noviembre 09, 2012

197. La unión hace la fuerza ¿el milagro colombiano?


ASÍ LA VEO YO - Año 8

Mal que nos pese habrán resultado las bacrim ¿santo remedio?

Por Juan Rubbini 
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“La filosofía de nuestra época parece estar absorbida por tres problemas dominantes: la crítica de la verdad objetiva, universal y necesaria, en favor de las múltiples interpretaciones; la crítica del totalitarismo y de las políticas revolucionarias que habrían desembocado en tales desastres, en favor de las democracias consensuadas; la crítica de un concepto universal de Bien que aplaste la pluralidad de opiniones y formas de vida, en favor de ciertos criterios éticos de convivencia pacífica.” (Dardo Scavino, LA FILOSOFÍA ACTUAL, Pensar sin certezas, 1999)
 

Mi pregunta de estos días no es tanto ¿por qué se sienta el Gobierno a negociar con las Farc? sino más bien la inversa ¿por qué las Farc se sientan a negociar con este Gobierno?

Sobre el primer interrogante creo que no hay mayores dudas. El Gobierno sabe que está haciendo ‘lo políticamente correcto’. Tras haber debilitado militar y políticamente a las Farc –en los ocho años de Uribe principalmente- tender la mano al enemigo no solo es políticamente correcto sino que luce también éticamente inobjetable. ¿Y por qué el Gobierno hace con las Farc lo políticamente correcto? Porque de eso espera obtener réditos políticos, lo cual no solo resulta obvio sino legítimo. Siguiendo el curso de este análisis el Gobierno no puede desconocer que todo proceso que comienza debe en algún momento terminar. Y en este caso –éticamente hablando- puede terminar bien o terminar mal. Bien si se logra poner fin a la guerra Estado-Farc, y mal si se rompen las negociaciones y prosigue el conflicto armado. En ambos casos el Gobierno ‘gana’ políticamente, en el primer caso –si se firma la paz- porque logró conciliar la política con la ética y persuadir a las Farc. En el segundo caso –si se rompen las negociaciones- también ganará políticamente porque habrá demostrado en la Mesa no ceder ante el chantaje armado de las Farc –y así lo presentará el relato oficial- y además ganará porque asegurará los votos uribistas que no conciben que la guerra contra las Farc deba terminar cediendo ante el chantaje armado de la guerrilla.

Visto así uno comprende por qué el Presidente Santos declaró que el país no debe preocuparse por los diálogos en La Habana. Porque si sale cara gana el País y si sale sello también gana el País. Sobre esto último permítaseme disentir: lo correcto hubiera sido decir más bien que si sale cara gana Santos y si sale sello gana Santos. ¿Y esto por qué? Porque coincido con buena parte de los colombianos en que el País solo gana con la Paz mientras que el País solo pierde con la guerra.

Si por el lado del Presidente es obvio por qué se sienta a dialogar con las Farc no resulta nada obvio vislumbrar por qué las Farc aceptan la invitación de Santos? Porque si el proceso termina con la firma de acuerdos de paz el gran ganador será Santos, y si el proceso termina sin resultados positivos también –por lo dicho más arriba. Solo los ultra-uribistas pueden creer en serio lo que vociferan: que Santos va a otorgar a las Farc en la Mesa lo que las Farc no ganaron en la guerra. Eso ni se corresponde con el proyecto santista ni tiene en cuenta que detrás de Santos no está Chavez ni los Castro sino el ‘establecimiento’ colombiano y los EEUU. Así que si el proceso iniciado en Oslo y La Habana concluye con la firma de la paz entre el Estado y las Farc será porque Santos se habrá salido con la suya. Y las Farc tendrán que dedicarse a una lucha política altamente desigual no solo porque carecen de inserción real a los efectos prácticos en los resortes de poder de la política nacional sino porque les espera una contienda política no menos complicada para ganar la interna de la izquierda donde se encontrarán con que quienes han arado y sembrado en esos campos durante las últimas décadas no cederán fácilmente –ni gratuitamente- su espacio ganado.

Si en contra de todos los pronósticos optimistas lo de La Habana se empantana en otro Caguán y la opinión pública inclina su dedo pulgar hacia abajo la confusión en las filas farianas –las que permanecen en Colombia- promoverá más desmovilizaciones individuales en masa –valga la paradoja- que gritos de guerra en favor de retomar la lucha.

Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿por qué las Farc se sientan a negociar con este Gobierno? Aunque la palabra negociar tal vez no sea la apropiada. Los delegados de las Farc en Oslo fueron precisos al aclarar que ellos no van a negociar nada, sino a conversar, a escuchar y proponer, porque sus principios revolucionarios no se negocian sino que se defienden o con las armas o con la lucha política si les dan cabida en un proyecto transformador que coincida con su postulados básicos y donde tengan el rol de ejecutores.

Esto apenas comienza y los interrogantes no son para poner piedras en el camino sino para centrar la atención no solo sobre las palabras que se dicen sino sobre los intereses que se defienden –y que se atacan.

Cuando comenzó el proceso de Ralito con las Autodefensas las preguntas que se hacían los analistas versaban sobre cuáles serían las verdaderas intenciones de las Autodefensas. En aquellos tiempos no se comprendía porqué un ejército poderoso, no derrotado, fuerte económicamente, que controlaba buena parte del territorio nacional y movía los hilos de la política en no pocos sitios del país se sentaba a dialogar. Lamentablemente, aquellos interrogantes no pretendían –en su gran mayoría- llegar a la verdad objetiva del asunto y resolverlo en favor del País, sino descalificar a Uribe y las Autodefensas sembrando dudas y cizañas sobre el grado de influencia que los jefes paras tenían sobre el Presidente Uribe, o dicho de otra manera ¿qué grado de asociación existía entre el proyecto político de Uribe y el de las Autodefensas? Y digo lamentablemente, porque los interrogantes eran políticamente válidos, siguen siendo éticamente válidos, y lo seguirán siendo –naturalmente también en Oslo y La Habana- mientras se nos siga ocultando esa verdad sobre la historia del paramilitarismo en Colombia que –más allá de las historias escabrosas y trágicas- nos provea de luces sobre cómo convergieron en la práctica las estrategias paramilitares de los sucesivos Gobiernos con las necesidades de autodefensa a la cual se vieron urgidas las comunidades agredidas por el fenómeno guerrillero y sus prácticas violentas sobre la población.

