agosto 31, 2012

190. ¡Juego limpio, señores!



ASÍ LA VEO YO - Año 8

Se espera la participación de calificados equipos en las Justas de la Paz

Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

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“Nuestra guerra más prolongada, la guerra de los Cien Años, no ha sido más que una disputa judicial, intercalada con episodios de armas” (Paul Claudel, diplomático y poeta francés)


Ya es oficial. El Presidente Santos lo aprueba. Ha comenzado un nuevo proceso de paz con las Farc. El Eln también quiere participar y las Autodefensas hace rato que piden pista para reanudar su proceso truncado unilateralmente por el Presidente anterior. Son tres actores del conflicto armado que manifiestan su voluntad de hacerse escuchar por el Gobierno y por la sociedad. Se trata de ideologías diferentes, modos distintos de concebir el mundo y su funcionamiento, pero de su diversidad puede surgir la síntesis que finalmente plasmen los colombianos en un renovado modelo de país. Para ello está el cauce democrático y sus debates, la majestad del voto, la libertad de elegir y ser elegidos, el derecho de sentirse representativos y hacerse oír.

No ha sido fácil para el Gobierno tomar la decisión de sentarse a proponer y escuchar. Tampoco lo es para las Farc y el Eln, convencidos como están de la necesidad de un cambio revolucionario. Para las Autodefensas la decisión de desmovilizarse fue dura de tomar en su momento –cuántas dudas y temores debieron cruzar por su mente-, allá por 2002, pero hoy 10 años después, ninguno de los ex comandantes está dispuesto a abandonar su participación en Justicia y Paz, ni está pensando en regresar al monte al cumplir su condena. Finalmente, se trata de colombianos y colombianas que saben que hay caminos diferentes y superiores a los de las armas para concretar los sueños de un País más justo, más libre y más seguro.

Soy optimista. Pero habrá que ser pacientes, persistentes, prudentes. No hay otra. No se trata de cesar hostilidades ya, ni de promover inverosímiles ceses bilaterales del fuego. No. Que la guerra prosiga su curso, que nos siga doliendo a todos, pero, a condición, que los diálogos entre las partes – entre todas las partes- se realicen, se socialicen, se profundicen. Seamos sensatos, seamos realistas. No le pidamos al Presidente lo que el Presidente no puede dar todavía. No le pidamos a las Farc ni al Eln que súbitamente se transformen de revolucionarios en socialdemócratas, de guerrilleros en congresistas. Tampoco pidamos que las Autodefensas silencien sus voces y renuncien a sus aspiraciones políticas una vez cumplidas sus condenas en Justicia y Paz. Es cierto que la guerra está desgastada, anacrónica, podrida –y nos tiene podridos a todos- pero la paz está lejos de haber madurado. Contentémonos con preparar el terreno, con sembrar las primeras semillas, con ver aflorar los primeros brotes. Y hagámoslo en La Habana, en Oslo, en Caracas, pero también en Colombia y en Estados Unidos, donde están los presos, donde están los extraditados. Confidencialmente, reservadamente, pero sin avergonzarnos. Es hacer la guerra lo que debe avergonzarnos, nunca hacer la paz.

Se ha dicho que Chávez se beneficia políticamente, que Obama también. Que ambos están en vísperas de elecciones. Que también Santos se beneficia, que está en plan de reelección. ¿Y qué? ¿No son políticos profesionales? ¿No viven de hacer política, acaso? Si en sus agendas cargadas de compromisos se llenan algunos espacios en la construcción de paz, eso es suficiente para comenzar. Lo demás lo tienen que hacer quienes quieren salirse de la guerra y exigen algunas condiciones para hacerlo. Lo demás lo tenemos que hacer quienes tenemos la libertad para expresarnos y la libertad para escoger. Si no confiamos a la hora en que hay que confiar, ni acompañamos a la hora en que hay que acompañar, no nos quejemos después que la guerra prosigue, ni que la paz se intenta a nuestras espaldas. Si hoy Santos tiene que dar todas las garantías habidas y por haber, no es porque sea blando, ni porque las Farc pretendan arrodillarlo, es porque el antecedente más inmediato, el de Uribe con las Autodefensas, no ha dejado sobre la mesa sino incumplimientos y ‘conejos’, cinismo y descaro. Tienen razones las Farc para exigir formalidades por parte del Gobierno, tienen razones las Autodefensas para sentirse que fueron traicionadas, tiene razones el Presidente Santos para dar los pasos que da, para medir las palabras que pronuncia, para poner sobre el papel las palabras que pone.

