octubre 26, 2012

195. Preguntas que uno se hace y que aún no tienen respuesta



ASÍ LA VEO YO - Año 8

¿Quién le teme a las Autodefensas desmovilizadas en la Mesa de la Paz?
Por Juan Rubbini

En twitter: @lapazencolombia

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“La representación del mundo sometido a la dicotomía “socialismo/capitalismo” debe ser superada. Y, de hecho, la vida misma la ha superado en la práctica… Se debe conseguir una nueva cultura política, un nuevo consenso social, basado en el humanismo y en la existencia del pluralismo”
                                                           
(Mijail Gorbachov, Memorias de los años decisivos 1985-1992)

 
¿Quién le teme a las Autodefensas desmovilizadas en la Mesa de la Paz? En mi modesta opinión, no el Presidente Santos, no las FARC, no el País que quiere la Paz.




Se ha prestado en los medios más atención al discurso inicial de Iván Márquez en Oslo y a las posiciones políticas de extrema izquierda de las FARC –no solo previsibles sino atendibles desde la lógica negociadora y política- que a la carta de Salvatore Mancuso dirigida al Presidente Santos y a las FARC-EP pero también al Pueblo de Colombia. El ‘silenzio-stampa’ del Palacio de Nariño no llama la atención habida cuenta que la discreción y la reserva evidenciadas por el Gobierno en las etapas preliminares de las conversaciones con las FARC no tiene porqué romperse en el caso de las Autodefensas. Por el lado de las FARC la disposición manifestada por uno de los principales líderes históricos supérstite de las desmovilizadas AUC a contar sus verdades en la Mesa de Paz no puede sino haber sido recibida en la delegación fariana con recatado beneplácito sabiendo que la estrategia paramilitar del Estado colombiano es uno de los temas gruesos –y más delicados- de la agenda acordada en La Habana.

Dicho esto, las especulaciones están a la orden del día y ha crecido el interés público por conocer qué piensan realmente las Autodefensas sobre su futuro –las ya desmovilizadas y las que nunca lo hicieron- y cuál es el juicio que les merece en Colombia y en los Estados Unidos, el Proceso de Paz con las FARC y el alcance que le ven. Si sobre la naturaleza del abrupto corte de las negociaciones con Uribe y la intempestiva extradición hay mucha tela para cortar, sobre las verdaderas razones que hicieron de las Autodefensas un actor relevante e insustituible del conflicto armado y las connotaciones militares pero también políticas que aconsejaron primero su movilización y a partir de 2002 su desmovilización la verdad verdadera sobre el fenómeno paramilitar está toda por conocerse. Y los puntos de la agenda de La Habana vienen como anillo al dedo no solo porque uno esperaría que el Presidente Santos tuviera como una de sus prioridades la desparamilitarización total y definitiva del Estado colombiano –de este a oeste, y de norte a sur- sino también dejar expuesto en la ‘urna de cristal’ cómo, de qué modo y con qué ‘políticas de Estado’ los Gobiernos de Colombia auspiciaron, promovieron y realizaron el involucramiento de la población civil –y también de sectores de la criminalidad y el narcotráfico- en la guerra antiguerrillera y antisubversiva.

Resultaría no solo inconducente para las finalidades de alcanzar la Paz integral y duradera sino a todas luces increíble –e insensato- que el Gobierno y las FARC celebraran un acuerdo de paz sin cerrar previamente –o paralelamente- el capítulo AUC, incluyendo en este capítulo el fenómeno paramilitar en su conjunto, y las AUC en particular, con las negociaciones de Ralito y los incumplimientos denunciados, destacando el estado actual y futuro de la situación jurídica y política de la totalidad de sus integrantes, y su participación en la implementación de los acuerdos de paz y el postconflicto.

