junio 13, 2012

187. La paz no es cuestión de cerrajeros sino de obreros de la construcción



ASÍ LA VEO YO - Año 8

Entre los discursos de paz y las guerras a las que no queremos renunciar
Por Juan Rubbini
En twitter: @lapazencolombia

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“Así pues, mi intuición era correcta: la medida cuántica es la clave para comprender la conciencia. Sin embargo, esa comprensión requiere saltos creativos discontinuos que desafían la sabiduría convencional. Dar esos saltos pasó a ser mi siguiente preocupación” (Amit Goswami, Ciencia y Espiritualidad, Kairós, 2011)



Me da mala espina que el Gobierno colombiano se esté embarcando (eso repiten a diario fuentes habitualmente bien informadas) en un nuevo proceso de paz con las guerrillas cuando este mismo Gobierno ha dejado a la deriva y librado a su desgracia el proceso de paz con las Autodefensas… a la deriva y en aguas extranjeras incluso, entre el limbo jurídico y la inadmisibilidad política, en la inseguridad rampante dentro y fuera de las cárceles, como si haberse desmovilizado y puesto a órdenes de la Justicia y en definitiva en brazos del Estado haya sido para éste más un problema indeseado que una solución bienvenida para los males de Colombia. No se trata de homenajear los crímenes de guerra ni los delitos de lesa humanidad, pero sí de reconocer justamente que los líderes de las autodefensas se adelantaron en el camino correcto de la paz mínimo diez años ¡una década! a las guerrillas que siguen en pié de guerra… ¿por qué no reconocer el Estado y el Gobierno de hoy -que al fin de cuentas se presentó a las urnas como la continuidad de quien acordó la paz con las Autodefensas- que aquellos que hicieron la paz y se desmovilizaron hicieron lo correcto y honraron su parte de los acuerdos y por ello son más un buen ejemplo a mostrar sin censuras que unas basuras imperdonables a barrer debajo de las alfombras?

Desde los tiempos de Pastrana y del Caguán que no se habla y se escribe tanto de paz en Colombia como en estos meses. Incluso Uribe, también las Farc y las Fuerzas Militares toman la paz como eje referencial de sus planteos. De tanto mencionar la palabra paz, el discurso sobre la paz se ha politizado, se ha instalado en un mar de ponencias y debates en el Congreso de la República y ocupa inusual espacio en las columnas periodísticas. La paz, en vez de realidad tangible y presente –que no lo es en la Colombia de hoy ni lo ha sido desde unas cuantas décadas atrás- se ha vuelto tema de la agenda política, sedante y placebo para los nervios crispados, señales de humo que en vano pretenden significar que estamos mal pero vamos bien.

No vislumbro la paz tan cercana, ni tan posible, ni siquiera tan deseada por quienes han hecho de la guerra su política, su bandera, su estilo de vida. Si en algo podrían llegar a coincidir este Gobierno y estas guerrillas es en consolidar pactos de mutuos silencios ¿encubrimientos? donde a partir de calculados ‘marcos de legalidad’ ambos administren ‘razones de estado’ y ‘razones revolucionarias’ que disimulen y a la larga disculpen los dislates de la guerra sobre el enemigo y de paso sobre la sociedad entera que abandonada a su desgracia no encontró jamás protección eficaz ni de unos ni de otros. Si de quienes hoy hacen la guerra -¿y de quiénes si no?- depende que haya acuerdos de paz en el futuro permítaseme manifestar mi pesimismo. Entre otras cosas, porque sabiendo cómo les ha ido a quienes se atrevieron a confiar en la palabra de un Gobierno y en las garantías de un Estado, de Uribe a esta parte, no resiste ningún análisis el seguir siendo optimistas sobre la capacidad y la voluntad de los Gobiernos en cuanto a honrar su palabra y cumplir sus compromisos adquiridos en la Mesa de Negociaciones de un Proceso de Paz.


Sucede que la paz –y esto debiera alarmarnos- corre el riesgo de ser convertida en un pasabocas retórico, en un objeto de culto farisaico, en la llave que abre las puertas de la favorabilidad política en las encuestas, de la legitimación de la guerra en los campos de batalla, incluso en los vericuetos del terrorismo. Cuando escribo esto no lo hago por sumarme a la moda que sin querer queriendo impuso Santos necesitando diseñar un perfil propio que lo distinga de Uribe, ni tampoco porque esté yo convencido que alguien tenga realmente las llaves de la paz. Es más, no creo tampoco que la paz se pueda concebir tan simplistamente como algo que está detrás de una puerta con una cerradura. Siempre he considerado la paz como un estado del alma, si se quiere forzar un tanto la idea también como un estado colectivo del alma social, en todo caso el producto de la armonía que no yace detrás de una puerta con una cerradura, sino que brota de nuestro espíritu, se expande y se vuelve tan puro como el aire puro, el aire que nos oxigena, nos da la vida, lejos de lo que nos contamina, lejos de lo que nos mata.