De todos los procesos anteriores hay enseñanzas que incorporar y errores que evitar. Pero nadie está exento de estrenar equivocaciones nuevas o de tropezar con piedras similares, no le pidamos imposibles a quienes se sientan a dialogar, ni dejemos de estimular ideas que sumen en favor de la paz. Ya se ha dicho que para hacer la guerra basta que uno la quiera, pero para hacer la paz se necesitan al menos dos. Y no solo eso. En el caso que nos ocupa, el que nos duele y nos sacude, la guerra se ha derramado por todo el territorio, en cada sitio con características diferentes, en cada momento con participaciones e influencias fluctuantes. Por esto no se entendería que se llamara ‘paz’ a los acuerdos con un solo actor, ni con dos, ni con tres. La Paz es de todos, con todos y para todos. Suena maximalista, dirá alguno. Y sí. Pero es que se trata de la Paz con mayúsculas. No de acabar una ‘guerrita’ para que las otras ‘guerritas’ sigan vivas y mutando de año en año, de mes en mes. Por eso digo que toca ser pacientes, persistentes, prudentes. Y abrir el juego –y despejar la mente- para que participen todas las expresiones del conflicto armado, todas las que han surgido sobre la misma tierra, sobre la misma historia, sobre la misma Patria, regada por la sangre de tantas víctimas y la violencia de tantos victimarios.

No le tengamos miedo a la Paz ni a la Democracia. No le tengamos miedo al Progreso y la Equidad. Tengámosle miedo a la Guerra y a la Exclusión, a la Injusticia y la Pobreza. Confiemos en que si la Ley se modifica para dar cabida a la Paz pero finalmente se cumple y se hace respetar, no tenemos por qué tener miedo si quienes delinquieron en la guerra recuperan todos sus derechos, incluso los derechos políticos, y se someten al voto libre de ciudadanos libres, para ser escogidos o rechazados, vencedores o vencidos, pero en justa lid, democrática y transparente, sin fusiles y sin amenazas.

Si queremos dar vuelta la página y comenzar otra Historia, todos, absolutamente todos merecemos, bajo ciertas condiciones y compromisos, una segunda oportunidad en la vida. Políticos, guerrilleros, autodefensas, militares, gobernantes, narcotraficantes, delincuentes de todo tipo. ¿Por qué? Porque solo si recomenzamos todos de cero, pero sabiendo que a partir del nuevo comienzo, no habrá en mil años un jubileo igual, todos querrán entrar en la legalidad y solo los muy locos o los muy malos se atreverán a moverse por fuera de la Ley.

Para comenzar a desarrollar el tema no está mal la idea inicial de que ‘para todos haya una solución pero no para todos la misma solución’. De acuerdo. Hay casos y casos. Pero que no se vaya a filtrar por allí el germen de la injusticia, ni la semilla de la discordia. Porque en una guerra todos los combatientes son, en su humanidad y en su fuero más íntimo e inescrutable, igualmente altruistas o igualmente egoístas, según se quiera ver. Y todos quienes luchan por el poder -a favor o en contra- son iguales al momento de dar la pelea, más allá de sus intenciones últimas, que solo ellos las conocen, si acaso las conocen. Está escrito, se sabe, que sólo Dios sabe para quién trabaja uno. Por esto me inclino a pensar que hasta dónde sea posible es preferible que para todos quienes han delinquido en ocasión de la guerra haya la misma solución, y que si toca igualar en los derechos a conceder sea siempre hacia arriba y nunca hacia abajo.

O dicho en otras palabras: que si todos perdieron sus derechos al ingresar a la guerra y ponerse al margen de la ley, todos recuperen todos sus derechos por renunciar a la guerra y ponerse al servicio de la Paz en cumplimiento de la Ley.

Así la veo yo.


Los 190 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

agosto 02, 2012

189. La ‘llave de la verdad’ también la tiene el Presidente Santos


ASÍ LA VEO YO - Año 8

¿Y de los ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’, quién se ocupa?