En la guerra se nutre ciertamente el alma del combatiente de tragedias y la dialéctica inextricable de víctimas y victimarios destroza el corazón, mutila los cuerpos y cercena la vida, pero también se aprende hondamente de los errores cuando en la vigilia y evocación de cada batalla se permea la sensibilidad y se persigue de veras aprender y se añora alcanzar la paz. En la durísima experiencia y vivencia personales adquiridas sobre las realidades y carencias del mundo campesino y rural plasmaron las Autodefensas su propia visión social y económica que ofrecen socializar, así como encarnan su condición pasada de victimarios necesitados de reparar y ser perdonados que claman por ser escuchados y ofrecer soluciones acerca del tratamiento debido a la totalidad de las víctimas del conflicto armado y al universo de los afectados por la violencia y la exclusión. Ni qué decir lo valioso y necesario que resultaría escuchar de sus propias bocas el remedio propuesto para que los pecados del paramilitarismo de Estado y de la contrarrevolución civil no vuelvan a repetirse nunca más en Colombia, haya paz o no haya paz finalmente. Porque esto también debiera ser tenido en cuenta a la hora de considerar el llamado que los diferentes ex jefes de las Autodefensas vienen haciendo en los meses recientes para que se cierre el ciclo funesto del paramilitarismo y las autodefensas, que se han generado como consecuencia de la existencia de las guerrillas, pero que también han sido –oh paradoja!- razón del nacimiento y perduración de las mismas. El viejo cuento del huevo y la gallina cabe de perlas en la dialéctica del enfrentamiento guerrillas-autodefensas, cuya raíz fatal y común es la impericia del Estado en resolver los problemas de la sociedad.

Bienvenido entonces que el Presidente Santos y las FARC-EP estén dispuestos a silenciar los fusiles y romper el nudo gordiano que nos condena a la guerra y las injusticias que son causa y también efecto de las contradicciones sociales expresadas en luchas y crímenes, decididos a intervenir sobre la ceguera política y humanitaria que ha impedido a Colombia identificar las causas profundas y suministrar sobre ellas las soluciones eficaces. Bienvenido también que las Autodefensas hayan manifestado elocuentemente su voluntad de sumarse a la titánica tarea de poner su parte de raciocinio y trabajo al acuerdo final donde quienes han sido y son actores armados del conflicto se comprometen a NUNCA MÁS empuñar las armas.

Sobre la propuesta más reciente de Mancuso yo me pregunto: ¿estarán lanzando la señal correcta quienes aconsejan al Gobierno abandonar a las Autodefensas desmovilizadas a su suerte con el argumento que su desgracia fue sellada por Uribe y no tiene vela en ese entierro el Presidente Santos? O aquellos que se preguntan ¿si ya no tienen armas, si han sido encarcelados y extraditados, qué tienen para ofrecer al Gobierno desde una prisión en Colombia o en los Estados Unidos?

Mi opinión es que el Estado es uno solo –el de ayer y el de hoy- y que en este sentido la palabra incumplida por el ex Presidente Uribe como altísimo dignatario del Estado exige ser reparada por el Presidente Santos si resulta comprobado y cierto que como cree la mayor parte del País, las Autodefensas fueron traicionadas por el Gobierno anterior una vez entregaron sus armas y fueron encarcelados. ¿O acaso lo que Santos acuerde con las FARC será desconocido por el Presidente que lo suceda y las garantías otorgadas terminen no siendo tales?   

Y respecto a lo segundo, lo de no tener ya las armas ni la libertad las Autodefensas desmovilizadas y encarceladas, lo cual haría innecesario cumplir lo pactado con ellas. ¿No se vuelve esto un bumerán para las pretensiones del Gobierno sobre la necesidad que las FARC no solo dejen las armas sino que las entreguen? Quienes recomiendan al Gobierno no retomar el Proceso de Paz con las Autodefensas y echar al mar esas llaves… ¿no serán finalmente los mismos interesados e influyentes que una vez desmovilizadas y desarmadas las FARC presionarán para que sean asesinados, o encarcelados y extraditados sus máximos líderes?

Preguntas que uno se hace y que aún, no tienen respuesta…



Así la veo yo.


