septiembre 28, 2012

194. Abramos paso a la ‘Marcha Patriótica’ y también a la ‘Avenida del Medio’



ASÍ LA VEO YO - Año 8

‘Las penas y las vaquitas se van por la misma senda, las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas’ (Atahualpa Yupanqui)





Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

............................................

Los experimentadores buscan de la manera más diligente allí donde parece más probable que podamos demostrar que nuestra teoría es errónea. En otras palabras, intentamos demostrarnos a nosotros mismos, lo más rápidamente posible, que estamos equivocados, pues sólo de ese modo podemos progresar” (Richard Feynman)


Ni los buenos estuvieron de un lado, ni los malos del otro. Los hubo buenos y malos por ambas partes y también en cada combatiente alternaron en todo momento las tentaciones del mal y los ideales del bien. Si en ocasiones prevaleció el deseo de triunfar en la guerra, en otras, afortunadamente, se abrió paso el anhelo de acordar las condiciones de la paz sin vencedores ni vencidos. No se trata de satanizar a unos e idealizar a otros, se trata de entender las razones de todos y de ponernos a trabajar juntos como sociedad en la misma dirección de la convivencia pacífica y la construcción democrática.

Inmersos en sus procesos de Justicia y Paz no han sido abundantes los pronunciamientos de los líderes de las autodefensas en los meses recientes pero cada vez que se manifiestan dejan traslucir que sus motivaciones políticas están intactas y su voluntad de continuar participando en la construcción de paz no fue quebrada por los años de cárcel ni por la extradición. Sus voces, solitarias entre los actores del conflicto, comparten ahora el escenario de la solución política negociada con aquellas de los negociadores de las Farc que diez años después de Ralito emprenden el mismo camino hacia la desmovilización y el desarme.

Sucede a partir de ahora que aunque suene paradójico, en favor de la rehabilitación política de los ex autodefensas juegan en la presente coyuntura nacional los mismos argumentos que esgrimen quienes validan favorablemente la futura inclusión de las Farc -una vez desmovilizadas- en el tablero político del postconflicto. Inédito pero desde ambas orillas –y también desde las filas militares y ‘parapolíticas’- se clama por un marco legal para la paz que realmente lo sea, que efectivamente ofrezca una salida política a todos quienes de una u otra manera se involucraron en el conflicto armado, desde el campo de los actores armados ilegales, y también desde el mundo de la política, de la empresa, de las mismas Fuerzas Militares y de Policía. Qué bueno que haya tantos dispuestos a sumar y multiplicar las soluciones, y luzcan tan minoritarios y escuálidos quienes alienten los miedos a la paz.

No en vano a derecha e izquierda se abandonan las armas y lideran procesos de paz para que semejantes riesgos y determinación en pos de ideales de sociedad y de país se vayan a echar en saco roto, sobre todo si se tiene en cuenta que existen para ambas partes abonados sociales y acumulados políticos frutos de haber ejercido –por carriles formalmente diferentes pero en sustancia muy similares- como ‘estados de facto’ en vastos territorios donde las guerrillas violentaron, las autodefensas también y el Estado nunca llegó, o llegó tarde y mal, violentando también cuando ocasionalmente llegó.

Así como las Farc victimizaron durante muchos años a no pocos integrantes de la población civil en pos de la pretendida redención social de quienes serían los sujetos beneficiarios de su proyecto político-militar, las Autodefensas ocasionaron también incontables víctimas en la población civil mientras simultáneamente  brindaron seguridad y protección a ingentes miembros de la población civil que hallaron en las Autodefensas reparo suficiente para proseguir su vida en medio de las azarosas condiciones del conflicto. Mayorías y minorías las hubo de lado y lado, según el momento y el espacio geográfico. Hubo víctimas porque las guerras producen también víctimas inocentes, y si las hubo ajenas al conflicto también las hubo, y muchas, por simpatizar con unos y generar antipatías en otros, por tomar partido y asumir riesgos en medio del conflicto armado. Y así como hubo víctimas, como hay víctimas, hoy también hay sobrevivientes que tuvieron sus simpatías por unos o por otros, y ya no quieren más guerras, pero sí seguir discutiendo sin violencia sobre el presente y el futuro del País.