Porque algo debiera quedarnos claro tras tantas amargas y dolorosas experiencias: si el Estado no cubre con su manto protector a la totalidad del territorio nacional no solo habrá nuevas guerrillas que reemplacen a las que se vayan desmovilizando sino que también se formarán nuevos grupos de autodefensa que bajo la mirada complaciente o cómplice de las autoridades, y autoconvocados o reclamados por las poblaciones afectadas, llenen a su manera el vacío que deja el Estado con su ausencia y que pretende llenar la guerrilla con sus llamados al alzamiento armado y la revolución.

No vaya a ser que así como hubo autodefensas que se levantaron contra las guerrillas, se estén gestando hoy ante nuestro estupor autodefensas que desencantadas con los resultados obtenidos en Ralito se alcen nuevamente pero ahora no necesariamente en contra de las guerrillas sino en contra de las bacrim que constituyen la amenaza más cercana e inminente no solo de las ex autodefensas, sino también de las guerrillas.

¿Será que la existencia y proliferación de bacrim es la verdadera razón que mueve a las Farc a sentarse a dialogar con este Gobierno? Si esto fuera a ser verdaderamente así el mantel está puesto y la mesa servida para que entre Gobierno, Farc y Autodefensas desmovilizadas se arribe a una feliz solución.

Y entonces sí los márgenes para el optimismo se habrán extendido notablemente y en la buena dirección.

Así la veo yo.
 
Los 197 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

noviembre 02, 2012

196. En Cuba dialogan Gobierno y Farc, ¿una isla de fantasía o un baño de realidad?


ASÍ LA VEO YO - Año 8

El derecho humano de participar en la vida política debe ser garantizado por igual a los desmovilizados pasados y futuros
Por Juan Rubbini

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“Todo hombre será tanto más hombre cuanto más se comprometa con el mundo en que vive, lo que pone de relieve la importancia del compromiso político. No se puede prescindir de la política, que es un espacio privilegiado del mundo y de su organización”

(Antonio Hortelano, Problemas actuales de moral, Tomo IV – Ética y Política)

Las conversaciones de paz entre Gobierno y Farc han encendido más alarmas que luces de alborada. Era de esperar que tratándose de asuntos de guerra y paz las aguas se encresparan y se dividieran entre partidarios como existen en ambas orillas ideológicas, unos, de continuar el conflicto armado y, otros, de hallarle una solución política. No sorprende entonces que los extremos ideológicos de ambos contendientes coincidan con su llamado a prácticas guerreristas –cuando no lisa y llanamente terroristas- con el objetivo de procurar abortar el proceso incipiente presentado en Oslo, así como entre sus elementos moderados –como los hay en el Gobierno y también en las Farc- se trabaja afanosamente en pos de arribar a consensos que lleven a la paz.

La cuestión real no es tan sencilla de dilucidar como pretende la caricatura que distingue a ‘extremistas’ y ‘moderados’ pero sirve al efecto de significar que ni el Gobierno –ni mucho menos la sociedad- así como las Farc – y sus integrantes y aliados- constituyen bloques monolíticos encolumnados rigurosamente en la defensa de intereses totalmente compartidos al interior de cada una de las partes. Esto no vuelve los diálogos inviables ni inútiles, por el contrario, los hace más necesarios en la medida que se reconozca que la existencia de fragmentación en los actores y diversidad de matices insta a profundizar el análisis y alejarse de los prejuicios y las vanidades siendo tan serio y de tanta importancia lo que está en juego –o mejor, en disputa.

Ante la evidencia de lo gigantesco del propósito luce mezquino e inoportuno hacer de la ‘variable tiempo’ una espada de Damocles. El proceso ha de durar todo el tiempo que necesite y no se mide con el tiempo cronológico sino con la satisfacción de las metas que se van acordando. Obviamente, si no se arriba a metas consensuadas, el proceso acabará por sí mismo, y ello puede suceder en cualquier momento sin que haya que atarse a plazos sino a realidades políticas. El conflicto armado colombiano es más un producto de la evolución histórica del País que de la voluntad de las partes. Pudieran las partes –digamos en este caso, Gobierno y Farc- arribar a un acuerdo final de cesar las hostilidades, incluso de cesar la guerra. ¿Cesaría entonces el conflicto armado colombiano, o solamente acabaría una de sus manifestaciones actuales –el conflicto entre el Gobierno y las Farc- subsistiendo la ‘violencia organizada’ entre otros actores, o incluso estos mismos reunidos hoy en La Habana, enfrentándose a la realidad que sigue siendo ‘violentamente’ expresada por actores diferentes al Gobierno y las Farc tal como los conocemos hoy?

De esto se trata entonces, de ‘saber de qué se trata’ cuando se habla de proceso de paz. ¿Se trata de una pretendida paz parcelada entre Gobierno y Farc, entre Gobierno, Farc y Eln, o incluso entre Gobierno, Farc, Eln, y Autodefensas? ¿O se quiere realmente avanzar hacia la Paz de Colombia donde la solución política englobe a todas, absolutamente todas, las expresiones organizadas de violencia?

Llegados a este punto, alguien podría decir que no podemos aspirar a la paz en términos maximalistas sino que debemos contentarnos con un mínimo de paz, en este caso lo que representaría para Colombia que la organización Farc abandonara el uso de las armas y se desmovilizara, sumando además en esta dirección al Eln y a los residuos supérstites de las Autodefensas que no se desmovilizaron en Ralito, o que habiéndolo hecho, se han rearmado. Preocupa observar que no ha hecho el Gobierno –a él le corresponde y urge que lo haga- claridad sobre los alcances de la Paz que se persigue a partir de Oslo y La Habana. Los seis puntos a debatir  de la ya famosa agenda y el más novedoso de su ‘preámbulo’ no son explícitos sobre los alcances de la paz ni en cuanto a sus consecuencias políticas ni en cuanto a los actores involucrados. Esto ha dado pie a que quienes se sienten excluidos hayan comenzado a hacerse oír y a solicitar ser tenidos en cuenta, y a que quienes no comparten la conveniencia de una negociación con las Farc hayan lanzado ya sus primeras advertencias apocalípticas sobre el regreso al Caguán, o algo peor según sus lúgubres vaticinios.

Me cuento entre los optimistas moderados, entre quienes consideran que el Gobierno y las Farc han tomado la iniciativa correcta en el momento oportuno. Desconozco las verdaderas intenciones de las partes, pero dialogar de paz, aun de una paz restringida a dos partes, aun de una paz que se persigue al calor del conflicto armado que persiste, aun a riesgo de que los guerreristas de ambos lados terminen por prevalecer, es ganancia, es pura ganancia, es un maravilloso ejemplo de sensatez ofrecido por el Gobierno y las Farc al País entero tan necesitado de no quedar de rehén de quienes solo están pensando en vencer o morir.