Los 195 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com

octubre 17, 2012

ESPECIAL: EN LA HORA DE CONSOLIDAR LOS DIÁLOGOS DE PAZ




Nota de la Redacción: Por su valor periodístico en esta especialísima coyuntura donde la Paz en Colombia vuelve a los primeros planos del acontecer nacional publicamos íntegramente la siguiente Carta Abierta que nos ha llegado desde Warsaw, Virginia, USA, firmada por Salvatore Mancuso Gómez.
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AL PRESIDENTE SANTOS, A LAS FARC-EP Y AL PUEBLO DE COLOMBIA
EN LA HORA DE CONSOLIDAR LOS DIÁLOGOS DE PAZ

“LO ÚNICO QUE EL TIEMPO NO PERDONA ES LO QUE A TIEMPO NO SE HACE”


Manifiesto mi júbilo ante el inicio del Proceso de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, y celebro el propósito del ELN de sumarse a las negociaciones. Asimismo, como uno de los líderes del Estado Mayor Negociador, reitero enfáticamente el deseo de las Autodefensas de participar activamente del proceso conjunto de construir la Paz.

Amargas y dolorosas lecciones de la historia y experiencias propias, nos enseñan que un Proceso de Paz que no incluya a la gran mayoría de los actores del conflicto resultará insuficiente para evitar que las zonas desocupadas al momento de la desmovilización por unos, sean fatalmente retomadas por otros, exclusiones y vías de hecho que han sido una tendencia histórica, que han convalidado y reeditado la violencia y promovido la lucha armada como expresión política para defender intereses cuando democráticamente se está impedido, perpetuando la guerra, la continuidad de daños inenarrables en la vida de miles de personas y retrasando en amplias regiones el desarrollo socioeconómico y la democracia incluyente y plural.

Allí está reciente nuestro ejemplo, con la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia, y el ejemplo de los grupos guerrilleros que dejaron las armas, como el EPL, el M19, la Corriente de Renovación Socialista, el ERP, el Quintín Lame, etc., lecciones que ciertamente no fueron benéficas para fortalecer la institucionalidad y la democracia o alcanzar una paz estable y duradera, y que no debemos desdeñar.

¿Por qué impedir la participación de uno de los actores históricos reconocidos del conflicto, como las Autodefensas, que hemos sufrido con buena parte del País los desaciertos de un proceso de paz mal concebido? ¿Por qué no anticiparnos y remover los obstáculos que puedan restar credibilidad, representatividad y confianza al logro de la paz verdadera?

No será la inclusión política de los desmovilizados y sus bases sociales la que impida la solución negociada -ni tampoco la participación en el Proceso de Paz de la mayor cantidad de los actores del conflicto-, sino su invisibilización y exclusión política, la de sus comunidades, las que harán inviable la solución.

Cuál sería el interés que no se puedan expresar democráticamente con razones y argumentos, las ideas de quienes deponen las armas y durante años representaron los intereses de tantas comunidades, para que dentro de la institucionalidad, puedan ayudar a resolver los enormes problemas que aquejan especialmente a la Colombia marginal y periférica. Acaso desconocen que sin armas dentro de la contienda política democrática nada se puede imponer, y todo lo que dentro de ella se pretenda conseguir se obtendría convenciendo con la fuerza de las ideas, de la razón, de las promesas cumplidas, o es que allí no existen todos los controles, y mejor aún la participación de todas las variables políticas. ¿Quiénes son los pocos que se benefician de esta exclusión y sus funestas derivaciones? No es el pueblo colombiano.

Resulta inevitable que haya ciudadanos que deseen que guerrilleros y autodefensas, quienes tenemos iguales responsabilidades en cuantiosos hechos de guerra, nos pudramos en una cárcel o regresemos a la sociedad con nuestros derechos humanos y políticos cercenados. Pero no puede ser el castigo el único remedio que exija una sociedad que busca justicia pero también Reconciliación y Paz.

