agosto 01, 2013

205. Todos hablamos de paz ¿pero es la paz lo que queremos?


ASÍ LA VEO YO - Año 9

En Colombia el vocablo ‘paz’ está sobrecargado de ‘política’

Por Juan Rubbini
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“Una palabra nos libera del peso y del dolor de la vida: la palabra es amor(Sófocles)


Los diálogos de La Habana amenazan convertirse en un intento osado pero a la larga inútil de pedirle peras al olmo. Unos negociadores lucen cargados de ‘hiperideologismo’ y otros cargan sobre sí el peso de contradicciones demasiado grandes - ¿políticas?, ¿de clase?- sobre las que Uribe machaca y machaca con insistencia.

Quienes jugaron tiro al blanco con el proceso de las autodefensas, ahora reciben el ‘todo se nos vuelve’ del bumerán kármico. Curiosamente, no son los ex paras quienes satanizan el proceso con las Farc –todo lo contrario, lo apoyan y han hecho público tal apoyo- sino quienes desde su participación en el anterior gobierno asumieron con actitud vergonzante la mesa servida por los Castaño y los Mancuso en Ralito.

Cuando los ‘gaitanistas’ alzan la mano pidiendo que el Presidente Santos los diferencie de las genéricas ‘bacrim’ y reconozca en una mesa de paz que son los hijos huérfanos del fallido proceso de Uribe con las autodefensas le están sirviendo en bandeja al actual gobierno la posibilidad de enderezar el rumbo de la paz en construcción hacia un puerto más incluyente y trascendente que el de La Habana hoy.

Me pregunto por qué el Presidente Santos no explora directamente de boca de sus protagonistas las razones que impulsaron a las autodefensas a una negociación con Uribe y por qué éstas siguieron adelante en su desmovilización incluso cuando fue evidente que el anterior gobierno se ‘lavaba las manos’ sobre lo acordado y condenaba a un final exclusivamente judicial lo que a todas luces poseía –también para Uribe- un componente político de inocultable magnitud. Los cabos sueltos que vinculan los ‘gaitanistas’ de hoy con los ex paras, y ambos con anteriores gobiernos ameritan que el Presidente Santos aplique a los ‘paras’ el mismo rasero que está dispuesto a utilizar con las Farc y el Eln. Esto, no solo le permitiría a Santos equilibrar por izquierda y derecha su obsesión por la paz, sino también ‘pacificar’ definitivamente el campo colombiano asegurando a tirios y troyanos que absolutamente ningún actor del conflicto armado –ni por izquierda ni por derecha- ha sido excluido de una solución política, jurídicamente transicional y humanitariamente legitimada.

Comencé mencionando lo del ‘hiperideologismo’ y las contradicciones políticas y de clase, porque el mayor obstáculo de la paz no son sus supuestos o reales enemigos, sino un modo de ver y actuar la realidad donde la paz de Colombia se ha convertido en un botín político. Y de esto no cabe excluir ni al gobierno, ni a las guerrillas, ni a los paras, porque todos caen en lo mismo y la embarran.

Hemos convertido la paz en un botín político... craso error... si tendremos paz algún día será por obra del amor. Convenzámonos, y cuanto antes lo hagamos, mejor.

Aunque suene paradójico: la paz de Colombia será obra de los seres pacíficos, nunca de los seres violentos. No se trata, obviamente, que no sean los diálogos de paz entre quienes fueron guerreros, sino que la construcción de la paz requiere que antes de intentar siquiera cualquier paz en la sociedad, primero es necesario, que quienes fueron combatientes se sientan interiormente pacificados, en paz consigo mismos primero, y enseguida dispuestos a contagiar con esa paz interior al negociador del otro lado de la mesa, y a la opinión pública, claro. Por eso es tan importante insistir sobre la necesidad de ‘desarmar las palabras’, ‘desarmar los espíritus’, estar convencidos interiormente que la paz es el camino por donde andamos desde hoy mismo no solamente la meta donde queremos llegar mañana. Esta distinción entre el plano de la paz interior, y el plano de la paz entre las personas, es necesario que la meditemos profundamente, porque de otro modo se correrá el riesgo y el peligro inminente que los diálogos supuestamente de paz se conviertan –como ya ha sucedido incontables veces- en estrategias de guerra.

A Colombia entera le incumbe una doble y urgente tarea: por un lado, mirar dentro de nosotros mismos, si anidan en nuestro espíritu ideales de paz y reconciliación, y por otro, relacionar lo que sentimos dentro con lo que nos ofrece de arduo y conflictivo el contexto exterior.

La Justicia Transicional se crea precisamente para facilitar el tránsito de la guerra a la paz, por lo que ahondar en la conceptualización de lo que entendemos por paz ayudará en la búsqueda de los mejores caminos, en la mejor construcción de los cimientos y la edificación que haga posibles y sustentables la Paz y la Reconciliación.