Unos y otros delinquieron en gran escala al participar del conflicto armado por lo cual el daño hecho a la sociedad ha sido tremendo independientemente de las razones que indujeron a guerrilleros y autodefensas a trenzarse en feroz combate, defendiendo desde ambas orillas no solo ideales de sociedad teóricamente válidos sino también personas de carne y hueso cuyas ideologías y cuyos intereses los volcaban en favor o en contra de los bandos enfrentados.

Si desde la perspectiva de los actores armados –Farc y Autodefensas, en este caso- una cuestión principal pasa por resolver los derechos que la sociedad y la ley están dispuestos a concederles a sus integrantes a cambio del fin de sus hostilidades y el cese el fuego y desmovilización, desde donde la ven quienes han vivido y padecido en los territorios que han sido escenarios del conflicto armado la visión abarca también el derecho de reivindicar el partido que tomaron durante los años del conflicto. Porque así como hubo simpatizantes y colaboradores para uno de los bandos, también lo ha habido para el bando contrincante. Al calor del conflicto hubo demasiado sufrimiento y angustia, es obvio, pero también surgieron encuentros y lealtades, ayudas y solidaridad. Esto ha sido inevitable y así como habrá cicatrices que cerrar y heridas que sanar en el cuerpo pero también en el alma, no podrá dictaminarse por decreto que a partir de los acuerdos de paz se habrá de imponer tal o cual unanimismo ni mucho menos sometimiento a la política de uno o de otro de quienes fueron partes del conflicto armado.

¿Qué tal que se pretenda imponer en tal o cual región de Colombia una ‘democracia’ del partido único, o el monopolio de la cosa pública en favor de uno o de otro de quienes como Farc o Autodefensas estuvieron enfrentados en la guerra? ¿Puede alguien en sano juicio pretender que se vaya a parcelar el territorio nacional en favor de unos o de otros según las zonas de influencia que ocuparon los ejércitos irregulares de la izquierda o la derecha? ¿O que eso mismo vaya a suceder en los barrios y las comunas de las grandes ciudades?

Sería bueno que ni las Farc, ni las Autodefensas ni mucho menos el Estado estén pensando que el postconflicto se pueda estructurar a partir de la discriminación de unos o de otros. Esto no debe suceder ni en el nivel nacional ni en el nivel de las regiones o las localidades más apartadas. La integración de los ahora excluidos ha de ser completa, la competencia perfecta, el derecho a proponer y disentir, a participar y decidir, a respetar mayorías y minorías debe ser la norma que rija no la excepción que se tolere a regañadientes. Solo así, ‘durmiendo con el enemigo’ por decirlo de alguna manera que resulte gráfica, ha de ser la consigna, la convivencia, hasta que el mismo concepto de ‘enemigo’ vaya diluyéndose en el ejercicio de la dialéctica democrática, sustituta y superadora de la voz del fusil.

Así como la ‘Marcha Patriótica’ es bienvenida y tiene todo el derecho de existir y expresarse a lo largo y lo ancho del País- de todo el País-, la otra orilla del mismo río de la misma Patria, la de la ‘Avenida del Medio’ digamos–entre los extremos de derecha y de izquierda, entre los ‘ultras’ de lado y lado- también merece florecer y estar socialmente disponible como alternativa civilista, para que no solo los ‘Timochenko’ y los ‘Gabino’, también los ‘Mancuso’ y los ‘Bolívar’ puedan elegir y ser elegidos democráticamente.

Quienes creyeron alguna vez que las armas de las guerrillas o de las autodefensas eran solución en tiempos del conflicto y hoy han decidido libremente que nunca más se apalancarán ni apoyarán ni consentirán el uso de la violencia como sustituto del Estado social de derecho y sus instituciones previstas en la Constitución deberán ser invitados a firmar el Pacto de Civilidad y Democracia, el Gran Acuerdo de la Unión Nacional.