Las FARC-EP aspiran a transformarse en una fuerza política legalmente reconocida, también nosotros, así lo hemos manifestado innumerables veces, como el día de la instalación oficial de la mesa de negociaciones en Ralito, el 1 de julio de 2004, cuando dije: “para eliminar toda posibilidad que conduzca a un nuevo resurgimiento de la opción armada antisubversiva, nosotros como Autodefensas Campesinas avanzaremos, no hacia la desaparición como organización, sino hacia la transformación en un movimiento político de masas a través del cual la retaguardia social de las Autodefensas pueda constituirse en una alternativa democrática que defienda, custodie y proteja los intereses, derechos y demandas de nuestras comunidades ante los poderes del Estado”.

Las FARC aspirarán a ser en la legalidad líderes sociales en las diferentes zonas donde actuaron, y también en otras. ¿Cómo evitar que no vean las comunidades a sus integrantes como una amenaza si los otros desmovilizados no pueden competir políticamente con los mismos derechos y garantías que reciban los miembros de las FARC? ¿Por qué unos actores desmovilizados del conflicto sí harán proselitismo político y otros no? ¿Por qué propiciar esa diferencia de criterios, estratificar la violencia, las víctimas y los actores del conflicto armado según la posición política o ideológica? ¿Será socialmente viable un posconflicto parcializado que incluya a unos y rechace a otros? ¿Que los desmovilizados como autodefensas, e incluso los ya desmovilizados como guerrilleros en los años recientes, no recibamos un trato equivalente al que reciban los mandos y los soportes políticos y logísticos de las FARC y por el contrario quedemos confinados a la cárcel, extraditados, proscritos de la sociedad y seamos los únicos a los que se nos exija reparación y verdad?

¿Conducirá a la paz la iniquidad y extravagancia que representa la asimetría de condenar a unos por los mismos actos de guerra dentro del conflicto armado irregular, mientras que simultáneamente, no solo se ignora la barbarie de los otros, sino que también se premian?

¿Habrá auténtica paz si se le da un trato diferenciado a guerrilleros, autodefensas y militares cuando estos últimos han dicho: “no queremos terroristas ejerciendo cargos de poder y militares que han defendido legal y constitucionalmente esta nación, condenados, humillados, y confinados en las distintas cárceles del país”?

Por estas argumentadas razones, le pedimos respetuosamente, señor Presidente Santos, que retome el Proceso de Paz inconcluso con las Autodefensas, que fue truncado por el Gobierno anterior que suspendió el componente político de las negociaciones, al negarse a firmar los acuerdos pactados en la mesa cuando así se lo exigimos, vulnerando a los desmovilizados, a las comunidades directamente afectadas y decepcionando al país, cuando ya habíamos desmovilizado todos los hombres y mujeres de las autodefensas, dejándonos en el limbo, anclados exclusivamente al componente judicial transicional, sumido en total incertidumbre, plagado de vacíos, indefiniciones, inseguridades jurídicas y físicas; cercenados los derechos políticos y civiles, silenciados, extraditados, proscritos y encarcelados al lado de los líderes de nuestras bases sociales, apoyos políticos, empresarios, militares y amplios sectores de la sociedad que en su momento, cuando el país estuvo a punto de colapsar a manos de las guerrillas, nos empujaron, pidieron ayuda o nos apoyaron.

Y aunque hemos recurrido a la justicia buscando solución a estas falencias, ha sido imposible que la justicia las resuelva sola, ella no tiene las herramientas, y aun más, digámoslo con franqueza: en la forma como se ha abordado el componente judicial transicional, ni el Estado, ni el aparato judicial, tienen las herramientas, ni los recursos, mucho menos, la capacidad para evacuar el universo de hechos a juzgar - que abarcan todo el código penal - cometidos por las partes en contienda durante más de 50 años de conflicto armado.

