superadora, todo aquello que de transformador tienen ambos ‘polos’ impulsando la marcha de las ‘locomotoras del progreso’ no hacia el choque de trenes sino hacia estadios superiores de democracia y convivencia, donde la integración prime sobre la división, la inclusión vaya ganándole la pulseada a la exclusión, y finalmente, donde el Estado ocupe efectivamente el territorio –desde los centros urbanos a las periferias rurales hasta todas y cada una de las fronteras- no solo con fuerzas de seguridad sino también con todas aquellas instituciones y dinámicas sociales y económicas que permitan hacer de Colombia un país de regiones pero también un país integrado e incluyente, cuyas regiones no giren en el vacío ni abandonadas a su suerte, a la ilegalidad, ni mucho menos a la ley de los violentos, ni a la ley del ‘sálvese quien pueda’.

La admisión por parte del Gobierno sobre la existencia del conflicto armado interno es la invitación a resolverlo, a no seguir cayendo en la fatalidad de eternizarlo como parte del ‘paisaje nacional’. Si de legislar para la paz se trata la participación de la sociedad en el proceso de sinceramiento que se inicia resulta esencial y determinante. En el escenario no se perfila la negociación bilateral entre dos fuerzas en pugna, ni tampoco de tres ni de cuatro, sino el llamado a fortalecer la red que vincula el Estado entre sus componentes ejecutivo, legislativo y judicial, con las redes que configuran las diversas expresiones de la sociedad. Como si se prefigurara en el horizonte una política de acercamiento y diálogo al interior del vasto ‘cuerpo de la legalidad’ que cohesionara primeramente la polaridad de aquellos que luego invitarán ‘a manteles’ a quienes se ubican todavía hoy en el ‘cuerpo de la ilegalidad’ donde ocupan espacios diferenciados aunque entrelazados como partes integrantes de la ‘Colombia al margen de la ley’. Aunque admitámoslo, estar ‘al margen de la ley’ no es un concepto rigurosamente exacto porque quienes son ‘ilegales’ respecto de la Constitución, poseen también, e incluso imponen en sus zonas de influencia ‘su propia ley’, su propio modo de ser y hacer ‘excluidos’ como están del ordenamiento constitucional del Estado colombiano. Esto habrá que tenerlo en cuenta porque si el llamado ‘a manteles’ quiere tener efectos en términos de inclusión y final del conflicto armado –y no se trata de una mera tregua o táctica de apaciguamiento- habrá que reconocer desde el primer día que la invitación ‘a manteles’ no es para imponer una Constitución vigente sobre una ‘ilegalidad existente’ sino para integrar en una sola Constitución el amplio campo de las legalidades e ilegalidades preexistentes. Que se diga que no habrá ‘negociación’ con los grupos armados no quiere decir que no la vaya a haber –así sea entre bambalinas y confesionarios- pero que finalmente la haya tampoco quiere decir que será ‘entre partes iguales’. Así de ‘asimétrica’ como es esta ‘guerra a la colombiana’, así de asimétrica también lo será la formulación y acuerdo sobre la ‘paz a la colombiana’… y ojalá la haya, aunque no sea del gusto de los puristas de uno u otro ‘bando’.

Dicho de otra manera. Si de integrar armónica y democráticamente la totalidad del territorio y sus habitantes se trata, sustituyendo el conflicto armado interno y sus múltiples manifestaciones –desde las más elaboradas y sofisticadas hasta las más rústicas y elementales- cualquier intento de cualquiera de las partes por imponer en la mesa su ‘legalidad’ sobre las de las demás –por más ‘ilegales’, ‘anacrónicas’, ‘incompatibles’ que nos parezcan- tropezará con la enorme dificultad que significa, desde el punto de vista de cada uno de los actores armados –estatales o no- la tradición, el hábito, la costumbre de vivir en estado de guerra que acompaña el País desde hace largas décadas. Entonces, sepamos que la tentación de ‘desmantelar’ la mesa también se sentará ‘a manteles’ y la capacidad de resistirla deberá ser elevada a la categoría de razón suprema y puesta en un altar cuyos ‘sacerdotes’ estén por encima del bien y del mal bajo el amparo de la común y respetabilísima aceptación.