Me pregunto entonces ¿cómo sigue esto? Nadie lo sabe y la incertidumbre será una vez más inquietante e impredecible compañera de ruta en este delicado tramo de la Historia nacional. Sin embargo, hay algo que sostengo valioso de esta coyuntura y es la politización del conflicto armado y también de su posible solución, el reconocimiento público –incipiente aún- sobre la existencia de diversos actores que desde la legalidad y desde la ilegalidad, desde las entrañas del Estado y desde las orillas de los actores armados ilegales, pugnan por ‘politizarse’ y darle contenido social a sus propias hasta burdas manifestaciones de violencia, comenzando a transitar el camino de su visibilización como aspirantes a ingresar dentro de los límites precisos de la Constitución y la Ley para reinsertarse a la sociedad no como quienes vuelven a la sociedad sometidos a condiciones de parias y discriminación por su pasado en la guerra sino a ejercitar en la plenitud de sus derechos su condición de ciudadanos comprometidos con el ‘buen vivir’ del País donde han nacido.

Y este ‘buen vivir’ al que aspiran los desmovilizados –y los futuros desmovilizados de Colombia- incluye sugestivamente -y es un signo alentador- el ejercicio de la política. En una época global de despolitización de los ciudadanos, de falta de confianza generalizada sobre las bondades de la política para resolver los problemas de la sociedad, es por lo menos auspicioso y debiera celebrarse que quienes han ejercitado la violencia como integrantes de ejércitos armados hasta los dientes, estén clamando por ser escuchados, por ser atendidos sobre las razones y sinrazones que los llevaron a transitar el camino de la violencia rural y urbana.

Esta politización de los individuos que han integrado los grupos armados amerita un estudio profundo por parte del Estado y sus instituciones para establecer una hoja de ruta y un ordenamiento específico que habilite progresivamente a quienes demuestren con hechos su aptitud y su vocación de reinserción no solo a la sociedad en general, sino también en particular insertándose al ejercicio de la política.

Sucederá entonces que el pasado violento no será por sí mismo el que decrete la ‘muerte política’ del reinsertado, sino que tras el cumplimiento de condiciones de admisibilidad –donde la verdad y reparación a las víctimas y a la sociedad sea requisito indispensable pero no imposible de satisfacer en términos acordes con mecanismos de justicia transicional- la ‘politización’ manifiesta previa a su participación en el conflicto armado, o sobreviniente en el transcurso o posterior a dicha participación, permita ejercer al reinsertado el derecho humano de la actuación política, incluso elegir y ser elegido.

Finalmente, lo esencial aquí, no es reconocer o no el carácter político de tal o cual organización armada, sino de reconocer que el ser humano, como individuo, como persona, debe recuperar –tras su paso por la guerra y satisfechos los requerimientos de la justicia transicional- la plenitud de sus derechos, y siendo el hombre, al decir de Aristóteles, un ‘animal social’, nada más acorde a la naturaleza humana que recuperar su derecho de pensar, actuar, proponer y participar políticamente en igualdad de condiciones con todos los ciudadanos.


Así la veo yo.


Los 196 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com





octubre 26, 2012

195. Preguntas que uno se hace y que aún no tienen respuesta



ASÍ LA VEO YO - Año 8

¿Quién le teme a las Autodefensas desmovilizadas en la Mesa de la Paz?
Por Juan Rubbini

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“La representación del mundo sometido a la dicotomía “socialismo/capitalismo” debe ser superada. Y, de hecho, la vida misma la ha superado en la práctica… Se debe conseguir una nueva cultura política, un nuevo consenso social, basado en el humanismo y en la existencia del pluralismo”
                                                           
(Mijail Gorbachov, Memorias de los años decisivos 1985-1992)

 
¿Quién le teme a las Autodefensas desmovilizadas en la Mesa de la Paz? En mi modesta opinión, no el Presidente Santos, no las FARC, no el País que quiere la Paz.




Se ha prestado en los medios más atención al discurso inicial de Iván Márquez en Oslo y a las posiciones políticas de extrema izquierda de las FARC –no solo previsibles sino atendibles desde la lógica negociadora y política- que a la carta de Salvatore Mancuso dirigida al Presidente Santos y a las FARC-EP pero también al Pueblo de Colombia. El ‘silenzio-stampa’ del Palacio de Nariño no llama la atención habida cuenta que la discreción y la reserva evidenciadas por el Gobierno en las etapas preliminares de las conversaciones con las FARC no tiene porqué romperse en el caso de las Autodefensas. Por el lado de las FARC la disposición manifestada por uno de los principales líderes históricos supérstite de las desmovilizadas AUC a contar sus verdades en la Mesa de Paz no puede sino haber sido recibida en la delegación fariana con recatado beneplácito sabiendo que la estrategia paramilitar del Estado colombiano es uno de los temas gruesos –y más delicados- de la agenda acordada en La Habana.

Dicho esto, las especulaciones están a la orden del día y ha crecido el interés público por conocer qué piensan realmente las Autodefensas sobre su futuro –las ya desmovilizadas y las que nunca lo hicieron- y cuál es el juicio que les merece en Colombia y en los Estados Unidos, el Proceso de Paz con las FARC y el alcance que le ven. Si sobre la naturaleza del abrupto corte de las negociaciones con Uribe y la intempestiva extradición hay mucha tela para cortar, sobre las verdaderas razones que hicieron de las Autodefensas un actor relevante e insustituible del conflicto armado y las connotaciones militares pero también políticas que aconsejaron primero su movilización y a partir de 2002 su desmovilización la verdad verdadera sobre el fenómeno paramilitar está toda por conocerse. Y los puntos de la agenda de La Habana vienen como anillo al dedo no solo porque uno esperaría que el Presidente Santos tuviera como una de sus prioridades la desparamilitarización total y definitiva del Estado colombiano –de este a oeste, y de norte a sur- sino también dejar expuesto en la ‘urna de cristal’ cómo, de qué modo y con qué ‘políticas de Estado’ los Gobiernos de Colombia auspiciaron, promovieron y realizaron el involucramiento de la población civil –y también de sectores de la criminalidad y el narcotráfico- en la guerra antiguerrillera y antisubversiva.

Resultaría no solo inconducente para las finalidades de alcanzar la Paz integral y duradera sino a todas luces increíble –e insensato- que el Gobierno y las FARC celebraran un acuerdo de paz sin cerrar previamente –o paralelamente- el capítulo AUC, incluyendo en este capítulo el fenómeno paramilitar en su conjunto, y las AUC en particular, con las negociaciones de Ralito y los incumplimientos denunciados, destacando el estado actual y futuro de la situación jurídica y política de la totalidad de sus integrantes, y su participación en la implementación de los acuerdos de paz y el postconflicto.