Señor Presidente Santos: le pedimos relance y dé continuidad al Proceso de Paz con la Autodefensas para proseguir adelantándolo de manera conjunta o en simultáneo con las FARC-EP y con los otros actores que deben tener asiento en esa mesa única o paralela, para darle solidez, consistencia y sustentabilidad a los acuerdos finales.

Señor Presidente Santos, dirigencia de las FARC-EP y Pueblo Colombiano: Se necesita del compromiso del Estado en su totalidad, de la mayor cantidad de actores del conflicto, de los medios de comunicación y de toda la sociedad y la Comunidad internacional para alcanzar la Paz, para que los compromisos y los acuerdos pactados no sean malogrados por hechos y lógicas siniestras que nos excedan desde las ‘manos oscuras’ de quienes están dispuestos a utilizar todos los recursos legales o ilegales, estatales o paraestatales de izquierda o de derecha habidos y por haber, en contra de la Paz y la Reconciliación, y del País donde quepamos todos.

A la dirigencia de las FARC-EP, a sus negociadores, a sus tropas y bases sociales y políticas, les pedimos evitemos se siga reciclando en un solo colombiano y colombiana, y con cualquier pretexto, la exclusión que los llevó a empuñar las armas. Les pedimos que participemos conjuntamente en la construcción de la Paz, compromiso con el que indeclinablemente debemos desnudar las verdades del conflicto, para que podamos subsanar las profundas causas que lo originaron y mantienen, cuáles y de quiénes las responsabilidades asumiendo las que nos correspondan, sin revanchismos, procurando mirar hacia adelante para evitar se sigan repitiendo los males y lograr así una Paz duradera. La paz, el perdón y la reconciliación son posibles. Estimulémoslos, sembrémoslos con nuestro ejemplo. A nombre de todas las Autodefensas que como yo tengamos el corazón dispuesto, les pedimos perdón por los hechos de guerra y les perdonamos, los daños infringidos, el dolor y los sufrimientos causados entre nosotros, y producto de esa confrontación, a Colombia entera, a la que también imploramos perdón.

Presidente Santos, a Usted y por intermedio suyo al Pueblo y al Estado colombiano que Usted representa, clamamos nos concedan el perdón y la posibilidad de ayudar a construir una sociedad en Paz y Reconciliada.

Esperamos de corazón, que los diálogos de Paz que inician una fase decisiva en Oslo y en La Habana incorporen el bien común de la sociedad entera, como criterio rector que prevalezca humanitariamente por sobre las legítimas posiciones políticas de unos y de otros, reconstruyendo el tejido social ultrajado durante este largo conflicto armado.

No se trata de pretender cheques en blanco ni inmunidades ni privilegios a futuro, sino de disfrutar, todos igualitariamente, la oportunidad de un nuevo renacer. De poder participar política y democráticamente, en igualdad de derechos y obligaciones, dentro del ordenamiento legal y constitucional, para que se verifique aquello de que no habrá vencedores ni vencidos, todos igualmente dedicados y comprometidos con la realización de los imperativos de la Ley y de la Paz. Y así recorrer por siempre el bello camino de la Reconciliación.

Con nuestros mejores deseos de Paz y Reconciliación.

SALVATORE MANCUSO GÓMEZ
Warsaw, Virginia, USA
17 de octubre de 2012


C/C

Primer Ministro de Noruega, Jens Stoltenberg  
Presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz
Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías
Presidente de Chile, Sebastián Piñera
Nuncio Papal en Colombia, Monseñor Aldo Cavalli
Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon
Jefe de la MAPP – OEA, Marcelo Álvarez
Presidente del Senado de Colombia, Roy Barreras Montealegre
FARC-EP, Rodrigo Londoño Echeverri, ‘Timochenko’
ELN – Ejército de Liberación Nacional, Nicolás Rodriguez Bautista, ‘Gabino’
Colombianos y Colombianas por la Paz, Piedad Córdoba
Corporación Nuevo Arco Iris, León Valencia
Washington Office on Latin America, WOLA, Steven Bennet
Comunidad de San Egidio, Andrea Riccardi
Instituto de Estados Unidos para la Paz, Virginia Bouvier
International Crisis Group, Mark Schneider
Center for Latin American Studies, Mark Chernick
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octubre 08, 2012