Sigo pensando que si la invitación del Estado –y de la Comunidad internacional- a participar de la ‘justicia transicional’ es universal y es generosa, si la actitud es sincera y en la dirección de ‘recomenzar de cero’ sin privilegios ni discriminaciones, Colombia puede transformarse en apenas una generación no solo en potencia económica, sino lo más importante en un Faro Moral, en el territorio de un nuevo Renacimiento, donde todos tengamos el derecho a vivir próspera y justamente, plenamente idénticos en derechos y obligaciones, e iguales ante la Ley, respondamos como respondamos ante los tribunales de la Historia y en lo más íntimo de nuestras conciencias aquellas preguntas que tanto duelen y dolerán mientras vivamos:

¿Por qué tantos años de guerra y crueldad? ¿Por qué tantas víctimas y tantas hipocresías? ¿Por qué por tanto tiempo y con tanta obcecación hemos sido capaces de ver la brizna en el ojo ajeno y con tan poca hidalguía y autocrítica hemos sido capaces de reconocer la viga en el propio ojo?


Así la veo yo.


Los 194 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com




septiembre 21, 2012

193. Sociedad y Estado parieron al tiempo guerrillas y autodefensas



ASÍ LA VEO YO - Año 8


Cuanto antes guerrilleros y ‘paras’ se reconozcan hermanos mejor será para Colombia y para los padres y madres de las ‘criaturas’

Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

............................................

Nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública, y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político (Hannah Arendt)



El ex Presidente Uribe ha dicho en entrevista reciente que si su Gobierno no hubiera negociado con las autodefensas en un proceso de paz, éstas habrían acabado por derrotar a las guerrillas. Sus razones tienen Uribe y buena parte del país para verlo así. No desconocen que las autodefensas se sentaron a dialogar con su Gobierno en el momento de su mayor poder militar, territorial y político. Y que socialmente representaban las autodefensas mucho más en términos de electorado potencial que lo que jamás han alcanzado de favorabilidad política las guerrillas. Probablemente Uribe presintió durante su campaña electoral de 2002 –mucho más en 2006- que si las autodefensas no entregaban las armas y sus aspiraciones políticas no se atajaban su poder en crecimiento se convertiría en un competidor a futuro o lo menos un incómodo socio político en vastas regiones del País. Algún día sabremos cuáles fueron las verdaderas razones de Uribe para truncar el proceso de paz y botar sus llaves al mar de la proscripción política y la extradición. No resulta aventurado conjeturar que tales razones tuvieron que ver con sus ambiciones políticas, no con el éxito del proceso de paz que fue inicialmente concebido por el Gobierno Uribe como una carambola a tres bandas, que incluyera sucesiva o paralelamente a las Auc, las Farc y el Eln. Como de hecho se intentó, no se logró, y finalmente se acabó botando todo al cesto de la guerra total, el ‘fin del fin’ que nunca llegó tampoco.

Se ha dicho tantas veces que en Colombia hay más territorio que Estado. También se ha dicho en más de una ocasión que el de Colombia es un Estado 'en gestación'. El conflicto armado interno colombiano no se presenta bilateralmente entre un Estado consolidado y unas guerrillas comunistas, sino que se ha terminado por estructurar trilateralmente entre unas guerrillas socialistas, un Estado a medias y unas autodefensas no comunistas ideológicamente mixturadas entre el liberalismo de derechas y un nacionalismo conservador no fascista.  Si las guerrillas han sido la expresión armada de una aspiración social de izquierdas no menos cierto es que las autodefensas representan una respuesta social armada de centro-derecha a la agresión de las guerrillas. Pero ambas, guerrillas y autodefensas, han sido una respuesta al Estado ausente de sus obligaciones constitucionales, al Estado desertor de sus responsabilidades sociales. Si las guerrillas asumieron el rol de combatir el Estado para reemplazarlo desde una óptica revolucionaria, las autodefensas ejercieron el papel de competidores y sustitutos del Estado en su objetivo de refundar el Estado desde una visión no comunista pero transformadora en procura de brindar seguridad y desarrollo a las comunidades.

Los unos tienen razón cuando predican desde su posición que su existencia tiene causas objetivas que nacen de la injusticia y de la parcialización del Estado en favor de las clases dominantes, los otros tampoco carecen de razón cuando aducen que su existencia tiene causas objetivas que nacen de la violencia de las guerrillas y de la ineficacia del Estado. En lo que guerrillas y autodefensas coinciden es que ambas ubican en el funcionamiento del Estado tal como lo conocemos el principal responsable de los males de Colombia y de su pueblo, y también evidencian en la práctica de su lucha armada que le han sobrado causas subjetivas para tomar una posición política y asumirla con las armas en la mano.