Por Juan Rubbini
En twitter: @lapazencolombia

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“Las circunstancias desordenadas o caóticas que comprenden a varias fuerzas contendientes requieren un complicado manejo de intereses y relaciones. Las estrategias de este grupo reconocen que las alianzas basadas en intereses a corto plazo pueden necesitarse al enfrentar a un oponente, mientras que las alianzas entre adversarios tendrán que ser rotas. Se utilizan técnicas tales como la negociación y las tentativas de paz mezcladas con amenazas, manipulación de terceras partes y maniobras divisorias” (Gao Yuan, Haz que el tigre baje de las montañas)




En esto de avanzar hacia la paz, el mejor timonel del que dispone hoy Colombia es el Presidente Santos. Y su mejor coequipero en este camino es el Presidente Hugo Chávez. Sobre este punto de la paz, nadie mejor que Santos. Y como se trata de hacer la paz con las Farc y el Eln, nadie mejor que Chávez para brindarle suficientes garantías a los guerrilleros que no serán manipulados, engañados y finalmente traicionados como lo fueron las autodefensas en tiempos de Uribe.

En tiempos del Caguán, Chávez gobernaba pero no reinaba; no le venía mal para consolidar su poder ‘revolucionario’ que se rompiera el proceso de paz que tal como iba, iba muy mal. Hoy no solo gobierna sino que también reina –democráticamente- en Venezuela, y su influjo político y espiritual –ya no tanto militar y económico- se extiende por América Latina y las islas del Caribe, de tal manera que su prestigio como estadista y geopolítico alcanzaría cumbres grandiosas si su nombre quedara asociado a la Paz de Colombia y al posicionamiento como opción de poder del socialismo democrático –la antítesis de la seguridad democrática- en su hermano y vecino país.

No depende solo de Chávez que se logren ambos objetivos pero con solo tomar nota oficialmente el mundo –y los Estados Unidos- que estos son sus propósitos y sus políticas de Estado, pasaría Chávez del escenario del ‘mito revolucionario’ al campo de la ‘realpolitik’. Si su salud se lo permite y Santos se lo facilita, Chávez pasaría de ser para Colombia una ‘hipótesis de conflicto’ a un socio ‘más allá de toda sospecha’ y Sudamérica habría dado un paso descomunal en la afirmación de su independencia y hermandad continental.

Contrario a lo que sostienen muchos en Colombia no es la pérdida del poder de Chávez en Venezuela en manos de la oposición –o en manos de la muerte- lo que arrastraría a las guerrillas a la negociación de paz. No es hoy Chávez quien las sostiene alzadas en armas, sino la absoluta desconfianza de las guerrillas hacia los estamentos que administran el verdadero poder en Colombia con o sin la complacencia de los Presidentes de turno.

Es precisamente, la existencia siniestra de la trama oculta, gelatinosa y escurridiza del ‘para-Estado’  -o como queramos llamar al Estado-paralelo que anida en las sombras-, el gran enemigo de la Paz de Colombia, y también de la Democracia, como lo fue en su momento de las autodefensas campesinas, cuando nacieron autónomas, como tercer actor diferente de los Gobiernos y de las guerrillas. Es desde esas honduras malévolas del ‘para-Estado’ que se alimenta la subsistencia de las causas que perpetúan el conflicto armado y se tuerce incluso la voluntad de los gobernantes inclinados a favorecer las soluciones políticas que acaben con la guerra.

La tarea de Santos es doble y gigantesca: por un lado dar los pasos que hagan atractivo para las guerrillas su acercamiento a una mesa de diálogo con el Gobierno; por el otro, neutralizar la maquinaria diabólica del ‘para-Estado’ que apelará a todos los medios para abortar de raíz cualquier intento serio de negociación de paz. Digan lo que digan las encuestas, Santos deberá persistir en su decisión política y ganarse también para la causa de la paz a la opinión pública que se verá sometida en los próximos meses a un intenso bombardeo mediático por parte de aquellos que pretenderán cobrarle a Santos en las encuestas –y finalmente en las urnas- su voluntad de paz.

Pese a las enormes dificultades, la misión de acabar el conflicto armado mediante acuerdos de paz y soluciones políticas y jurídicas no es imposible. Pero, para alcanzar la meta, no solo el Gobierno tiene que jugársela valiente e inteligentemente, utilizando sabiamente las palabras, los tiempos y la diplomacia, sino que también las Farc y el Eln deberán centrar su mira en esgrimir al máximo su inteligencia política, su capacidad de discernir entre sus objetivos de máxima y de mínima, para sopesar en todo momento sus acciones militares y sus acciones políticas, las dosis de combinación de sus formas de lucha. Para así poder actuar, Gobierno y guerrillas, en consecuencia con la vocación y los sentimientos pacíficos por naturaleza del pueblo colombiano, hoy herido y resentido por la sangre derramada, la libertad ultrajada y tanta mentira entronizada que vuelve poco creíbles a unos y otros actores del conflicto.