En la guerra se nutre ciertamente el alma del combatiente de tragedias y la dialéctica inextricable de víctimas y victimarios destroza el corazón, mutila los cuerpos y cercena la vida, pero también se aprende hondamente de los errores cuando en la vigilia y evocación de cada batalla se permea la sensibilidad y se persigue de veras aprender y se añora alcanzar la paz. En la durísima experiencia y vivencia personales adquiridas sobre las realidades y carencias del mundo campesino y rural plasmaron las Autodefensas su propia visión social y económica que ofrecen socializar, así como encarnan su condición pasada de victimarios necesitados de reparar y ser perdonados que claman por ser escuchados y ofrecer soluciones acerca del tratamiento debido a la totalidad de las víctimas del conflicto armado y al universo de los afectados por la violencia y la exclusión. Ni qué decir lo valioso y necesario que resultaría escuchar de sus propias bocas el remedio propuesto para que los pecados del paramilitarismo de Estado y de la contrarrevolución civil no vuelvan a repetirse nunca más en Colombia, haya paz o no haya paz finalmente. Porque esto también debiera ser tenido en cuenta a la hora de considerar el llamado que los diferentes ex jefes de las Autodefensas vienen haciendo en los meses recientes para que se cierre el ciclo funesto del paramilitarismo y las autodefensas, que se han generado como consecuencia de la existencia de las guerrillas, pero que también han sido –oh paradoja!- razón del nacimiento y perduración de las mismas. El viejo cuento del huevo y la gallina cabe de perlas en la dialéctica del enfrentamiento guerrillas-autodefensas, cuya raíz fatal y común es la impericia del Estado en resolver los problemas de la sociedad.

Bienvenido entonces que el Presidente Santos y las FARC-EP estén dispuestos a silenciar los fusiles y romper el nudo gordiano que nos condena a la guerra y las injusticias que son causa y también efecto de las contradicciones sociales expresadas en luchas y crímenes, decididos a intervenir sobre la ceguera política y humanitaria que ha impedido a Colombia identificar las causas profundas y suministrar sobre ellas las soluciones eficaces. Bienvenido también que las Autodefensas hayan manifestado elocuentemente su voluntad de sumarse a la titánica tarea de poner su parte de raciocinio y trabajo al acuerdo final donde quienes han sido y son actores armados del conflicto se comprometen a NUNCA MÁS empuñar las armas.

Sobre la propuesta más reciente de Mancuso yo me pregunto: ¿estarán lanzando la señal correcta quienes aconsejan al Gobierno abandonar a las Autodefensas desmovilizadas a su suerte con el argumento que su desgracia fue sellada por Uribe y no tiene vela en ese entierro el Presidente Santos? O aquellos que se preguntan ¿si ya no tienen armas, si han sido encarcelados y extraditados, qué tienen para ofrecer al Gobierno desde una prisión en Colombia o en los Estados Unidos?

Mi opinión es que el Estado es uno solo –el de ayer y el de hoy- y que en este sentido la palabra incumplida por el ex Presidente Uribe como altísimo dignatario del Estado exige ser reparada por el Presidente Santos si resulta comprobado y cierto que como cree la mayor parte del País, las Autodefensas fueron traicionadas por el Gobierno anterior una vez entregaron sus armas y fueron encarcelados. ¿O acaso lo que Santos acuerde con las FARC será desconocido por el Presidente que lo suceda y las garantías otorgadas terminen no siendo tales?   

Y respecto a lo segundo, lo de no tener ya las armas ni la libertad las Autodefensas desmovilizadas y encarceladas, lo cual haría innecesario cumplir lo pactado con ellas. ¿No se vuelve esto un bumerán para las pretensiones del Gobierno sobre la necesidad que las FARC no solo dejen las armas sino que las entreguen? Quienes recomiendan al Gobierno no retomar el Proceso de Paz con las Autodefensas y echar al mar esas llaves… ¿no serán finalmente los mismos interesados e influyentes que una vez desmovilizadas y desarmadas las FARC presionarán para que sean asesinados, o encarcelados y extraditados sus máximos líderes?

Preguntas que uno se hace y que aún, no tienen respuesta…



Así la veo yo.


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octubre 17, 2012

ESPECIAL: EN LA HORA DE CONSOLIDAR LOS DIÁLOGOS DE PAZ




Nota de la Redacción: Por su valor periodístico en esta especialísima coyuntura donde la Paz en Colombia vuelve a los primeros planos del acontecer nacional publicamos íntegramente la siguiente Carta Abierta que nos ha llegado desde Warsaw, Virginia, USA, firmada por Salvatore Mancuso Gómez.
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AL PRESIDENTE SANTOS, A LAS FARC-EP Y AL PUEBLO DE COLOMBIA
EN LA HORA DE CONSOLIDAR LOS DIÁLOGOS DE PAZ

“LO ÚNICO QUE EL TIEMPO NO PERDONA ES LO QUE A TIEMPO NO SE HACE”


Manifiesto mi júbilo ante el inicio del Proceso de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, y celebro el propósito del ELN de sumarse a las negociaciones. Asimismo, como uno de los líderes del Estado Mayor Negociador, reitero enfáticamente el deseo de las Autodefensas de participar activamente del proceso conjunto de construir la Paz.

Amargas y dolorosas lecciones de la historia y experiencias propias, nos enseñan que un Proceso de Paz que no incluya a la gran mayoría de los actores del conflicto resultará insuficiente para evitar que las zonas desocupadas al momento de la desmovilización por unos, sean fatalmente retomadas por otros, exclusiones y vías de hecho que han sido una tendencia histórica, que han convalidado y reeditado la violencia y promovido la lucha armada como expresión política para defender intereses cuando democráticamente se está impedido, perpetuando la guerra, la continuidad de daños inenarrables en la vida de miles de personas y retrasando en amplias regiones el desarrollo socioeconómico y la democracia incluyente y plural.

Allí está reciente nuestro ejemplo, con la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia, y el ejemplo de los grupos guerrilleros que dejaron las armas, como el EPL, el M19, la Corriente de Renovación Socialista, el ERP, el Quintín Lame, etc., lecciones que ciertamente no fueron benéficas para fortalecer la institucionalidad y la democracia o alcanzar una paz estable y duradera, y que no debemos desdeñar.