Hoy, ante la desmovilización mayoritaria de las autodefensas entre 2004 y 2006, uno de los tres actores del conflicto armado ha sido parcialmente quitado del tablero de la guerra y si no lo ha sido al ciento por ciento es por el fracaso y lo incompleto del proceso de paz trunco con Uribe. La existencia de esa porción de autodefensas en las hostilidades presentes significa que donde hubo fuego cenizas quedan, y son esas cenizas –del lado del Estado y del lado de la sociedad- las que ameritan ser tomadas en cuenta ahora que está en marcha un nuevo proceso de paz con las Farc y muy probablemente con el Eln. Los grupos de autodefensa han tenido un origen y evolución diferentes según los momentos históricos, la diversidad geográfica, su poderío económico y las características de la presencia o no de las fuerzas del Estado sobre el territorio. Pero la tentación por parte del Estado de descargar en las organizaciones de autodefensa un peso importante de la lucha antisubversiva existió desde un comienzo y tenemos derecho de pensar que subsiste actualmente ‘sottovoce’ en la medida que la guerra irregular tiene exigencias que lo políticamente correcto no está dispuesto a admitir públicamente. ¿Cuánto influyó en el fracaso de Ralito esa ambivalencia de las razones de Estado sobre la utilización o no de fuerzas paramilitares aun después de la desmovilización de las Auc? Probablemente lo sabremos si se lleva hasta sus últimas consecuencias el acuerdo preliminar entre el Presidente Santos y las Farc y se incorporan -en las materias que ellos dominan mejor que ninguno- a los líderes de las autodefensas desmovilizadas en la construcción de los acuerdos de paz y postconflicto que pongan fin definitivamente al conflicto armado.

Lo anterior viene a cuento también de la necesidad imperiosa que comienza a ser percibida en el País de considerar a los desmovilizados de las autodefensas, y también a quienes han desertado de las guerrillas en los años recientes, dentro de la reglamentación del marco legal de paz actualmente en estudio en el Congreso de la Nación. Consideraciones de tipo jurídico pero también de naturaleza política aconsejan que se respete la igualdad de derechos de quienes habiendo participado de la guerra como actores armados ilegales del conflicto aspiran recibir el mismo trato en el marco de la justicia transicional. Esto por elementales exigencias del sentido común pero sobre todo porque no se trata de hacer la paz con unos o con otros sino de hacerla con todos, y hacerla con todos de tal manera que no se dejen sin atar todos los cabos de este entremezclado y complejo conflicto que desde su comienzo dieron alas al crecimiento de fuerzas combatientes disímiles que se originaron desde la misma explosión inicial, desde el mismo ‘big bang’ del cual se han derivado hasta hoy más de medio siglo de hostilidades y actores armados.

El Estado colombiano tendrá que admitir en el camino de la Paz que las guerrillas nacieron y se reprodujeron en el devenir de la sociedad desde las contradicciones inherentes a su condición de ‘Estado en gestación’ y ambos –guerrillas y Estado- tendrán que aceptar que las autodefensas nacieron y se reprodujeron en el acontecer social desde la irrupción misma de las guerrillas en la historia de Colombia así como desde las mismas idénticas contradicciones del ‘Estado en gestación’.

Por esto y muchas cosas más que no caben en la mínima extensión de la columna urge acercar a las partes, a todas las partes, a la Mesa de la Paz.

Para que desde esa misma Mesa de la Paz se vaya invitando uno a uno, a todos quienes permanecen alzados en armas cualquiera sea su origen, porque a la hora de hacer de Colombia un país pacífico, un país próspero y justo, nada deberá importar que se trate de guerrilleros o autodefensas enfrentados, ideológicamente politizados, o sus financiadores montados en la vaca loca de cualquier delincuencia, incluido naturalmente el narcotráfico y sus vasos comunicantes, que llegan ¡cómo no! al mismo Estado y sus agentes y funcionarios.


Así la veo yo.


Los 193 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

septiembre 14, 2012

192. La pregunta del millón: ¿se pretende solucionar el problema o capitalizarlo?



ASÍ LA VEO YO - Año 8

El riesgo de un pacto elitista entre establecimiento, clases políticas y guerrillas

Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

............................................