No sé qué lugar vayan a ocupar en la convocatoria a Legislar por la Paz aquellos más de cincuenta mil desmovilizados que, desde su antigua pertenencia a las guerrillas, o a las autodefensas, amnistiados, indultados o sometidos a la Ley de Justicia y Paz, pero se me ocurre reclamar para ellos, para todos ellos sin excepción, estén libres o estén encarcelados, estén en Colombia o en los Estados Unidos, un lugar destacado entre la multiplicidad de voces y voluntades a escuchar y tener en cuenta, habida cuenta de su insustituible experiencia en el campo de la guerra primero, y en el de la paz ahora.

Porque en un país donde, todavía hoy, hay tantos miles de brazos en armas y tantos más dispuestos a tomar un fusil, justo es –nobleza obliga- reconocer el enorme valor de haber entregado sus fusiles al Estado y abandonar la guerra a todos aquellos hoy desmovilizados.

Y no me vengan con aquello tan falaz e hipócrita de… “¿y ahora les vamos a quedar debiendo a los desmovilizados?”… porque si es la ‘mala onda’ y la estigmatización lo que se va a pretender que predomine, en contra de quienes ya se han desmovilizado, ¿qué podemos esperar de bueno acerca de lo que se proponga a partir de ahora para quienes aún están delinquiendo?

Por el contrario, cada desmovilizado ha de ser invitado a constituirse -en el proceso de paz y reconciliación que comienza durante la era Santos- en un actor no solo de la culminación exitosa de su propia desmovilización, sino también en un actor decisivo, persuasivo y ejemplar de la desmovilización de todos los que faltan por desmovilizarse, con sus brazos tendidos al hermano que aún combate en este país de trincheras que es Colombia todavía… y tanto nos duele…


Así la veo yo.


Los 179 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

mayo 18, 2011

178. De la adicción por la guerra a la determinación por la paz

ASÍ LA VEO YO - Año 7

“No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”

Por Juan Rubbini

juanrubbini@hotmail.com
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“Un ejemplo de conflicto interior es el que se plantea a veces entre nuestros fines deliberados y nuestras compulsiones, sobre todo en los casos de adicción”
Jesús Mosterín

Se cumplieron el 13 de mayo tres años desde la extradición de los máximos líderes de las extintas Auc. Más allá del legítimo derecho de los EEUU a juzgar los delitos que estos ex comandantes pudieron haber cometido infringiendo la legislación antinarcóticos de aquel país con ocasión de su participación en el conflicto armado interno, no es asunto menor tomar en cuenta que los ex integrantes de las autodefensas –al momento de ser extraditados- estaban alojados en pabellones de Justicia y Paz- participando voluntariamente del proceso de paz con el Gobierno nacional, bajo la monitoría de la Mapp-OEA, misión internacional que no en vano se denomina Misión de Apoyo al Proceso de Paz reconociendo y dando fe al mundo que de esto se trata, de un Proceso de Paz con uno de los actores del conflicto armado interno.

Dicho esto, cabe preguntarse si así como los conflictos armados internos están sujetos a ordenamientos legales de carácter supranacional, los procesos de paz que nacen como una necesidad de resolver esos conflictos no deben también ser sujetos de aplicación de leyes y principios de carácter universal que obren en favor de las debidas garantías y condiciones que favorezcan los encuentros entre las partes, los diálogos y los acuerdos que finalmente gocen del debido respeto y protección por parte de las autoridades locales e internacionales.