¿Por qué impedir la participación de uno de los actores históricos reconocidos del conflicto, como las Autodefensas, que hemos sufrido con buena parte del País los desaciertos de un proceso de paz mal concebido? ¿Por qué no anticiparnos y remover los obstáculos que puedan restar credibilidad, representatividad y confianza al logro de la paz verdadera?

No será la inclusión política de los desmovilizados y sus bases sociales la que impida la solución negociada -ni tampoco la participación en el Proceso de Paz de la mayor cantidad de los actores del conflicto-, sino su invisibilización y exclusión política, la de sus comunidades, las que harán inviable la solución.

Cuál sería el interés que no se puedan expresar democráticamente con razones y argumentos, las ideas de quienes deponen las armas y durante años representaron los intereses de tantas comunidades, para que dentro de la institucionalidad, puedan ayudar a resolver los enormes problemas que aquejan especialmente a la Colombia marginal y periférica. Acaso desconocen que sin armas dentro de la contienda política democrática nada se puede imponer, y todo lo que dentro de ella se pretenda conseguir se obtendría convenciendo con la fuerza de las ideas, de la razón, de las promesas cumplidas, o es que allí no existen todos los controles, y mejor aún la participación de todas las variables políticas. ¿Quiénes son los pocos que se benefician de esta exclusión y sus funestas derivaciones? No es el pueblo colombiano.

Resulta inevitable que haya ciudadanos que deseen que guerrilleros y autodefensas, quienes tenemos iguales responsabilidades en cuantiosos hechos de guerra, nos pudramos en una cárcel o regresemos a la sociedad con nuestros derechos humanos y políticos cercenados. Pero no puede ser el castigo el único remedio que exija una sociedad que busca justicia pero también Reconciliación y Paz.

Las FARC-EP aspiran a transformarse en una fuerza política legalmente reconocida, también nosotros, así lo hemos manifestado innumerables veces, como el día de la instalación oficial de la mesa de negociaciones en Ralito, el 1 de julio de 2004, cuando dije: “para eliminar toda posibilidad que conduzca a un nuevo resurgimiento de la opción armada antisubversiva, nosotros como Autodefensas Campesinas avanzaremos, no hacia la desaparición como organización, sino hacia la transformación en un movimiento político de masas a través del cual la retaguardia social de las Autodefensas pueda constituirse en una alternativa democrática que defienda, custodie y proteja los intereses, derechos y demandas de nuestras comunidades ante los poderes del Estado”.

Las FARC aspirarán a ser en la legalidad líderes sociales en las diferentes zonas donde actuaron, y también en otras. ¿Cómo evitar que no vean las comunidades a sus integrantes como una amenaza si los otros desmovilizados no pueden competir políticamente con los mismos derechos y garantías que reciban los miembros de las FARC? ¿Por qué unos actores desmovilizados del conflicto sí harán proselitismo político y otros no? ¿Por qué propiciar esa diferencia de criterios, estratificar la violencia, las víctimas y los actores del conflicto armado según la posición política o ideológica? ¿Será socialmente viable un posconflicto parcializado que incluya a unos y rechace a otros? ¿Que los desmovilizados como autodefensas, e incluso los ya desmovilizados como guerrilleros en los años recientes, no recibamos un trato equivalente al que reciban los mandos y los soportes políticos y logísticos de las FARC y por el contrario quedemos confinados a la cárcel, extraditados, proscritos de la sociedad y seamos los únicos a los que se nos exija reparación y verdad?

¿Conducirá a la paz la iniquidad y extravagancia que representa la asimetría de condenar a unos por los mismos actos de guerra dentro del conflicto armado irregular, mientras que simultáneamente, no solo se ignora la barbarie de los otros, sino que también se premian?

¿Habrá auténtica paz si se le da un trato diferenciado a guerrilleros, autodefensas y militares cuando estos últimos han dicho: “no queremos terroristas ejerciendo cargos de poder y militares que han defendido legal y constitucionalmente esta nación, condenados, humillados, y confinados en las distintas cárceles del país”?

Por estas argumentadas razones, le pedimos respetuosamente, señor Presidente Santos, que retome el Proceso de Paz inconcluso con las Autodefensas, que fue truncado por el Gobierno anterior que suspendió el componente político de las negociaciones, al negarse a firmar los acuerdos pactados en la mesa cuando así se lo exigimos, vulnerando a los desmovilizados, a las comunidades directamente afectadas y decepcionando al país, cuando ya habíamos desmovilizado todos los hombres y mujeres de las autodefensas, dejándonos en el limbo, anclados exclusivamente al componente judicial transicional, sumido en total incertidumbre, plagado de vacíos, indefiniciones, inseguridades jurídicas y físicas; cercenados los derechos políticos y civiles, silenciados, extraditados, proscritos y encarcelados al lado de los líderes de nuestras bases sociales, apoyos políticos, empresarios, militares y amplios sectores de la sociedad que en su momento, cuando el país estuvo a punto de colapsar a manos de las guerrillas, nos empujaron, pidieron ayuda o nos apoyaron.

Y aunque hemos recurrido a la justicia buscando solución a estas falencias, ha sido imposible que la justicia las resuelva sola, ella no tiene las herramientas, y aun más, digámoslo con franqueza: en la forma como se ha abordado el componente judicial transicional, ni el Estado, ni el aparato judicial, tienen las herramientas, ni los recursos, mucho menos, la capacidad para evacuar el universo de hechos a juzgar - que abarcan todo el código penal - cometidos por las partes en contienda durante más de 50 años de conflicto armado.

Señor Presidente Santos: le pedimos relance y dé continuidad al Proceso de Paz con la Autodefensas para proseguir adelantándolo de manera conjunta o en simultáneo con las FARC-EP y con los otros actores que deben tener asiento en esa mesa única o paralela, para darle solidez, consistencia y sustentabilidad a los acuerdos finales.

Señor Presidente Santos, dirigencia de las FARC-EP y Pueblo Colombiano: Se necesita del compromiso del Estado en su totalidad, de la mayor cantidad de actores del conflicto, de los medios de comunicación y de toda la sociedad y la Comunidad internacional para alcanzar la Paz, para que los compromisos y los acuerdos pactados no sean malogrados por hechos y lógicas siniestras que nos excedan desde las ‘manos oscuras’ de quienes están dispuestos a utilizar todos los recursos legales o ilegales, estatales o paraestatales de izquierda o de derecha habidos y por haber, en contra de la Paz y la Reconciliación, y del País donde quepamos todos.