“Amarga ironía la vivida por Camboya: cuando los jemeres rojos habían anunciado que estaban dispuestos a jurar la Constitución y aceptar la monarquía de Sihanuk a cambio de una amnistía, las luchas en el seno del gobierno abortaban la tan ansiada posibilidad de paz. Cerradas las puertas de su reintegración social, los últimos insurgentes no tenían otro camino que el de sus refugios en la selva, desmoralizados, fatigados, condenados a resistir o a desertar sin garantías. La impresión general era que los dueños del poder en Phnom Penh no pretendían solucionar el problema sino capitalizarlo” (Vicente Romero, Viaje al genocidio de Camboya. Pol Pot, el último verdugo


Hagamos el ejercicio de sustituir en el texto de apertura: Camboya por Colombia, Sihanuk por Santos, insurgentes por guerrilleros, Phnom Penh por Bogotá… y vayamos al grano. Aquí también cabe el interrogante: “¿pretenden solucionar el problema o capitalizarlo?”

Harta sensatez tienen quienes en estas horas de expectativas invitan a mantener los ojos abiertos y la mente despierta. No se trata de ser optimistas ni pesimistas, ni santistas ni uribistas. Sólo se trata de no dejarse llevar de las narices por quienes pretenden hacer de la supuesta paz una oportunidad de lucro, o un atajo hacia el poder. La paz no se hace entre monjitas de la caridad, de acuerdo, ni de un lado ni de otro. Puede que unos crean honestamente que el capitalismo es la vía, así como otros se la jueguen por avanzar hacia el socialismo. En el papel todos los sistemas suenan buenos. El papel resiste cualquier cosa, y solemos estar dispuestos a creernos cualquier locura, para prueba los libros de historia, con las demencias del siglo XX basta y sobra para ser precavidos y curarnos en salud.

Desde una óptica tipo ‘establecimiento’ nada mejor que con la perspectiva de la reelección y los lauros de la Historia embarcar al Presidente Santos en una operación de ‘lavado de imagen corporativa’ ofreciendo el oro y el moro a las guerrillas para que desalojen las tierras que ocupan y dejen el terreno libre para desarrollar en toda Colombia, sin excepciones, ni fronteras agrícolas ni otras de ningún tipo, la gesta luminosa del capitalismo. Porque su interpretación es que a Colombia le falta capitalismo y le sobran guerrilla y militares, rémoras del siglo pasado con sus guerras interminables donde los contrincantes pareciera a sus ojos y sus bolsillos que juegan al empate… en término futbolísticos, que firmaron el empate… y eso cuesta millonadas de dinero y eso exige más y más impuestos… Los congresistas parecen haber captado el mensaje y se manifiestan dispuestos a aprobar lo que resulte con tal de congraciarse con el ‘establecimiento’ –y con la gran prensa tan esquiva últimamente- y de paso con el Señor Presidente y con las guerrillas. Finalmente, para los congresistas la supuesta paz les viene de perlas –piensan ellos- para ‘lavar su imagen’ tan venida a menos… y las guerrillas en el terreno electoral no son ninguna competencia, los votos se los quitarán al Polo, a los Progresistas, las guerrillas en política contribuirán a dividir aún más a la ya muy atomizada izquierda. Por este lado, negocio redondo, para el establecimiento, para el Presidente, para los congresistas. En sus curules tararean que ‘el pueblo desunido (y clientelizado) siempre será vencido”.

Por el otro lado, desde una óptica guerrillera, nada mejor que distenderse militarmente, flexibilizarse políticamente, y convertirse en socios ilustres del socialismo bolivariano apostando por hegemonizar la izquierda colombiana y así darle la razón a Chávez y a los Castro de que madura está Colombia para que la elección democrática se convierta en una Sierra Maestra ideológica sintonizada con el siglo XXI. La idea no es mala y si sólo por ella fuera ahorraría mucha sangre y muchas víctimas. De alguna manera sería habilitar el camino hacia una pensión digna para los viejos guerrilleros mientras la tregua de una o dos generaciones prepara el terreno para revoluciones futuras que serán inevitables desde su punto de vista, solo que inoportunas en este período histórico que bien vale zambullirse políticamente allí donde nacen las causas objetivas del conflicto armado en vez de seguir nadando en las corrientes de sangre que tanto daño les han causado particularmente desde la seguridad democrática a esta parte.