En el camino hacia la paz se trata de esquivar las arteras maniobras de quienes amparados en el ‘para-Estado’ conforman verdaderos ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’ empeñados no solo en criminalizar y asesinar la verdad sino en impedir que la verdad del conflicto armado y sus secuelas salga a flote. ¿Por qué seguir empeñados algunos en que la verdad de unos es ‘venganza criminal’ mientras se sostiene como verdad ‘revelada’ que la paz solo será el fruto de la victoria militar? ¿Cuál es el criterio justo para discernir entre la palabra verdad de unos y la palabra verdad de otros sino el pronunciamiento de la Justicia?  Se ha mencionado la existencia de ‘ejércitos de anti-restitución de tierras’ a sus legítimos dueños, pero acaso ¿no es igualmente grave y condenable la existencia de ‘ejércitos de anti-restitución de la verdad’ a sus legítimos dueños que son los ciudadanos de Colombia?

Y si de la verdad se trata, si nada menos que algo tan precioso como la verdad está en juego, ¿por qué no ser el Presidente Santos quien utilice las ‘llaves de la verdad’ en abrir las puertas a la Justicia para que dé su veredicto sobre las responsabilidades del Estado y del ‘para-Estado’ en el origen y desarrollo del conflicto armado? No es suficiente –aunque resulta totalmente necesario- que el Estado brinde todas las condiciones de seguridad y garantías físicas y jurídicas que permitan que la verdad de las autodefensas se conozca. Y no es suficiente porque contrario a lo que se cree es mucho más creíble históricamente que haya sido el Estado, el ‘para-Estado’, quien haya permeado e infiltrado las autodefensas campesinas –y no a la inversa- para torcerlas hacia intereses que ni eran los originarios de las autodefensas, ni los legítimos del Estado ni los propios de una sociedad violentada por las guerrillas y privada de defensa eficaz por parte de la seguridad a la que está obligada el Estado.

Si los procesos de Justicia y Paz han abierto la caja de Pandora sobre las verdades del conflicto armado, no puede quedarse pasivamente Colombia en la espera que ese solo camino –por fructífero que haya resultado y vaya a resultar finalmente- agote toda la verdad que yace inexplorada en los laberintos subterráneos de las políticas de Estado, las razones de Estado y los lazos criminales que ha ido conformando el ‘para-Estado’, no precisamente porque hayan sido las autodefensas quienes lo instituyeron –lejos estuvieron jamás históricamente de tamaña capacidad-, sino por algo que permanece aún en tinieblas y fue el cúmulo de decisiones políticas del más alto nivel originadas inicialmente en la guerra anticomunista, proseguidas después en la guerra contra el narcotráfico y finalmente imbricadas luego en la guerra antiterrorista.

La Paz de Colombia exige con urgencia una nueva matriz de interpretación del conflicto armado interno. Mientras las verdades estén sometidas a la propaganda de guerra y a las ‘razones de Estado’, y se evite colocar en el banquillo de los acusados a los ‘árboles del mal’ crecidos al amparo del ‘para-Estado’ y únicamente se llame a juicio las ‘manzanas podridas’ que han producido aquellos árboles, bosques de complicidad en realidad, estaremos condenados a estigmatizar y crucificar públicamente a izquierda y derecha pero el árbol de la guerra y las raíces del conflicto armado permanecerán incólumes, auto absolviéndose y auto ensalzándose, cuando en realidad, merecen como bien merecido lo tienen autodefensas y guerrillas pagar sus culpas con la sociedad, con las víctimas, no para que todo el mundo acabe en la cárcel sino para que todos vivamos en libertad, pero también en paz y habiendo aprendido que la Verdad es sagrada y la Vida también.

Solo así la verdad, la justicia y la reparación tendrán todo su sentido socialmente benéfico y sanador.

Y Santos habrá ganado en buena ley, merecidamente, su lugar en la Historia.


Así la veo yo.

Los 189 artículos que componen la serie publicada -iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com