No niego la posibilidad de construir la paz de Colombia pero sí descreo que la misma se podrá afianzar únicamente a partir de quienes no han estado nunca dispuestos a renunciar a sus tesis revolucionarias –a menos que se vean obligados a rendirse, cosa hartamente improbable en el país que conocemos, con los vecinos que tenemos y en el mundo en que vivimos- o de quienes hacen del discurso sobre la paz un botín electoral, una fuente de acceso al poder político o, incluso, una carta de presentación en el jet-set de la diplomacia internacional.

La paz de Colombia es posible y socialmente necesaria, ¿qué dudas caben? También un derecho de obligatorio cumplimiento según predica la Constitución nacional. Pero quienes de verdad la necesitan y anhelan no tienen el poder político para acordar sus condiciones y garantías ni el poder que dan las armas para que se respeten los derechos ciudadanos. Los pacíficos jamás se movilizaron en un ejército u otro, o habiendo sido actores del conflicto ahora están arrepentidos, desmovilizados, desarmados, algunos presos, otros extraditados. Entre estos últimos ha habido también algunos que alguna vez han sido victimarios, pero todos, sin excepción, han sido víctimas, siguen siendo víctimas, de quienes combaten y hallan en el mismo combate que nos hostiga, nos hiere y mata a los demás –en realidad a todos- suficiente legitimidad y motivación interior para perpetuar el conflicto armado y sus nefastas consecuencias.

Mientras sigamos insistiendo en que la paz sea el fruto del acuerdo entre quienes nos violentan o desprotegen –en realidad, ambos nos desprecian y seguramente desprecian nuestra vida- me temo que deberemos aguardar paciente, resignada y estoicamente que uno u otro de los bandos enfrentados sea derrotado, sea el que fuese, porque triunfen los unos o triunfen los otros nada esencial cambiará para el hombre y la mujer de a pié. Si nos dan a elegir entre Nueva York o La Habana siempre habrá unos que prefieran lo primero y otros lo segundo.

Se instalará si las cosas van bien –y los vencidos se dan por vencidos- la paz de los vencedores. Y los vencedores ‘ya se sabe’, serán los que escriban la historia. Y habrá una verdad oficial, y habrá otra verdad oculta. Unos disfrutarán las mieles del poder y otros –ni más ni menos altruistas- lo padecerán.

Mandarán los que hayan vencido, y los vencidos más temprano que tarde hallarán motivos y coraje primero para resistir, después para iniciar otra guerra. Y colorín colorado este cuentico de la paz se habrá acabado.

A menos que… los desmovilizados de todos los colores se unan cuanto antes –mañana es tarde- en un solo grito de ¡basta ya de guerras!, en un solo abrazo, con todos los pacíficos y los hasta hoy indiferentes –también con los que hasta hoy han sido guerreros y guerreristas- y su ejemplo de reconciliación, inclusión y tolerancia cunda entre los citadinos y los campesinos, entre los ricos y los pobres, entre los creyentes y los libres pensadores, entre los liberales y los comunistas, entre los conservadores y los radicales.

Ustedes me dirán: pero esta propuesta es imposible de concretar… déjenme decir que lo imposible ha sido hasta hoy mismo – y va más de medio siglo- que este Estado y estos revolucionarios, estos Gobiernos y estos guerrilleros, estos políticos y estos subversivos, dejen de mirarse en sus propios ombligos y de satisfacerse en sus propios intereses… y si los dejamos solos no construirán nunca la paz que necesitamos, sino que acordarán entre ellos el tipo de paz o de guerra que más los beneficia a expensas de todos quienes quedemos por fuera de los acuerdos (en la práctica todos, o casi todos)

No pidamos peras a los olmos, y comencemos como sociedad a sembrar los árboles que son si queremos un día recoger los frutos que nos queremos merecer.

La siembra pasa por unir todo aquello que hasta hoy permaneció separado, perdido en las disputas ideológicas, arrinconado por la puja de intereses, silenciado entre prejuicios y resentimientos.

La vieja política nos ha mantenido en guerra, la nueva política nos conducirá a la paz.

¿Qué producirá el click? ¿Cuándo? ¿A partir de qué y de quiénes?

Sobre estas cuestiones le respondió un amigo a otro:

“Comienza por vos mismo y ya seremos dos.”

Y esto lo decían aquellos amigos en tiempos en los que no podían contar todavía con la tecnología y las redes sociales que hoy existen y aquella vez eran imposibles siquiera de imaginar, tan imposibles de visualizar como hoy se nos parece la nueva política que urge construir y nos conducirá a la paz.

No será como el Arca de Noé pero casi.


Así la veo yo.


Los 187 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com