En Colombia el vocablo ‘paz’ está sobrecargado de ‘política’. Todos hablan en nombre de la paz: guerrilleros, políticos, paramilitares, funcionarios públicos, operadores de la justicia. ¿Pero es la paz lo que realmente quieren? ¿O es más bien que prevalezca su propio concepto de lo que es la paz? Y que prevalezca en contra de la pretensión de los demás, sin que importe ser tolerante, ni comprensivo, ni generoso, con el pensamiento ajeno. Haber politizado la cuestión de la paz es igual de pernicioso que pretender que la paz sea obra de la justicia, otorgando al aparato judicial un rol desproporcionado a sus posibilidades. Justicia sí, pero no solo justicia. También tolerancia, libertad, cooperación, solidaridad, amor, etc. Por ejemplo, las Farc buscan la paz, ¿o quieren el poder? (aun a costa de la paz). El Presidente Santos, igual que antes Uribe o Pastrana, ¿quieren realmente la paz? ¿o lo que quieren, o quisieron, fue escalar uno o más peldaños en su carrera política utilizando la bandera de la paz para sumar adhesiones que de otro modo no hubieran recibido? Y en cuanto a los ex autodefensas ¿quieren realmente la paz de Colombia, o sólo buscan abrirse un camino a través de la paz para obtener un reconocimiento político y social? 

Es duro afrontar estos interrogantes, y hacerlo desde la objetividad, desde la autocrítica, desde la sinceridad… porque el mundo en que vivimos solo premia al exitoso, al triunfador, al que obtiene lo que busca, al que es reconocido. Por esto, es tan necesario indagar dentro de nosotros mismos para saber realmente cuáles son los intereses que nos mueven. Puede que entonces nos encontremos cara a cara con la raíz de los problemas, con el quid de la cuestión que obstaculiza el camino hacia la paz. Habitamos una sociedad de víctimas y victimarios, no solo víctimas de la guerra, también víctimas de la exclusión, víctimas de la ausencia de fuentes de trabajo, víctimas de la indiferencia pública, víctimas de las carencias materiales… pero también víctimas de las miserias espirituales, de la falta de educación, de la falta de preparación para vivir una vida de ideales nobles. No digo que vivimos en el mundo que nos merecemos, pero sugiero que nos preguntemos si seremos capaces, si nos juzgamos en condiciones de hacer la paz primero con nosotros mismos, interiormente, después con nuestros familiares y amigos, inmediatamente después con quienes comparten con nosotros una cierta visión de Colombia y del mundo, y una vez satisfechos de esto… entonces sí, tener y manifestar una actitud política, una toma de partido en materia social y económica, no tan preocupados si son los otros (los políticos, los periodistas, los empresarios, etc.) quienes nos dan ese reconocimiento, sino ocupados verdaderamente en descubrir si la vocación política nació en nosotros mismos, no para resolver cuestiones personales o de grupo o de clase social sino para ponerle el hombro y la inteligencia a los problemas del país. El reconocimiento político no vendrá de afuera hacia dentro, sino desde dentro de nosotros mismos se irradiará hacia fuera. Primero, debemos creer que somos capaces; después vendrá el reconocimiento. Tener una actitud política, un talante político, una visión política es un derecho humano que a nadie se le puede negar… ya ser elegibles, es cuestión de legislación, pero las leyes se viven modificando en la medida que la misma sociedad va comprendiendo que hay leyes por modificar, constituciones por modificar. Pero para llegar ahí hay que partir desde lo más cercano, de lo que está dentro de nosotros mismos, y que por pertenecernos, nadie nos puede quitar. A cimentar pues la paz con nosotros mismos, lo demás es un proceso que se irá completando por añadidura. 

Por eso la justicia transicional es tan importante, porque es el instrumento que la evolución del derecho internacional puso delante nuestro para honrarlo y comenzar a ganarnos el premio que queremos merecer.

Así como todas las personas se sienten capaces de conversar de política, o de fútbol, también sobre la paz todas las personas se sienten habilitadas para hablar sobre el tema. Sin embargo, ¿qué tan cierto es que somos instrumentos de paz? ¿Qué tan conscientes somos de la necesidad de hacer de nuestra propia vida una vida de paz? En lo que decimos, en lo que pensamos, en lo que escribimos, en el lenguaje corporal de nuestros gestos, en el lenguaje de los sentimientos: ¿qué tan incorporados tenemos los comportamientos de paz? Porque la paz es como el aire que respiramos; no podemos pretender que haya paz alrededor nuestro si no la inspiramos en los demás con nuestro modo de ser y de actuar, si no la transmitimos hacia los demás con nuestro decir y nuestro obrar. Así como suele decirse que la caridad bien entendida comienza por casa, también la paz que anhelamos para nuestra patria, para el mundo entero, debe nacer desde nosotros mismos, desde nuestra casa más íntima que es nuestro corazón. 

Meditar sobre estos aspectos personales de la paz nunca estará de más, nunca será superfluo.

Así la veo yo.


Los 205 artículos que componen la serie publicada –iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están

a disposición del lector en www.lapazencolombia.blogspot.com