A la dirigencia de las FARC-EP, a sus negociadores, a sus tropas y bases sociales y políticas, les pedimos evitemos se siga reciclando en un solo colombiano y colombiana, y con cualquier pretexto, la exclusión que los llevó a empuñar las armas. Les pedimos que participemos conjuntamente en la construcción de la Paz, compromiso con el que indeclinablemente debemos desnudar las verdades del conflicto, para que podamos subsanar las profundas causas que lo originaron y mantienen, cuáles y de quiénes las responsabilidades asumiendo las que nos correspondan, sin revanchismos, procurando mirar hacia adelante para evitar se sigan repitiendo los males y lograr así una Paz duradera. La paz, el perdón y la reconciliación son posibles. Estimulémoslos, sembrémoslos con nuestro ejemplo. A nombre de todas las Autodefensas que como yo tengamos el corazón dispuesto, les pedimos perdón por los hechos de guerra y les perdonamos, los daños infringidos, el dolor y los sufrimientos causados entre nosotros, y producto de esa confrontación, a Colombia entera, a la que también imploramos perdón.

Presidente Santos, a Usted y por intermedio suyo al Pueblo y al Estado colombiano que Usted representa, clamamos nos concedan el perdón y la posibilidad de ayudar a construir una sociedad en Paz y Reconciliada.

Esperamos de corazón, que los diálogos de Paz que inician una fase decisiva en Oslo y en La Habana incorporen el bien común de la sociedad entera, como criterio rector que prevalezca humanitariamente por sobre las legítimas posiciones políticas de unos y de otros, reconstruyendo el tejido social ultrajado durante este largo conflicto armado.

No se trata de pretender cheques en blanco ni inmunidades ni privilegios a futuro, sino de disfrutar, todos igualitariamente, la oportunidad de un nuevo renacer. De poder participar política y democráticamente, en igualdad de derechos y obligaciones, dentro del ordenamiento legal y constitucional, para que se verifique aquello de que no habrá vencedores ni vencidos, todos igualmente dedicados y comprometidos con la realización de los imperativos de la Ley y de la Paz. Y así recorrer por siempre el bello camino de la Reconciliación.

Con nuestros mejores deseos de Paz y Reconciliación.

SALVATORE MANCUSO GÓMEZ
Warsaw, Virginia, USA
17 de octubre de 2012


C/C

Primer Ministro de Noruega, Jens Stoltenberg  
Presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz
Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías
Presidente de Chile, Sebastián Piñera
Nuncio Papal en Colombia, Monseñor Aldo Cavalli
Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon
Jefe de la MAPP – OEA, Marcelo Álvarez
Presidente del Senado de Colombia, Roy Barreras Montealegre
FARC-EP, Rodrigo Londoño Echeverri, ‘Timochenko’
ELN – Ejército de Liberación Nacional, Nicolás Rodriguez Bautista, ‘Gabino’
Colombianos y Colombianas por la Paz, Piedad Córdoba
Corporación Nuevo Arco Iris, León Valencia
Washington Office on Latin America, WOLA, Steven Bennet
Comunidad de San Egidio, Andrea Riccardi
Instituto de Estados Unidos para la Paz, Virginia Bouvier
International Crisis Group, Mark Schneider
Center for Latin American Studies, Mark Chernick
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octubre 08, 2012

Especial: En la hora de la grandeza, ni exclusiones ni deserciones



Publicado el 8 de octubre en 2010:

En la hora de la grandeza, ni exclusiones ni deserciones
Por Juan Rubbini

El riesgo del fracaso existe, pero el derecho a la esperanza también, escribe Juan Rubbini en su reflexión sobre los diálogos que, próximamente, oficializarán el Gobierno nacional y la guerrilla de las Farc. Y sugiere no capitalizar la paz como un botín de guerra.
Sobre los temas negociados entre Uribe y Autodefensas en Ralito falta casi todo por conocer; de los asuntos sustanciales a tratar entre Santos y las Farc hay algunas pistas, pero no abundan las certezas. El último antecedente que se tiene con las Farc, el del Caguán, no es bueno; lo que se estaba acordando en Ralito con las Autodefensas fue abandonado por Uribe tras desmovilizarse el último Auc.
Puede afirmarse, sin lugar a equivocarse que, en ambos casos, fueron los gobiernos los primeros en levantarse de la mesa. ¿Quién asegura que ahora no vaya a suceder lo mismo? Son estos antecedentes, los más inmediatos, los que explican tras la sorpresa por los anuncios, la incredulidad. Entre los pocos optimistas y los pesimistas, que hoy son más, la franja mayoritaria de la población se inclina por la cautela. Estamos pisando terreno minado –lo sabemos- y la precaución impone no precipitarse.
Los interrogantes que uno legítimamente se hace –y estarán haciéndose Farc y Autodefensas tras sus malogradas experiencias con Pastrana y con Uribe– es ¿por qué los gobiernos no perseveran en lo que comienzan, y cuando lo terminan lo hacen pateando el tablero y levantándose de la mesa? ¿Los gobiernos pasados han querido resolver el problema del conflicto armado o capitalizarlo?  Hoy también caben idénticas preguntas, cuando la reelección de Santos es un dato central de la política y todo lo que suceda con las Farc será interpretado en clave de reelección.
Claro, se dirá, así funciona la política y tanto la guerra como la paz son actos y consecuencias de la política. Pero, la política siendo condición necesaria ¿es suficiente por sí sola para alcanzar la Paz? ¿No serán necesarias otras artes, otras virtudes, y otras miras más altas? La ética, por ejemplo.
En 2002, las Autodefensas visualizaron en Uribe el presidente que legitimaría el Estado y su función social, quien en su obra de gobierno crearía las condiciones que desincentivarían la lucha armada de los ilegales. La solución política del conflicto armado hallaría así cabida entre los actores ilegales, guerrillas y autodefensas.
Si se trataba de legitimar el Estado –y restarles argumentos políticos a las guerrillas– quienes debían entregar las armas eran las Autodefensas, cuya eficacia militar deslegitimaba al Estado. Esto tiene su larga historia, sus causas objetivas y subjetivas, mucha tela que cortar, lo cierto es que la colaboración antisubversiva entre fuerzas militares, clases políticas, establecimiento y población civil, echó raíces en la Guerra Fría, la doctrina de la seguridad nacional y fue asumido –no siempre tan bajo cuerda- como política de Estado pregonada como tal entre las poblaciones asoladas por los presagios de la revolución comunista y la lucha de clases.
Fue la sociedad insatisfecha desde diferentes perspectivas la que parió con ideas de izquierda las guerrillas revolucionarias y con ideas de derecha las Autodefensas contrarrevolucionarias; fue el mismo Estado el que, por acción u omisión, estimuló la fratricida confrontación entre unos y otros, cuyas consignas enfrentaban los emblemas de la igualdad y la libertad, combatiéndose en vez de complementarse. Las dos caras de una misma moneda dinamitando los puentes en vez de consolidarlos.
Se suele decir que en Colombia hay más territorio que Estado, y que a guerrillas y autodefensas les ha tocado el papel de colonizadores, de abridores de trocha, de descubridores de la otra Colombia, la que yace desconocida –y abandonada- desde la Colombia oficial y centralista.
Precisamente, por este entrelazarse y contraponerse de los discursos, actores y hechos es que unos y otros –Estado, guerrillas y autodefensas– deben aportar sus luces a la solución política que ponga fin al conflicto armado con su participación, su visión, sus intereses y también –lo último pero no lo menos importante– su comprensión, su compasión, su disposición, a interactuar con todos aquellos que arropados por el concepto de sociedad y población civil son el sustento y la razón de ser de un País, de una Democracia.
El presidente Santos tiene ante sí una tarea titánica que merece todo el apoyo de quienes quieren que el nuestro sea en su integridad territorio de Paz y Reconciliación. Habiendo comenzado por el diálogo con las Farc, en el recorrido de su ‘vuelta a Colombia’ se encontrará más temprano que tarde con la necesidad y conveniencia de establecer productivas conversaciones con Eln y Autodefensas. Esto tiene sus etapas de siembra, maduración y lógica política y obedecerá al pragmatismo de un sabio gobernante que no desconoce la imperiosa necesidad de utilizar las llaves de la paz en el justo momento y el preciso lugar.
Santos parece convocado por la Historia para culminar exitosamente los procesos de paz que Pastrana y Uribe dejaron truncos por exigencias de sus propias políticas o por razones de Estado y de contexto que seguimos sin conocer, cuando decidieron al cabo de un tiempo de diálogos -en Caguán y Ralito- que era preferible ganar la guerra y la paz podía esperar. Santos ha estado en las entrañas de ambos Gobiernos que lo precedieron y conoce de primera mano dónde acertaron y dónde fallaron Pastrana y Uribe en cuestiones de hacer la paz. Admitamos también que, afortunadamente para la Paz de Colombia, ni las guerrillas ni las autodefensas son las mismas del siglo pasado.
¿Y mientras tanto qué hacer a partir de hoy mismo? Urge ahorrar vidas humanas, todas, de todas las partes. Arriesgando la propia vida, si cabe, pero preservando la vida del enemigo, de todos los enemigos. El cese del fuego para ser auténtico debe comenzar desde uno mismo, desde la propia conciencia, no desde la política. Son los medios los que deben justificar los fines, no al revés como se abusó hasta el hartazgo.
Evidenciar así la fortaleza humana y también la inteligencia política, en la defensa de la vida, de todas las vidas, sin necesidad de protocolos ni verificadores, nada más que la conciencia de cada combatiente haciendo propia la defensa de la vida, la propia y también la del enemigo, será el mejor modo –tal vez el único– de mantener a los negociadores sentados a la Mesa hasta la firma de los Acuerdos finales. Será el mejor modo –tal vez el único– para que se sumen invitados a la Mesa, entre ellos los ya desmovilizados –que los hay de todos los bandos- y los que permanecen alzados en armas- Eln, Epl, Autodefensas.
La paz será total o no será, más que un eslogan ha de ser un imperativo ético. El riesgo del fracaso existe, pero el derecho a la esperanza también. No temamos las críticas –aunque suenen exageradas y apocalípticas–, tengámosle terror a los elogios desmesurados, a los optimismos empalagosos, a la hipocresía disfrazada de lo ‘políticamente correcto’.
No seamos excluyentes ni mezquinos en la hora que será imprescindible poner sobre la Mesa toda la grandeza que seamos capaces de reunir. No cambiemos una guerra por otra, no pretendamos capitalizar la solución procurando hacer de la paz un botín de guerra.
No le pongamos plazos fatales, ni creamos que tenemos todo el tiempo del mundo. Como dice el cantor: “ni poco ni demasiado, todo es cuestión de medida”. Y de paciencia, mucha paciencia.

septiembre 28, 2012

194. Abramos paso a la ‘Marcha Patriótica’ y también a la ‘Avenida del Medio’



ASÍ LA VEO YO - Año 8

‘Las penas y las vaquitas se van por la misma senda, las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas’ (Atahualpa Yupanqui)





Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

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Los experimentadores buscan de la manera más diligente allí donde parece más probable que podamos demostrar que nuestra teoría es errónea. En otras palabras, intentamos demostrarnos a nosotros mismos, lo más rápidamente posible, que estamos equivocados, pues sólo de ese modo podemos progresar” (Richard Feynman)


Ni los buenos estuvieron de un lado, ni los malos del otro. Los hubo buenos y malos por ambas partes y también en cada combatiente alternaron en todo momento las tentaciones del mal y los ideales del bien. Si en ocasiones prevaleció el deseo de triunfar en la guerra, en otras, afortunadamente, se abrió paso el anhelo de acordar las condiciones de la paz sin vencedores ni vencidos. No se trata de satanizar a unos e idealizar a otros, se trata de entender las razones de todos y de ponernos a trabajar juntos como sociedad en la misma dirección de la convivencia pacífica y la construcción democrática.

Inmersos en sus procesos de Justicia y Paz no han sido abundantes los pronunciamientos de los líderes de las autodefensas en los meses recientes pero cada vez que se manifiestan dejan traslucir que sus motivaciones políticas están intactas y su voluntad de continuar participando en la construcción de paz no fue quebrada por los años de cárcel ni por la extradición. Sus voces, solitarias entre los actores del conflicto, comparten ahora el escenario de la solución política negociada con aquellas de los negociadores de las Farc que diez años después de Ralito emprenden el mismo camino hacia la desmovilización y el desarme.

Sucede a partir de ahora que aunque suene paradójico, en favor de la rehabilitación política de los ex autodefensas juegan en la presente coyuntura nacional los mismos argumentos que esgrimen quienes validan favorablemente la futura inclusión de las Farc -una vez desmovilizadas- en el tablero político del postconflicto. Inédito pero desde ambas orillas –y también desde las filas militares y ‘parapolíticas’- se clama por un marco legal para la paz que realmente lo sea, que efectivamente ofrezca una salida política a todos quienes de una u otra manera se involucraron en el conflicto armado, desde el campo de los actores armados ilegales, y también desde el mundo de la política, de la empresa, de las mismas Fuerzas Militares y de Policía. Qué bueno que haya tantos dispuestos a sumar y multiplicar las soluciones, y luzcan tan minoritarios y escuálidos quienes alienten los miedos a la paz.