Asistiremos pues, si las cosas salen como las tienen pensadas unos y otros, a una tregua donde la guerra proseguirá por otros medios, esta vez políticos, sociales, culturales y decididamente comunicacionales. Tanto el establecimiento como las guerrillas han aprendido que las realidades si no son percibidas desaparecen, mientras que si las percepciones se solidifican y expanden poco importa que expresen verdades o mentiras, de todos modos pesan, influyen y finalmente determinan la marcha de la historia en un sentido o en otro.

Así las cosas habrá que ver de qué modo quienes no han sido invitados al banquete de la paz se someten a no ser tenidos en cuenta. Entre ellos podemos contar poblaciones enteras, comunidades diseminadas por el vasto territorio nacional, pequeños propietarios agrícolas, ganaderos y campesinos, clases medias y proletarios urbanos que han crecido durante generaciones odiando a las guerrillas y despotricando del estado ausente que nunca llegó, millones de colombianos y colombianas que no se sienten representados por las clases políticas, ni por las Farc ni el Eln, tampoco por el ‘establecimiento’ ni por el centralismo bogotano ni por las clases altas las cuales siempre tuvieron cómo, dónde y con qué protegerse de la violencia y la inseguridad, de la falta de estado y de las mismas guerrillas. Entre estas masas de pueblo a la deriva y desprotegido ni el capitalismo ni el socialismo son banderas con las cuales guarecerse de la inclemencia y la injusticia social, y por esto mismo son los sectores irredentos en los cuales encontrarán apoyo quienes desmovilizados como guerrilleros o como autodefensas en tiempos de Uribe sientan que han sido engañados, manipulados, abandonados a su destino por pactos ajenos celebrados en salones extranjeros no solo a sus espaldas, sino lo más doloroso de todo: sobre sus espaldas.

Si a lo anterior le sumamos que el narcotráfico y sus ejércitos urbanos y rurales tienen asegurada larga vida al haberse entrelazado con el capitalismo reinante en el mundo y tampoco el socialismo le ha cerrado sus puertas allí donde el capitalismo de estado también luce su doble moral todo un vasto océano de economías ilícitas e informalidades a la carta resistirán transversalmente desde lo alto hacia lo abajo todo el campo social de Colombia y lo peor de todo no hallarán puertas de salida de la ilegalidad porque tras el pacto entre establecimiento, clases políticas y guerrillas serán ellos quienes oficiarán de celosos guardianes de sus feudos milimétricamente distribuidos.

Entendámonos y sin ironías: que se firme una tregua entre establecimiento, clases políticas y guerrillas es ganancia también para quienes no sean convocados a firmar. Mejor la tregua que vaya a acordarse por irregular que resulte que la más regular de las guerras. Mejor ser rico que pobre, diría Pambelé. Sin embargo, deja un sabor amargo que se dejen por fuera millones de compatriotas. Y no solo deja un sabor amargo sino que invita a prevenir consecuencias que puedan ser funestas a poco de andar, cuando una paz de elites, una paz entre elegidos por ellos mismos, evidencie sus limitaciones, sus fisuras, sus hipocresías y sobre todo el grandísimo error de haber excluido a quienes tienen tanto qué decir y que poner sobre la mesa.

No se trata de ver el vaso medio lleno o verlo medio vacío. Se trata de no alzar ingenuamente las copas y brindar por victorias ajenas que son fatalmente derrotas propias, y cuando digo propias digo de quienes siendo parte desarmadas de las grandes mayorías nacionales no somos parte del establecimiento, ni de las guerrillas, ni de las clases políticas que aunque dueñas del Congreso son las minorías –los poderes fuertes y armados- que se aprestan a brindar en La Habana, Oslo y Bogotá.

Pese a todo, mientras el precio de la supuesta paz no sea impuesto con el silencio y la discriminación de todos quienes tienen al respecto algo para decir y lo quieren decir seguiré manifestando que prefiero la paz por imperfecta y limitada que sea a cualquier guerra por perfecta que luzca o noble y justa que parezca.