El proceso de paz con las autodefensas es hoy un proceso golpeado, maltrecho e inconcluso, cuyos avances y dificultades han acompañado todo el desarrollo de su azaroso curso, siendo cuestionados no solo el evento puntual de una u otra desmovilización, sino la lentitud y vacíos del régimen de la ley 975 de Justicia y Paz, así como la derivación no deseada que dio origen a no pocas de las denominadas ‘bacrim’ y, finalmente, la incertidumbre y desconfianzas que existen no solo entre las partes, sino también entre las partes y la sociedad nacional, y la comunidad internacional, sobre la ausencia de acuerdos formales de paz, o las dudas que genera el no haber logrado el Estado recibir ‘llave en mano’ los cultivos ilícitos de los cuales las autodefensas percibían una importante porción de sus ingresos. Esto para mencionar solo algunos de los aspectos que suscitan interrogantes de no poca monta y que debieran promover por parte del nuevo Gobierno y de los negociadores de las ex Auc el interés por viabilizar una nueva fase de acercamientos y diálogos que concluyan en una solución política cuyo carril de ejecución funcione autónomamente pero en paralelo con el componente judicial de verdad, justicia y reparación. Porque se trata de proseguir en el camino de construir la paz y la reconciliación, y para ello el antecedente creado por el descarrilamiento del proceso político iniciado entre el Gobierno Uribe y las Auc, obra como factor desestimulante y perturbador de los tramos aún por recorrer con otros actores armados ilegales del mismo conflicto del cual participaron en su momento las autodefensas.

También resulta evidente que si como todos deseamos el componente judicial llega a buen término –una vez superados los obstáculos propios de tamaño desafío inédito y descomunal, agravados por la incomunicación producto de las extradiciones- quedará el reto social, democrático, cultural y económico de incorporar a los ex jefes de las Auc y sus antiguos subordinados al pleno ejercicio de sus derechos civiles y políticos, asuntos que podrían complejizarse en grado alarmante si el conflicto armado interno sigue abatiéndose sobre la nación colombiana. De allí la necesidad que comienza a ser urgencia de llegar a 2013 y 2014 -cuando comiencen a cumplirse los plazos máximos de 8 años de pena alternativa- con el camino allanado del retorno de los ex Auc a sus hogares, a paz y salvo con la Justicia nacional e internacional, no solo libres sino en su calidad de ejemplos vivos y referentes culturales acerca de que SÍ es posible abandonar la lucha armada y recobrar el uso y disfrute de la ciudadanía plena.

Con estos plazos a la vista y apostando al éxito del proceso de Justicia y Paz cabe reclamar de todas las partes involucradas, de todos los interesados y participantes el máximo de colaboración en la común tarea de pasar del reconocimiento de la existencia del conflicto armado interno a la exploración y discusión acerca de los métodos y los protocolos que habiliten el gran proceso integral de la paz y la reconciliación, donde no solo haya condiciones claras y garantías ciertas, sino también procedimientos de verificación y cumplimiento que no se constituyan en barreras –mucho menos en campos minados- para aquellos que estén dispuestos a abandonar la ‘ley del monte’ y la ilegalidad, la lucha armada y la criminalidad, para acogerse a la vida nueva dentro de la ley, absolutamente y con reconocimiento pleno de sus responsabilidades y culpas como agentes victimarios que lo fueron, hayan sido unas u otras las motivaciones, e incluso los ideales, que no hay altruismo ni fines nobles, que puedan ser amparados por medios criminales, ni sociedad futura que pueda estar cimentada por la sangre y el dolor de un pueblo.

Inútil seguir postergando la solución del conflicto armado esperando victorias finales o ventajas estratégicas definitivas que permitan abatir al contrincante. Socialmente pernicioso y criminal pretender utilizar la fachada de ficticios ‘procesos de paz’ para camuflar la voluntad guerrera y manipular y engañar así la opinión pública: ni el Gobierno ni los ilegales deben utilizar los ‘diálogos de paz’ como tácticas de guerra –nadie puede arrojar la primera piedra en este espinoso asunto porque unos y otros han caído en la tentación de hacerlo y lo han hecho.

Colombia deberá prepararse para vencer el enorme escepticismo e incredulidad que despertará dentro y fuera del país la convocatoria a un nuevo intento de proceso de paz. Sobre este campo habrá que esperar todo tipo de desconfianzas y manos oscuras: sin embargo, habrá que acumular determinación y argumentos para insistir una vez tomada la decisión. Habrá que sumar voluntades aunque despierten prevenciones y animosidades. No solo los países vecinos tendrán que ser invitados a sumarse sino también representantes de gobiernos de distintas latitudes, organizaciones multilaterales, organizaciones no gubernamentales, miembros de las instituciones de Justicia, en fin, una cantidad de actores de la paz que sepan serlo también de la reconciliación, cubriendo el más amplio campo político e ideológico, social, cultural y religioso.