Especial: En la hora de la grandeza, ni exclusiones ni deserciones



Publicado el 8 de octubre en 2010:

En la hora de la grandeza, ni exclusiones ni deserciones
Por Juan Rubbini

El riesgo del fracaso existe, pero el derecho a la esperanza también, escribe Juan Rubbini en su reflexión sobre los diálogos que, próximamente, oficializarán el Gobierno nacional y la guerrilla de las Farc. Y sugiere no capitalizar la paz como un botín de guerra.
Sobre los temas negociados entre Uribe y Autodefensas en Ralito falta casi todo por conocer; de los asuntos sustanciales a tratar entre Santos y las Farc hay algunas pistas, pero no abundan las certezas. El último antecedente que se tiene con las Farc, el del Caguán, no es bueno; lo que se estaba acordando en Ralito con las Autodefensas fue abandonado por Uribe tras desmovilizarse el último Auc.
Puede afirmarse, sin lugar a equivocarse que, en ambos casos, fueron los gobiernos los primeros en levantarse de la mesa. ¿Quién asegura que ahora no vaya a suceder lo mismo? Son estos antecedentes, los más inmediatos, los que explican tras la sorpresa por los anuncios, la incredulidad. Entre los pocos optimistas y los pesimistas, que hoy son más, la franja mayoritaria de la población se inclina por la cautela. Estamos pisando terreno minado –lo sabemos- y la precaución impone no precipitarse.
Los interrogantes que uno legítimamente se hace –y estarán haciéndose Farc y Autodefensas tras sus malogradas experiencias con Pastrana y con Uribe– es ¿por qué los gobiernos no perseveran en lo que comienzan, y cuando lo terminan lo hacen pateando el tablero y levantándose de la mesa? ¿Los gobiernos pasados han querido resolver el problema del conflicto armado o capitalizarlo?  Hoy también caben idénticas preguntas, cuando la reelección de Santos es un dato central de la política y todo lo que suceda con las Farc será interpretado en clave de reelección.
Claro, se dirá, así funciona la política y tanto la guerra como la paz son actos y consecuencias de la política. Pero, la política siendo condición necesaria ¿es suficiente por sí sola para alcanzar la Paz? ¿No serán necesarias otras artes, otras virtudes, y otras miras más altas? La ética, por ejemplo.
En 2002, las Autodefensas visualizaron en Uribe el presidente que legitimaría el Estado y su función social, quien en su obra de gobierno crearía las condiciones que desincentivarían la lucha armada de los ilegales. La solución política del conflicto armado hallaría así cabida entre los actores ilegales, guerrillas y autodefensas.
Si se trataba de legitimar el Estado –y restarles argumentos políticos a las guerrillas– quienes debían entregar las armas eran las Autodefensas, cuya eficacia militar deslegitimaba al Estado. Esto tiene su larga historia, sus causas objetivas y subjetivas, mucha tela que cortar, lo cierto es que la colaboración antisubversiva entre fuerzas militares, clases políticas, establecimiento y población civil, echó raíces en la Guerra Fría, la doctrina de la seguridad nacional y fue asumido –no siempre tan bajo cuerda- como política de Estado pregonada como tal entre las poblaciones asoladas por los presagios de la revolución comunista y la lucha de clases.
Fue la sociedad insatisfecha desde diferentes perspectivas la que parió con ideas de izquierda las guerrillas revolucionarias y con ideas de derecha las Autodefensas contrarrevolucionarias; fue el mismo Estado el que, por acción u omisión, estimuló la fratricida confrontación entre unos y otros, cuyas consignas enfrentaban los emblemas de la igualdad y la libertad, combatiéndose en vez de complementarse. Las dos caras de una misma moneda dinamitando los puentes en vez de consolidarlos.