Lo decididamente bueno de todo esto es que cualquiera fuere la intención de los negociadores y pacten lo que pacten finalmente, lo que se ha puesto en marcha en Colombia a partir de la dialéctica impuesta por el largo conflicto armado entre guerrillas, Estado y autodefensas, y ahora por el Presidente Santos y la oposición de Uribe, desatará socialmente las voces silenciadas, los miedos represados y los anhelos colectivos postergados que auguran que la lucha por la vigencia de los derechos humanos, la justicia social y la libertad, la igualdad de oportunidades, la democracia sin exclusiones y los derechos políticos para todos será el pan de cada día en todos los rincones del País.

El futuro solo podrá ser aquel donde quepamos todos. Y todos somos todos. Sin mesianismos de ningún tipo, sin vencedores ni vencidos.  


Así la veo yo.


Los 192 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

septiembre 07, 2012

191. Hacer la Paz es una cosa, refundar la Patria es otra cosa


ASÍ LA VEO YO - Año 8

Ambas urge hacerlas, pero los escenarios son diferentes

Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

............................................

“Para armar un rompecabezas unas personas comienzan a colocar las piezas en una esquina y luego lo van extendiendo sistemáticamente desde esa esquina. Otras extienden todas las piezas y empiezan a armarlas en varios puntos distintos. Puede haber una forma definida en el diseño y es fácil trabajar en torno a esa forma. Hay pues, muchos focos de desarrollo. Al fin todas las piezas encajan en su lugar” (Edward de Bono)


Las conversaciones de La Habana nacen bajo el signo del escepticismo, de la no-esperanza, del desencanto. Y no es que Colombia no clame por la paz, sino que Colombia ha comenzado a hartarse de la politiquería que pretende hacer de la paz su botín, y de los diálogos de paz su tabla de salvación. Habrá que seguir con atención y espíritu crítico la evolución de los acontecimientos y sobre todo mantenerse alerta porque no vaya a ser que bajo el manto de la paz se esté gestando la refundación de la Patria. Y no es que no sea necesario refundar la Patria, la cuestión es quiénes lo hacen y para qué.

Una cosa es hacer las paces entre los enemigos, y otra sentar las bases de un País distinto. Para lo primero son los enemigos quienes se sientan a dialogar y buscan acordar las condiciones sobre cuyo cumplimiento abandonan la guerra. Pero para sentar las bases de un País distinto, de una economía distinta, de una concepción del Estado distinta, allí los participantes exceden y en mucho a quienes por estar en guerra se sientan a negociar la paz. La diferencia entre hacer la paz y refundar la Patria es demasiado grande, es abismal, por lo que estarían errando groseramente el actual Gobierno y los negociadores de las Farc si pretenden iniciar por el camino de hacer la paz entre enemigos y extralimitarse al poco de andar al punto de pretender sentar las bases de una nueva organización nacional. La representatividad de Santos y de las Farc alcanza y sobra para firmar la paz entre ambos, pero no alcanza para refundar la Patria. ¿Dónde quedan por ejemplo Uribe y los uribistas, dónde quedan quienes sucumbieron en el medio del fuego cruzado agredidos por unos u otros y abandonados por el Estado, quienes adhirieron a las Autodefensas y las mismas Autodefensas desmovilizadas?

Mucho me temo que haya quienes circunscriben las diferencias entre Santos y Uribe a una cuestión de celos, de vanidades personales, a un asunto de traiciones políticas y finalmente a un choque de liderazgos donde solo anidan diferencias mínimas y coyunturales. Me temo también que tampoco se haya valorado en toda su dimensión la gravedad de lo sucedido con el proceso de paz entre Uribe y las Autodefensas.  Quienes consideraban a las Autodefensas unos enemigos contra los cuales cualquier forma de sacarlas del medio político resultaba útil solo se quedaron en la superficie del problema y ahora, cuando buena parte de las ex autodefensas mimetizadas como bacrim han ido mutando y  rearmando, y el enfrentamiento entre Santos y Uribe ha ido adquiriendo un tamaño gigantesco puede que comiencen a repensar el camino andado y aplaudido.