De esto se trata, no solo de reconocer la existencia del conflicto armado interno, sino de propiciar y anudar los múltiples lazos que harán de la Paz de Colombia un eslabón más de la Paz del Mundo.

Al menos dos premisas a considerar:

Nadie está exento de contraer la ‘adicción por la guerra’ bajo cuya devastación e inclemencia la humanidad fue victimizada incontables veces.

Nadie puede considerarse indigno de ser convocado al perdón y la sanación, en esta Colombia lastimada y herida por la adicción de algunos al conflicto armado.


Así la veo yo.


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mayo 10, 2011

177. El eje de la Unidad Nacional pasa por la Paz



ASÍ LA VEO YO - Año 7

Del régimen de exclusión a la máxima inclusión
Por Juan Rubbini

juanrubbini@hotmail.com
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Colombia debe pasar de un ‘Estado anacrónico de cosas’ que le pone ‘condiciones’ a los diálogos de paz, a un ‘Estado refundacional de cosas’ donde los diálogos de paz no estén sujetos a ninguna condición previa… porque si urgentemente el ‘verbo no se hace carne’ de todos los colombianos, todos los colombianos estaremos condenados de por vida a ser ‘carne de cañón’ de la guerra.

El Gobierno se pregunta por qué pierde popularidad… se desinfla… ni juega tan bonito ni hace tantos goles… unos responden que el invierno y sus consecuencias, que la corrupción y su destape, que la herencia no tan ‘sancta’ de 8 años de Uribe… otros, que quien fue elegido por millones de uribistas roza la traición cuando ‘ningunea’ a Uribe exhibiendo un cambio radical… mientras por izquierda liberal defrauda a quienes lo votaron alentados por aquello de ‘Santos al gobierno y Uribe al poder’… A todo esto se suma que si Chávez es ahora el ‘nuevo mejor amigo’ de Santos no puede serlo sin relegar a Uribe al ‘cuarto de san alejo’… ¿Quiénes aciertan y quiénes se equivocan? No ha llegado aún el tiempo del veredicto, se insinúan tendencias, se evidencian contradicciones, se instalan las dudas, el funcionamiento de la economía comienza a pasar su factura, se agrieta la confianza inversionista, la inseguridad rampante hace agua la cohesión social, el poder mediático luce insuficiente para esperanzar a los colombianos.

Todos los graves problemas de Colombia ahí… indiferentes a los desencuentros entre Santos y Uribe, boyantes ante entelequias como la ‘unidad nacional’ que ni es unidad ni es nacional y va en camino de no ser tampoco ‘ni chicha ni limoná’… porque la unidad de la clase dirigente no se puede confundir con la unidad de la gente y lo nacional no se agota en las bancas del Congreso ni puede ser tal si el conflicto armado y todas sus manifestaciones siguen vivitas y coleando alimentando guerrillas y bacrim, neoparas y capos y capitos, más violencia urbana y violencia rural… si la unidad nacional no es para la paz no es nada… porque solo la paz bien concebida puede concitar unanimidad y entusiasmo, nunca la guerra donde unos pocos ganan mucho y casi todos perdemos demasiado. Por esto también el optimismo en el futuro del país se desvanece, porque no se ven los frutos de una política de paz ni tampoco las evidencias que la guerra se esté ganando.

Se ha dicho y con razón que Santos no es Uribe, que Santos no es Pastrana, lo que no se sabe aún es quién es Santos a la hora de gobernar. Se ha dicho también que Pastrana en 1998 ganó con los votos que le redituó su visita a las Farc y su creencia en la voluntad de paz de ‘Manuel Marulanda’, que Uribe ganó en 2002 porque interpretó el significado de personas como Carlos Castaño sobre el ánimo de millones de colombianos, y nadie niega en Colombia que Santos jamás hubiera ganado la Presidencia si no fuera por los votos de Uribe. Así las cosas, no me resulta extraño que hacia dónde va Santos –y dónde nos lleva a los colombianos- se haya transformado en un enigma y en la pregunta del millón de estos tiempos.