No en vano a derecha e izquierda se abandonan las armas y lideran procesos de paz para que semejantes riesgos y determinación en pos de ideales de sociedad y de país se vayan a echar en saco roto, sobre todo si se tiene en cuenta que existen para ambas partes abonados sociales y acumulados políticos frutos de haber ejercido –por carriles formalmente diferentes pero en sustancia muy similares- como ‘estados de facto’ en vastos territorios donde las guerrillas violentaron, las autodefensas también y el Estado nunca llegó, o llegó tarde y mal, violentando también cuando ocasionalmente llegó.

Así como las Farc victimizaron durante muchos años a no pocos integrantes de la población civil en pos de la pretendida redención social de quienes serían los sujetos beneficiarios de su proyecto político-militar, las Autodefensas ocasionaron también incontables víctimas en la población civil mientras simultáneamente  brindaron seguridad y protección a ingentes miembros de la población civil que hallaron en las Autodefensas reparo suficiente para proseguir su vida en medio de las azarosas condiciones del conflicto. Mayorías y minorías las hubo de lado y lado, según el momento y el espacio geográfico. Hubo víctimas porque las guerras producen también víctimas inocentes, y si las hubo ajenas al conflicto también las hubo, y muchas, por simpatizar con unos y generar antipatías en otros, por tomar partido y asumir riesgos en medio del conflicto armado. Y así como hubo víctimas, como hay víctimas, hoy también hay sobrevivientes que tuvieron sus simpatías por unos o por otros, y ya no quieren más guerras, pero sí seguir discutiendo sin violencia sobre el presente y el futuro del País.

Unos y otros delinquieron en gran escala al participar del conflicto armado por lo cual el daño hecho a la sociedad ha sido tremendo independientemente de las razones que indujeron a guerrilleros y autodefensas a trenzarse en feroz combate, defendiendo desde ambas orillas no solo ideales de sociedad teóricamente válidos sino también personas de carne y hueso cuyas ideologías y cuyos intereses los volcaban en favor o en contra de los bandos enfrentados.

Si desde la perspectiva de los actores armados –Farc y Autodefensas, en este caso- una cuestión principal pasa por resolver los derechos que la sociedad y la ley están dispuestos a concederles a sus integrantes a cambio del fin de sus hostilidades y el cese el fuego y desmovilización, desde donde la ven quienes han vivido y padecido en los territorios que han sido escenarios del conflicto armado la visión abarca también el derecho de reivindicar el partido que tomaron durante los años del conflicto. Porque así como hubo simpatizantes y colaboradores para uno de los bandos, también lo ha habido para el bando contrincante. Al calor del conflicto hubo demasiado sufrimiento y angustia, es obvio, pero también surgieron encuentros y lealtades, ayudas y solidaridad. Esto ha sido inevitable y así como habrá cicatrices que cerrar y heridas que sanar en el cuerpo pero también en el alma, no podrá dictaminarse por decreto que a partir de los acuerdos de paz se habrá de imponer tal o cual unanimismo ni mucho menos sometimiento a la política de uno o de otro de quienes fueron partes del conflicto armado.

¿Qué tal que se pretenda imponer en tal o cual región de Colombia una ‘democracia’ del partido único, o el monopolio de la cosa pública en favor de uno o de otro de quienes como Farc o Autodefensas estuvieron enfrentados en la guerra? ¿Puede alguien en sano juicio pretender que se vaya a parcelar el territorio nacional en favor de unos o de otros según las zonas de influencia que ocuparon los ejércitos irregulares de la izquierda o la derecha? ¿O que eso mismo vaya a suceder en los barrios y las comunas de las grandes ciudades?

Sería bueno que ni las Farc, ni las Autodefensas ni mucho menos el Estado estén pensando que el postconflicto se pueda estructurar a partir de la discriminación de unos o de otros. Esto no debe suceder ni en el nivel nacional ni en el nivel de las regiones o las localidades más apartadas. La integración de los ahora excluidos ha de ser completa, la competencia perfecta, el derecho a proponer y disentir, a participar y decidir, a respetar mayorías y minorías debe ser la norma que rija no la excepción que se tolere a regañadientes. Solo así, ‘durmiendo con el enemigo’ por decirlo de alguna manera que resulte gráfica, ha de ser la consigna, la convivencia, hasta que el mismo concepto de ‘enemigo’ vaya diluyéndose en el ejercicio de la dialéctica democrática, sustituta y superadora de la voz del fusil.

Así como la ‘Marcha Patriótica’ es bienvenida y tiene todo el derecho de existir y expresarse a lo largo y lo ancho del País- de todo el País-, la otra orilla del mismo río de la misma Patria, la de la ‘Avenida del Medio’ digamos–entre los extremos de derecha y de izquierda, entre los ‘ultras’ de lado y lado- también merece florecer y estar socialmente disponible como alternativa civilista, para que no solo los ‘Timochenko’ y los ‘Gabino’, también los ‘Mancuso’ y los ‘Bolívar’ puedan elegir y ser elegidos democráticamente.

Quienes creyeron alguna vez que las armas de las guerrillas o de las autodefensas eran solución en tiempos del conflicto y hoy han decidido libremente que nunca más se apalancarán ni apoyarán ni consentirán el uso de la violencia como sustituto del Estado social de derecho y sus instituciones previstas en la Constitución deberán ser invitados a firmar el Pacto de Civilidad y Democracia, el Gran Acuerdo de la Unión Nacional.

Sigo pensando que si la invitación del Estado –y de la Comunidad internacional- a participar de la ‘justicia transicional’ es universal y es generosa, si la actitud es sincera y en la dirección de ‘recomenzar de cero’ sin privilegios ni discriminaciones, Colombia puede transformarse en apenas una generación no solo en potencia económica, sino lo más importante en un Faro Moral, en el territorio de un nuevo Renacimiento, donde todos tengamos el derecho a vivir próspera y justamente, plenamente idénticos en derechos y obligaciones, e iguales ante la Ley, respondamos como respondamos ante los tribunales de la Historia y en lo más íntimo de nuestras conciencias aquellas preguntas que tanto duelen y dolerán mientras vivamos:

¿Por qué tantos años de guerra y crueldad? ¿Por qué tantas víctimas y tantas hipocresías? ¿Por qué por tanto tiempo y con tanta obcecación hemos sido capaces de ver la brizna en el ojo ajeno y con tan poca hidalguía y autocrítica hemos sido capaces de reconocer la viga en el propio ojo?


Así la veo yo.


Los 194 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com