Cuando de lo que se trata es de hacer la paz con un Gobierno, es una cosa. Pero cuando se trata de abandonar la guerra para transformar el País en una Mesa de negociaciones la cosa es bien diferente. Si escandalizó al País que las Autodefensas hubiesen hecho pactos con sectores políticos para refundar la Patria –y hayan influido notoriamente para que fuese escogido Uribe-, y esto está en la base conceptual que dio origen al tratamiento judicial de la parapolítica, hoy podríamos estar en el umbral de otro fenomenal escándalo si se confunden los términos y lo que se baraja son al mismo tiempo las cartas de la paz y las cartas de la refundación de la Patria. Ojo, porque habríamos girado 180 grados, y ahora los pactos serían entre un Gobierno de centro izquierda y un actor armado del conflicto –esta vez de izquierda- armado hasta los dientes como lo estaban las Autodefensas antes de la desmovilización cuando también procuraron celebrar acuerdos políticos donde se respetara su visión política de lo que resultaba conveniente para estructurar el Estado y la economía nacional.

Alguno dirá que estoy hilando muy fino y que solo se trata de alcanzar la Paz y todo lo demás son fuegos de artificios, retórica que se lleva el viento, de lado y lado, que ni Santos ni las Farc están pensando seriamente que el proceso de paz que entra en su fase decisiva a partir de octubre es algo más que borrón y cuenta nueva. “Entreguen las armas y dedíquense a la política si tanto les gusta y creen que dan la talla, que cambiamos sus condenas por penas alternativas simbólicas, que para esto tenemos un Congreso que le da lo mismo, acordar ayer con los paras, o mañana con las Farc, porque ellos sí saben cómo conseguir los votos, y finalmente ellos terminan corrompiendo a todos, paras, guerrilleros, incluso narcos…”

Suena caricaturesco, lo sé. Pero grave y todo, no es eso lo más serio. Lo más serio es que millones de colombianos y colombianas aprendieron la lección del Caguán, también tienen medio aprendida la lección de Ralito, y si a partir de La Habana y de Oslo comienzan a sacar conclusiones de Pastrana, Uribe y también de Santos, podría tronar el escarmiento contra todo lo que huela a ‘político’ y el pensamiento crítico y la rebeldía a ultranza alcanzarían su climax en los años que vienen. Que resulte grave no significa que no sea finalmente bueno, pero no será un lecho de rosas ni correrán ríos de miel.

Que sea lo que deba ser. Pero mientras tanto, ¿por qué no poner claridades y distinguir si de lo que se trata es de hacer la paz o de refundar la Patria? Porque si se trata de hacer la paz el escenario es uno, y si se trata de refundar la Patria el escenario es otro. Nada gana Colombia si deliberadamente o por pura insensatez se confunden los propósitos y los escenarios. Las advertencias de Uribe y los incumplimientos que siguen reclamando las Autodefensas debieran sonar como suficiente alarma sobre las causas objetivas y subjetivas que afectan el tejido social y detonan el inconformismo latente. Recordemos que hace diez años el péndulo viró dramáticamente de los vientos de paz a los aires de guerra, y allí lo político y lo militar se entrelazó de un modo brutal y hoy es la Justicia la que se debate en desanudar tantas grietas y tantos picos de estremecimientos telúricos cuando el fin justificó todos los medios, y todos los medios parecieron legítimos ante el caos circundante.

Seamos serios por favor. Que la Paz es cosa seria y necesaria, y refundar la Patria también. Y si las Autodefensas lo propusieron, si Uribe también, si ahora las Farc lo intentan y Santos también, algo realmente grande hay detrás, algo poderoso jalona tanto anhelo.  ¿Por qué entonces, mientras Santos hace las paces con las Farc, Uribe no hace las paces con las Autodefensas y vuelven ambos presentable el maltrecho proceso de Ralito? Y cuando se hayan hecho ambas paces –en meses, no en años- ¿por qué no las hacen Santos con Uribe, y las Farc con las Autodefensas? Y colorín colorado este cuento macabro de la guerra se habrá acabado.

Cuando suena el río, algo trae. Escuchémoslo. Y que el sonido de nuestra propia voz no nos impida escuchar la voz de los demás, de todos los demás, la voz del río, el clamor de Paz de Colombia herida pero entera.


Así la veo yo.


Los 191 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com