Santos creyó en Pastrana y en ‘Marulanda’ seguramente más que en el propio Estado y en las Farc… también creyó después en Uribe y en Castaño seguramente más que en la Derecha y en las Auc… y ahora se encuentra ante el tablero debiendo resolver la ecuación que ni Pastrana ni Uribe, ni ‘Marulanda’ ni Castaño pudieron resolver… porque las incógnitas y las variables que encierra la ecuación no admiten para alcanzar la armonía nacional ni la belicosa política de tierra arrasada en pos de la victoria, ni la ingenua política de palomas blancas y odas a la paz. Sin embargo, allí donde la exclusión ha sido la constante –de unos o de otros- Santos intuye –yo creo que ya está convencido- que la inclusión –de unos y de otros- ha de ser la carta ganadora. La enorme dificultad de concitar la inclusión, favorecerla y conducirla al resultado deseado es que Colombia ha sido –en su clase dirigente- fuertemente partidaria de la exclusión, diferentes grados y cantidades de exclusión según los gobiernos. Sin embargo, el secreto de la Paz de Colombia, es que la exclusión no puede seguir siendo el camino, sino que no hay otro camino que la inclusión. No hay otro. Metámoslo en nuestras cabezas porque si no lo hacemos y no lo hacemos pronto lo que sigue no será apenas un conflicto armado –mucho menos una cuestión semántica- sino una guerra, una guerra-guerra, con todas las letras y sin lugar a bizantinismos ni leguleyadas.

Si Pastrana privilegió la paz y Uribe la guerra, si ‘Marulanda’ la guerra revolucionaria y Castaño la resistencia civil armada, y unos y otros ‘ilegales’ debieron apelar a los dineros del narcotráfico, así como Pastrana y Uribe no hubiesen logrado nada sin los dineros del Gobierno norteamericano, y hoy los herederos de ‘Marulanda’ y de Castaño siguen apelando al mismo banquero y Santos tropezará más temprano que tarde con la limitación económica y la urgencia de financiación externa de los costos del conflicto armado interno… si todo esto nos lleva siempre, una y otra vez, al más de lo mismo, a lo que ya sabemos, no habrá Ley de víctimas ni de Tierras que puedan ponerle remedio ni mucho menos sanación, Santos deberá ensayar otro camino que nos lleve a otro destino, que no puede ser otro que el de la Paz.

¿Hasta qué mínimo nivel aceptable para la gobernabilidad de Santos se puede seguir deteriorando el ‘animo nacional’ sin que el Presidente cambie el rumbo de la exclusión por el de la inclusión, el de la guerra por el de la paz, el de las palomas blancas y el del eslogan pacifista por el de las negociaciones serias y los acuerdos fundamentados y garantizados?

Coincido con Santos que ni el Pastrana ni el de Uribe son caminos a emprender –en el mejor de los casos tuvieron su cuarto de hora y aportaron al aprendizaje. Farc, Eln, Auc, y todos sus herederos, saben o comienzan a vislumbrar, que no les queda otro camino que el de la desmovilización y la inclusión política, el del desarme y la incorporación a la sociedad.

Mi modesta opinión: Las encuestas recientes son solamente la punta del iceberg, lo de veras trascendental y llamado a constituirse en el centro de la vida política y social de los próximos años es el modo que adoptará Colombia para pasar del desencanto al entusiasmo, del pesimismo a la esperanza, de un régimen oprobioso de exclusión a un sistema democrático de amplia inclusión.

Y algo más: si para llegar allá habrá que ‘suspender’ en algún momento, por única vez y durante una cierta cantidad de tiempo, la adhesión a la Corte Penal Internacional y similares disposiciones del así llamado ‘bloque de constitucionalidad’ habrá que hacerlo, porque la vida es sagrada y ese deberá ser el primer acuerdo, la piedra angular y filosofal de la Paz de Colombia.

Así la veo yo.


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