Se suele decir que en Colombia hay más territorio que Estado, y que a guerrillas y autodefensas les ha tocado el papel de colonizadores, de abridores de trocha, de descubridores de la otra Colombia, la que yace desconocida –y abandonada- desde la Colombia oficial y centralista.
Precisamente, por este entrelazarse y contraponerse de los discursos, actores y hechos es que unos y otros –Estado, guerrillas y autodefensas– deben aportar sus luces a la solución política que ponga fin al conflicto armado con su participación, su visión, sus intereses y también –lo último pero no lo menos importante– su comprensión, su compasión, su disposición, a interactuar con todos aquellos que arropados por el concepto de sociedad y población civil son el sustento y la razón de ser de un País, de una Democracia.
El presidente Santos tiene ante sí una tarea titánica que merece todo el apoyo de quienes quieren que el nuestro sea en su integridad territorio de Paz y Reconciliación. Habiendo comenzado por el diálogo con las Farc, en el recorrido de su ‘vuelta a Colombia’ se encontrará más temprano que tarde con la necesidad y conveniencia de establecer productivas conversaciones con Eln y Autodefensas. Esto tiene sus etapas de siembra, maduración y lógica política y obedecerá al pragmatismo de un sabio gobernante que no desconoce la imperiosa necesidad de utilizar las llaves de la paz en el justo momento y el preciso lugar.
Santos parece convocado por la Historia para culminar exitosamente los procesos de paz que Pastrana y Uribe dejaron truncos por exigencias de sus propias políticas o por razones de Estado y de contexto que seguimos sin conocer, cuando decidieron al cabo de un tiempo de diálogos -en Caguán y Ralito- que era preferible ganar la guerra y la paz podía esperar. Santos ha estado en las entrañas de ambos Gobiernos que lo precedieron y conoce de primera mano dónde acertaron y dónde fallaron Pastrana y Uribe en cuestiones de hacer la paz. Admitamos también que, afortunadamente para la Paz de Colombia, ni las guerrillas ni las autodefensas son las mismas del siglo pasado.
¿Y mientras tanto qué hacer a partir de hoy mismo? Urge ahorrar vidas humanas, todas, de todas las partes. Arriesgando la propia vida, si cabe, pero preservando la vida del enemigo, de todos los enemigos. El cese del fuego para ser auténtico debe comenzar desde uno mismo, desde la propia conciencia, no desde la política. Son los medios los que deben justificar los fines, no al revés como se abusó hasta el hartazgo.
Evidenciar así la fortaleza humana y también la inteligencia política, en la defensa de la vida, de todas las vidas, sin necesidad de protocolos ni verificadores, nada más que la conciencia de cada combatiente haciendo propia la defensa de la vida, la propia y también la del enemigo, será el mejor modo –tal vez el único– de mantener a los negociadores sentados a la Mesa hasta la firma de los Acuerdos finales. Será el mejor modo –tal vez el único– para que se sumen invitados a la Mesa, entre ellos los ya desmovilizados –que los hay de todos los bandos- y los que permanecen alzados en armas- Eln, Epl, Autodefensas.
La paz será total o no será, más que un eslogan ha de ser un imperativo ético. El riesgo del fracaso existe, pero el derecho a la esperanza también. No temamos las críticas –aunque suenen exageradas y apocalípticas–, tengámosle terror a los elogios desmesurados, a los optimismos empalagosos, a la hipocresía disfrazada de lo ‘políticamente correcto’.
No seamos excluyentes ni mezquinos en la hora que será imprescindible poner sobre la Mesa toda la grandeza que seamos capaces de reunir. No cambiemos una guerra por otra, no pretendamos capitalizar la solución procurando hacer de la paz un botín de guerra.
No le pongamos plazos fatales, ni creamos que tenemos todo el tiempo del mundo. Como dice el cantor: “ni poco ni demasiado, todo es cuestión de medida”. Y de paciencia, mucha paciencia.