mayo 21, 2015

245. Nunca se había llegado tan lejos para dar con Perogrullo

ASÍ LA VEO YO - Año 11
Ni ángeles, ni demonios: políticos negociando

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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Por favor, no olviden inspirar y espirar cada pocos segundos para no causar problemas sanitarios. Gracias.  


Las Farc siguen sin dar señales concretas, públicas y diáfanas, sobre cómo imaginan dar el salto del monte a la democracia. Me refiero al qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo, y dónde hacerlo. Su silencio al respecto puede tener que ver con una estrategia de negociación pero también cabe la posibilidad de que en su fuero interno nunca hayan considerado seriamente que llegue ese momento. Sea porque no lo consideran conveniente para sus planes revolucionarios, sea porque nunca han creído que verdaderamente el Estado les abra las puertas de la legalidad democrática. Esto no significa que no ambicionen hacer política. De hecho, política han hecho toda la vida. Y lo siguen haciendo, ahora desde La Habana.

La izquierda no necesita de las Farc para hacer política en Colombia. Por el contrario, seguramente las ideas de izquierda tendrían mayor receptividad y eco electoral si no estuvieran las guerrillas de por medio. Las Farc tampoco necesitan de la izquierda democrática para hacer política desde el monte, desde La Habana o desde Caracas. Sencillamente, porque una cosa es la política democrática y otra la política revolucionaria. Y las Farc, igual el Eln, militan por la revolución. Su meta es el poder político, ¿qué duda cabe?, pero no el poder en el contexto de una democracia. Calificar el régimen cubano de sistema democrático suena más a cinismo que a análisis riguroso y serio. Igual podría decirse del régimen chavista. Por nombrar dos modos de regirse políticamente una sociedad que lucen como referentes simbólicos de los afectos y la simpatía de las guerrillas colombianas.

Lo que dio alas y hoja de ruta al comienzo del proceso de paz en La Habana ha sido la necesidad de legitimación que tanto el Estado colombiano como las Farc sostienen como imprescindible para seguir adelante con sus respectivas políticas. Con la consecuencia fáctica que tanto unos como otros estén hoy interesados en mantener vivo el diálogo político tanto como les resulte redituable para sus propios fines. A ambas partes les interesa que se califique sus diálogos políticos, como diálogos de paz. Que lo sean políticos no me cabe la menor duda. Que lo sean de paz esto está por verse. Por sus frutos los conoceréis. Pero si quieren saber mi opinión, la paz es apenas uno de los frutos posibles, pero no el único, ni necesariamente el más importante que se persigue. Harta tinta se ha gastado en endilgarle a las Farc toda clase de perversas intenciones al utilizar los diálogos de paz como instrumentos de una política de guerra. Pero lo mismo podría decirse de las intenciones del Estado. Si lo que está en juego es el poder eso es lo que debería esperarse de ambas partes enfrentadas: que utilicen el diálogo como arma de guerra. Y en todo caso la mentira como instrumento de persuasión del enemigo para que caiga en las propias redes.

Cada semana que pasa es más evidente que ni las Farc negocian porque se sienten derrotadas, ni mucho menos Santos. Y precisamente porque ninguna de las partes se considera derrotada es que ninguna de las partes aceptará someterse a las reglas que pretende imponerle la otra. Ni las Farc aceptarán someterse a la ‘maleza jurídica’ ni Santos aceptará renunciar a la utilización de la ‘maleza jurídica’. Ambas partes saben esto, ambas partes lo sabían desde un comienzo, y si aceptaron sentarse a la mesa de La Habana es porque aun sabiendo que las posiciones son irreconciliables –y no solo en materia de aplicación de justicia- la ganancia política y estratégica de las partes justifica con creces dialogar, dialogar y dialogar. No solo es una decisión éticamente irreprochable sino que también es políticamente correcta. Tan es así la cosa que el impagable costo político de levantarse de la mesa impedirá por mucho tiempo que cualquiera de las partes dé por terminado el diálogo unilateralmente. Así las cosas los diálogos podrían durar más que los cincuenta años de conflicto armado que hasta aquí llevamos echando bala. A partir de La Habana echaremos bala y echaremos lengua, en un coctel explosivo y sin embargo políticamente redituable para ambas partes.

¿Hasta cuándo?

Hasta que una de las partes admita que ha perdido la guerra y alce la bandera blanca no en señal de paz sino en señal de rendición. Y se someta a discutir los términos de la rendición, que no será incondicional, pero casi... un sometimiento que más que al enemigo será ante la realidad incontrastable de los hechos.

Y allí, solo entonces, quien haya ganado la guerra podrá ser todo lo generoso y clemente con el vencido que las circunstancias permitan y el buen sentido recomiende. Pero no antes. Esto parece haberlo entendido en estas últimas semanas antes Uribe que Santos. Y tal como van las cosas va en camino de entenderlo antes Obama que Maduro. Chávez a estas alturas también lo habría entendido, y los Castro hace rato lo entendieron ya.

No es que las Farc y Santos no quieran la paz. La guerra entre el Estado y las guerrillas no es porque ambas partes no quieran la paz. Ni estúpidos que fueran.

Tal vez la única coincidencia entre Santos y las Farc es que ambos quieren derrotar al enemigo. Y no cesarán en el intento hasta haber ganado o perdido la guerra, en un campo de batalla o una mesa de negociación, pero obtener la victoria es la única victoria posible.

Suena a Perogrullo pero es tan sabido y conocido que hasta resulta tonto decirlo:

“La mejor guerra es la que no se hace, pero la peor guerra es la que se pierde.”


Así la veo yo.


Los 245 artículos que componen la serie iniciada en marzo de 2005- de ASÍ LA VEO YO están
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mayo 12, 2015

244. Lo más parecido a un Jubileo universal


ASÍ LA VEO YO - Año 11

Que la paz quede bien hecha y signifique para todos un nuevo comienzo

Por Juan Rubbini
@lapazencolombia
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«Si cierras la puerta a todos los errores, también la verdad se quedará afuera» (Rabindranath Tagore)


Que la paz quede bien hecha. Que la paz signifique un nuevo comienzo. Que no solo haya justicia transicional sino que también exista una política transicional.

Una transición que no solo habilite pasar de la guerra a la paz sino también de una política de exclusión a una política de inclusión, en particular en los territorios donde se desarrolló el conflicto armado; allí donde la ley de facto fue la coacción violenta del grupo armado predominante, guerrilla o paras.

Una política transicional mediada por la justicia transicional donde los armados ilegales no dejen las armas para ingresar a una cárcel sino que se 'desencarten' de las armas para dedicarse a la política, o si prefieren a la vida civil a secas.

Una política distinta con nuevos actores políticos, provenientes de las guerrillas, de los ‘paras’ o de los militares participantes del conflicto. Con ‘parapolíticos’ a bordo y  también compañeros de ruta que lo fueron de las guerrillas y los 'paras' a cara descubierta o no. Esto exige un rediseño de la justicia pero también nuevas reglas políticas a establecer.

Más cerca de un Jubileo universal que de los tribunales de Nüremberg. Y no solo para beneficiar a los guerrilleros sino también a militares y paramilitares.

Con un régimen político-jurídico de transición más dirigido a levantar vetos  y prohibiciones que a establecer cercos y vallas.  La reconciliación no ha de ser impuesta sino promovida.

La paz no se alcanza adjudicando prebendas a diestra y siniestra ni construyendo ghettos donde se perpetúen resentimiento y discriminación.

Si de refundar el diseño institucional se trata nada mejor que adelantar su definición en el marco deliberativo situado en el umbral del posconflicto.

Si arribados a 2018, Uribe y Santos han creado las condiciones que sucesivamente produjeron sus cuatro periodos presidenciales y determinaron que ‘paras’ primero y guerrillas después hayan cesado definitivamente sus hostilidades y crímenes contra el Estado de derecho y la población civil esto abre perspectivas inéditas e impensadas. Si el Estado ha recuperado a este punto el monopolio de la fuerza bien podrán entonces oficialismo y oposición democráticas allanar el camino para que sean los Vargas, los Montealegre y los Ordoñez, quien lleven las riendas del Ejecutivo y de las mayorías en el Congreso para conducir y aplicar las políticas de transición con el apoyo y la participación también de aquellos que habiendo sido actores del conflicto aspiren ahora a constituirse en factores de paz y reconciliación del tejido político y social.

Esto solo será posible si desde ya comienzan a tenderse los puentes de confianza y a construirse las vías de interlocución, a entretejerse las redes de interacción y los canales de acceso que permitan proponer e interactuar no solo a los negociadores de La Habana, sino también a los antiguos ‘paras’ a paz y salvo con Justicia y Paz, y también los elenos y demás irregulares dispuestos a sumarse a los esfuerzos de paz, reconciliación y justicia social.

Son estas energías disímiles, contradictorias y sujetas de ideologías y perspectivas diferentes y enfrentadas, las que están destinadas a converger y compatibilizarse no solo con las luces y realidades políticas que encarnan Santos y Uribe, sino también y con visión de futuro al calor de las iniciativas de los Vargas, los Montealegre y los Ordoñez, entre otros.

Tanta energía no debe ser dilapidada en proyectos antagónicos ni estimuladores de la continuación del conflicto armado, con toda su sevicia y degradación, sino ponderada y armonizada en síntesis superadoras con la participación de la sociedad. Que no se peque por derecha ni por izquierda, ni por ultrismos de uno y otro signo, sino que seamos capaces de trazar anchos caminos por donde transiten de la mano todos los conjurados por la paz, vengan de donde vengan.

No será un Jubileo universal pero ha de resultar lo más parecido a ello.

Con la bendición del Papa, los Obama y los Castro, ni más faltaba.


Así la veo yo.


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